Hablar hoy de fiscalización sin tecnología es ignorar una realidad que ya alcanzó a las instituciones públicas, pero hablar de tecnología sin ética es abrir la puerta a nuevos riesgos bajo viejas prácticas

Hablar hoy de fiscalización sin tecnología es ignorar una realidad que ya alcanzó a las instituciones públicas, pero hablar de tecnología sin ética es abrir la puerta a nuevos riesgos bajo viejas prácticas. En la Auditoría Superior del Estado de Hidalgo (ASEH), la innovación no se ha entendido como un gesto de modernidad, sino como una decisión orientada a generar valor público.
La incorporación de nuevas herramientas tecnológicas en los procesos de fiscalización responde a una premisa básica: hacer más eficiente el uso de los recursos públicos, mejorar la calidad de las auditorías y reducir espacios de discrecionalidad. En un contexto de presupuestos limitados y exigencias ciudadanas crecientes, la eficiencia a través de las tecnologías de la información también es una forma de rendición de cuentas.
Un ejemplo concreto es el desarrollo del procedimiento de auditorías digitales, un modelo innovador y 100 por ciento hidalguense, que ha transformado la forma de auditar. Al disminuir la necesidad de presencia física constante, este mecanismo optimiza tiempos, reduce costos operativos y amplía la capacidad de revisión sin sacrificar rigor técnico.
Pero su impacto va más allá de lo administrativo. La digitalización de procesos fortalece la trazabilidad, acota márgenes de corrupción y reduce el contacto innecesario entre auditor y auditado. No es un detalle menor en un país donde la opacidad ha sido históricamente terreno fértil para malas prácticas.
La experiencia ha sido tan relevante que otros órganos fiscalizadores, como la Auditoría Superior del Estado de Guerrero, han adoptado este esquema para continuar su labor en zonas de difícil acceso o con problemas de seguridad. Cuando la innovación funciona y es ética, se comparte.
Este intercambio de buenas prácticas ha abierto un debate inevitable: el uso de la inteligencia artificial en la fiscalización. La ASEH, en colaboración con la Auditoría Superior de la Ciudad de México, ha iniciado trabajos para su incorporación en la programación anual de auditorías, particularmente en el análisis de riesgos y patrones financieros.
La inteligencia artificial no fiscaliza ni decide por sí sola, es una herramienta que se usará en apoyar el análisis, ordenar grandes volúmenes de información y orientar decisiones mejor fundamentadas, por eso la ética es central. Sin reglas claras y sin supervisión humana, la tecnología puede reproducir sesgos o crear nuevas opacidades. Con criterios definidos y modelos auditables, fortalece la legitimidad institucional en la nueva era de la fiscalización.
La tecnología no garantiza honestidad, pero la ausencia de innovación sí perpetúa viejos vicios. Fiscalizar como hace veinte años es, en los hechos, renunciar a la eficacia. Hoy, la ética en la rendición de cuentas no solo se discute en los discursos: también se programa en los procesos.
La rendición de cuentas no es opción: es deber público.
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