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Fray Bartolomé Olmedo, en el hoy territorio Hidalguense
Trece años de labor periodística de Criterio
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Fue Bartolomé Ochaita, mejor conocido como como fray Bartolomé de Olmedo, el primer religioso que pisó las tierras del Nuevo Continente y en particular del territorio que se denominaría más tarde como Nueva España; nació en el poblado Olmedo, localidad de la provincia de Valladolid, en Castilla, hacia 1485 (o poco antes tal vez 1581) y murió en la Ciudad de México
en 1524.

Olmedo, fraile mercedario, llegó a tierras americanas en 1514 y de inmediato se dio a la tarea de evangelizar a los habitantes autóctonos de la isla de Santo Domingo, donde permaneció hasta 1518, año en que pasó a Cuba, donde conoció a Hernán Cortes y fue incluido entre los navegantes que 1519 marcharon a espaldas de Diego Velázquez a la conquista de las tierras que serían bautizadas como Nueva España.

Olmedo representa el mejor significado de la llamada conquista espiritual, acción diametralmente distinta a la de carácter militar representada por Cortés. Correspondió precisamente a este fraile mercedario bautizar a los primeros indígenas en Tabasco, entre los que se encontraba la Malinche, que llevó el nombre de Marina.
Aunque la celebración de la primera misa en el territorio de México correspondió al sacerdote secular Juan Díaz Núñez en 1514, integrante de la expedición del capitán Juan de Grijalva y el almirante Antón de Alaminos, con quienes fungió como capellán; correspondió a Olmedo celebrar la primera eucaristía dentro en la ciudad de Tenochtitlan.

En efecto, durante la prisión de Moctezuma en el palacio de Axayácatl, narra Bernal Días del Castillo, que, si bien Olmedo no logró convertir al emperador mexica al cristianismo, le permitió abrir un templo en el palacio que servía de hospedaje a Cortés y permitió el acarreo de materiales para su construcción, la que fue terminada en breve tiempo. De modo que, en ese templo dedicado seguramente a la Virgen de la Merced, se dijo la primera misa solemne en México.

Olmedo formó también parte de la Comisión que fue al encuentro del Pánfilo de Narváez cuando llegó a la Nueva España, enviado por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, para apresar a Cortés. De igual forma, el mercedario formó parte del grupo españoles que logró salir de Tenochtitlan la noche del 1 de julio de 1520 (la noche triste), y con Cortés marchó rumbo a la Sierra de Matlancueye, provincia donde se encontraban sus aliados, los tlaxcaltecas, pero en el camino las diezmadas huestes españolas se vieron obligados a librar la llamada batalla de Otompan Otumba, tierra de Otomíes, en la que, sorpresivamente, Cortés, arropado por un grupo de rodeleros y ballesteros, penetra hasta donde se encontraba el Cihuacóatl de los naturales, a quien arrebata el estandarte principal, con lo que logra que todos los seguidores del jefe otomí se retiraran de inmediato, de modo que la derrota casi segura pasaron a la victoria, que les permitió seguir rumbo
a Tlaxcala.

Señala Bernal Díaz, que Cortés y sus soldados continuaron su camino, felices por la victoria, aunque inquietos porque eran perseguidos por los naturales, he aquí la descripción del soldado cronista: “Íbamos ya muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, y comiendo y caminando hacia Tlaxcala, que por salir de aquellas poblaciones, con temor (de que) no se tornasen a juntar escuadrones mexicanos, que aun todavía nos daban grita en parte que no podíamos ser señores de ellos, y nos tiraban mucha piedra con honda y vara y flecha hasta que fuimos a otras caserías y pueblo chico, porque todo estaba poblado de mexicanos y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas y estuvimos con más reposo, y aunque siempre teníamos escuadrones de mexicanos que nos seguían, ya no se osaban llegar, y aquellos que venían eran como quien dice: ‘Allá iréis fuera de nuestra tierra’. Y desde aquella poblazón y casa donde dormimos se (a)parecían las serrazuelas que están cabe Tlaxcala y como las vimos nos alegramos, como si fueran nuestras casas”.

Orozco y Berra, deduce que la laguna y caserío al que se refiere Díaz del Castillo corresponden a la actual población hidalguense denominada Apan, desde cuyo valle podía verse la sierra de Matlanlcueye, donde se encontraba en reino de Tlaxcalla (sic), tierra de sus aliados.

Era, dice Orozco, un gran valle en cuyo centro se encontraba una gran laguna, de allí el nombre de Apan, de A “atl”, que significa agua y, el sufijo “pan” locativo abundancial, es decir “lugar abundante en agua” o “tierra de lagunas o lagos”, y continúa “…siendo ya día claro, dejaron Apan y se llegaron a una fuente en donde se partían los términos de Tlaxcalla, bebieron con abundancia, se lavaron y descansaron. E así salimos este día, que fue domingo a ocho de julio, de toda la tierra de Culua”. De modo que, puede afirmarse con certeza, que Apan es el primer lugar del hoy estado de Hidalgo tocado por los conquistadores españoles.

Con las huestes de Cortes marchó desde la salida de Tenochtitlan el padre Bartolomé Olmedo, quien como se desprende de las narraciones de la conquista, el domingo 8 de julio de 1521, celebró de acuerdo con la liturgia eclesiástica un acto de acción gracias, primero efectuado en la historia del hoy territorio hidalguense, en el que participaron activamente los tlaxcaltecas ya evangelizados que marchaban en las huestes de Hernán Cortes; así dio comienzo la conquista espiritual de esta región.

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