¿Qué fue lo último que aprendió por curiosidad? ¿Qué sensación le da el descubrir algo nuevo? ¿A quién se lo quiso compartir? Si fuera a un niño o a un adolescente a quien le enseñara, ¿cómo lo haría?

Permítame preguntarle lo siguiente: ¿Qué fue lo último que aprendió por curiosidad? ¿Qué sensación le da el descubrir algo nuevo? ¿A quién se lo quiso compartir? Si fuera a un niño o a un adolescente a quien le enseñara, ¿cómo lo haría?
Cuando contamos alguna historia que nos es divertida o queremos compartir un conocimiento recién adquirido, no buscamos empezar de la forma más aburrida posible o compartimos la conclusión de golpe, intentamos que a quien nos escuche le interese y participe en la conversación. Lo mismo debería aplicarse al enseñar un tema, sin importar la edad de nuestros alumnos.
Nuestro conocimiento es el resultado de la curiosidad despertada con una simple pregunta: “¿Por qué?”. Y al buscar la respuesta, resulta fácil encontrar un exceso de información que pudiera desmotivar, lo mismo sucede en la enseñanza.
Se nos olvida que la saturación de información o la redundancia de esta con un exceso de tareas no llevan a nada nuevo o siquiera a influenciar un poco en la curiosidad por aprender o adquirir algún nuevo conocimiento. Si no encausamos la curiosidad del alumno, estos tomarán el camino más fácil para cumplir las tareas que se piden, en lugar de buscar la verdadera comprensión del tema.
Nuestro deber como maestros es orientarlos para que comprendan qué hay detrás del resultado y tener en cuenta que detrás de una respuesta hay motivos, mentes, historias, procesos, curiosidades y muchas situaciones más.
Las grandes mentes surgen en cualquier lugar y a cualquier edad, prueba de ello es Albert Einstein, quien se convirtió en famoso ¡a los 40 años! Y a quien en su juventud llegaron a llamarlo desde problemático hasta ¡poco prometedor! Recurro a la física como ejemplo en este articulo porque suele ser una de las materias más difíciles de comprender para los alumnos; sin embargo, bien encausada, resulta una de las más apasionantes.
Enseñar temas “difíciles” de la forma más “fácil” posible es algo que deberíamos recordar al enseñar temas que podrían parecer complicados. Quizá nos hemos empeñado en seguir un método demasiado metódico o en ocasiones demasiado lúdico para explicar lo que los profesores entendemos sobre el tema. El dominio del tema a enseñar es parte fundamental a la hora de compartir conocimientos; sin embargo, la razón por la cual te apasionó lo aprendido debería de ser igual de importante, recordar la curiosidad que sentimos para buscar replicarla con nuestros alumnos y motivarlos a buscar las respuestas.
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