La participación de las mujeres en la economía mexicana no es solo un tema social. Es un tema de competitividad

La participación de las mujeres en la economía mexicana no es solo un tema social. Es un tema de competitividad.
Cuando un país opera su economía con una baja participación femenina, no está siendo neutral ni conservador: está siendo ineficiente. Está renunciando a una parte de su talento, de su capacidad productiva y de su diversidad de criterios para tomar decisiones económicas. Para el contexto que vive México, de retos persistentes de crecimiento económico, esa renuncia tiene un costo real.
Por eso, la discusión sobre la participación femenina no puede reducirse a cuotas de género ni a debates ideológicos. Las preguntas relevantes no son sobre cuántas mujeres hay, ni cuántas participan, sino qué tanto inciden en las decisiones que definen el uso de recursos, las prioridades productivas y la gestión del riesgo en las organizaciones. La participación que realmente importa es la que es activa, con poder de decisión y valorada; la simbólica, por el contrario, es económicamente irrelevante.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que cuando se habla de participación femenina, en realidad se están mezclando varias cosas distintas, y parte de la confusión del debate proviene de no separarlas con claridad.
Hablar con precisión de este tema implica distinguir de qué tipo de involucramiento se está hablando. Para fines prácticos, se describen a continuación:
Presencia, acceso, incidencia y valor agregado
Participación como presencia
Es el nivel más básico. Se refiere a cuántas mujeres hay, en qué espacios aparecen y si están sentadas en la mesa. Es representativa, pero no necesariamente transformadora.
Participación como acceso
Aquí existe presencia y, además, se abre la posibilidad de “llegar”. Se habla de acceso al mercado laboral, a cargos y a oportunidades formales. Las mujeres pueden alcanzar posiciones altas, pero aún con una capacidad limitada de incidencia.
Participación como incidencia
Se refiere a la capacidad de opinar y que esa opinión sea considerada, con influencia real en la toma de decisiones. Es en este nivel donde la participación empieza a importar económicamente.
Participación como valor agregado
La participación femenina como valor agregado supone que la voz de las mujeres sea integrada de forma intencional en los espacios de liderazgo, al reconocerse que su voz aporta a la mejora en la toma de decisiones, facilita una mejor ejecución y contribuye a construir un país más competitivo.
Aspirar a una economía que integre esta participación como un componente indispensable para la generación de valor implica reconocer que el debate es económico y productivo, no ideológico.
Por qué la baja participación femenina frena a México
Desde 2021, el Banco Mundial ha advertido en su estudio sobre la participación laboral de la mujer en México que la baja participación femenina limita el crecimiento del ingreso per cápita y la productividad nacional.
En términos económicos, dejar fuera a una parte sustantiva del talento disponible reduce la capacidad productiva del país, limita la innovación y, junto con eso, estrecha la base de crecimiento. Para una economía que busca fortalecer su competitividad y tomar mejores decisiones de largo plazo, elevar la participación femenina no es una concesión: es una estrategia de desarrollo.
De acuerdo con una publicación de la OCDE de marzo de 2024 sobre igualdad de género y crecimiento económico, los países con menores niveles de participación económica femenina tienen un mayor potencial de crecimiento futuro si logran cerrar esa brecha.
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