La estadística suele ser una ciencia optimista que rara vez camina por la banqueta. Bajo el confeti oficial y la algarabía del anuncio, la realidad enseña los dientes

En la plaza Tlaxcoaque, la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Clara Brugada, ha firmado el decreto para levantar la Universidad de las Artes. La cifra deslumbra en los titulares: 390 millones de pesos para erigir un recinto que promete albergar a cuatro mil estudiantes. Sobre el plano arquitectónico, la noticia posee la simetría de las buenas intenciones: abrir las aulas sin examen de admisión, 19 carreras de arte y ofrecer un horizonte estético a la ciudad.
Sin embargo, la estadística suele ser una ciencia optimista que rara vez camina por la banqueta. Bajo el confeti oficial y la algarabía del anuncio, la realidad enseña los dientes. Celebrar la construcción de esta universidad en el ecosistema actual es un acto equivalente a aplaudir la venta de boletos de primera clase para un barco que lleva años hundiéndose.
Resulta de una ironía atroz —digna de una farsa no escrita— que la misma administración política que se ha encargado de desertificar el campo laboral artístico, de asfixiar fideicomisos y precarizar a los creadores hasta la inopia, pretenda ahora erigirse como educadora. La Cuarta Transformación ha operado bajo una lógica de demolición presupuestal en la cultura y, sin embargo, invierte en ladrillos para enseñar oficios que ella misma ha vuelto inviables.
¿Para qué mercado laboral estamos formando a esos miles de jóvenes aspirantes? Si el presupuesto federal para el sector sigue siendo raquítico y centralista, la oferta profesional un páramo, esa universidad no formará artistas; será una eficiente maquiladora de desempleados con título. O peor aún, una fábrica de frustración ilustrada, graduando a una nueva generación de solicitantes de becas en un sistema que ha decidido, tácitamente, que la cultura es prescindible.
Y en esa paradoja, ahí estaremos también nosotros: la vieja guardia y la mediana edad del arte nacional, haciendo fila con el currículum bajo el brazo. No solo por vocación pedagógica —que la hay, y mucha—, sino porque el nuevo edificio se convertirá, inevitablemente, en refugio de la nómina segura. Los artistas en activo terminaremos peleándonos por las migajas de las horas clase, convertidos en catedráticos del desencanto, enseñando a soñar a quienes despertarán en la misma pesadilla presupuestal que nosotros habitamos. ¿Esos millones no se podían invertir en grupos artísticos, iniciativas creativas o espacios culturales independientes? ¿Es perverso gastar en muros mientras se desmantela el andamiaje de la producción y la exhibición? Sí.
Cortar el listón de un edificio es un acto político sencillo y fotogénico; lo complejo, lo que requiere verdadero estadismo, es crear las condiciones para que quienes salgan de esa puerta puedan vivir dignamente de su imaginación. Mientras eso no ocurra, la Universidad de las Artes de Brugada corre el riesgo de no ser un faro de conocimiento, sino un lujoso monumento al absurdo: una hermosa institución capacitada para certificar profesionales en un oficio que el propio Estado se ha encargado de extinguir.
ACOTACIÓN: Inaugurar universidades en un desierto cultural no es sembrar futuro, es certificar la precariedad.
¡Recibe las noticias al momento en tu Whatsapp! Únete a nuestro Canal: https://bit.ly/3S0OztH