Imagen: Marco Moreno
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Hace (8) meses

Cuando los maestros faltan y la política sobra

En Hidalgo, las escuelas primarias viven una paradoja que no debería permitirse en un estado que presume de avances en cobertura educativa. Padres de familia que toman escuelas, carreteras bloqueadas, docentes enfrentados, comunidades enteras paralizadas por la ausencia de maestros. 

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En Hidalgo, las escuelas primarias viven una paradoja que no debería permitirse en un estado que presume de avances en cobertura educativa. Padres de familia que toman escuelas, carreteras bloqueadas, docentes enfrentados, comunidades enteras paralizadas por la ausencia de maestros. 

El guion es repetitivo: la autoridad educativa escucha, promete y evade; los padres se cansan y actúan. Al final, los niños —los únicos que deberían estar en el centro del debate— terminan siendo los grandes olvidados.

El fenómeno de las tomas de escuelas se ha vuelto casi rutinario. ¿Por qué ocurre? Porque la falta de docentes es real y permanente. Cuando un maestro se jubila, se cambia de adscripción o enferma, las plazas quedan en el aire durante meses. 

En algunos casos, los grupos completos pasan bimestres sin profesor. La paciencia de los padres se agota, porque mientras los funcionarios redactan oficios y dan vueltas al problema, los niños pierden tiempo valioso de formación. Entonces, lo que debería resolverse en un escritorio termina en un portón cerrado con cadenas.

A esta carencia estructural se suma otro problema: los conflictos entre docentes. La disputa por plazas, cambios de adscripción, liderazgos sindicales y hasta diferencias personales se trasladan a las aulas. La autoridad educativa, en lugar de mediar con altura, se ve apabullada por una realidad que los supera. El resultado: comunidades educativas divididas, docentes enfrentados y alumnos que perciben que la escuela, más que un lugar de aprendizaje, es un campo de batalla.

Cuando los padres ya no encuentran eco en las autoridades escolares ni en las instancias administrativas, la escalada es evidente: la toma de carreteras. Los bloqueos carreteros no nacen de la voluntad de causar caos, sino de la necesidad de llamar la atención a un sistema que parece hecho para ignorar. 

Es la estrategia desesperada de comunidades que sienten que si no interrumpen la vida pública nadie los escucha. Que un problema tan básico como la falta de un maestro derive en el cierre de una vía de comunicación muestra hasta qué punto se ha degradado la interlocución entre sociedad y gobierno.

En el fondo de todo está la falta de docentes en las aulas. La pregunta es inevitable: ¿por qué un estado con normalistas egresados cada año no puede cubrir los huecos? La respuesta parece encontrarse en un coctel de burocracia, falta de planeación, trámites interminables y decisiones administrativas torpes. 

Se trata de un sistema que no prevé, que reacciona tarde y mal. La Secretaría de Educación Pública de Hidalgo se enreda en justificaciones, mientras los niños se quedan sin clases.

El problema no es únicamente técnico o administrativo. Es también político y cultural. Mientras en las comunidades se exige lo esencial —un maestro frente a grupo—, desde las oficinas centrales se promueven programas decorativos, iniciativas cosméticas que parecen más vitrinas de gestión que soluciones de fondo. 

La educación primaria es el corazón del sistema educativo. Ahí se forjan los cimientos del pensamiento, la convivencia y el futuro de cada niño. Descuidar este nivel es hipotecar el mañana. Y, sin embargo, pareciera que en Hidalgo la primaria se administra con ligereza, más ocupada en actividades de escaparate que en garantizar lo esencial.

El costo social de esta desatención es alto. Un niño que pasa meses sin maestro pierde más que contenidos académicos: pierde confianza en la escuela como institución. Una comunidad que debe cerrar carreteras para exigir lo mínimo termina desgastada, resentida con el gobierno. Y un sistema educativo que tolera la improvisación en la dirección de áreas clave pierde credibilidad.

La pregunta que debería interpelar a las autoridades es simple: ¿qué pasaría si en lugar de minimizar las demandas se anticiparan a los problemas? Si en lugar de atender a los padres en el bloqueo de escuelas y carreteras, se diseñara una estrategia seria de cobertura docente. Si en lugar de negar las carencias, se asumieran y se corrigieran.

Los casos no están concentrados en un solo municipio. En seis meses, se han documentado tomas y bloqueos en Huazalingo, Huejutla, Tulancingo, Chilcuautla, Ixmiquilpan y Francisco I. Madero. Es un mapa que cubre la sierra, el valle y las zonas urbanas. El problema, entonces, no es local: es estructural.

El patrón también coincide con los tiempos: la mayoría de las protestas estalla en agosto y septiembre, al inicio del ciclo escolar, cuando la ausencia de docentes es más visible. Los padres quieren certezas desde el arranque, no promesas que se dilaten hasta diciembre.

Hoy, los padres han demostrado que no están dispuestos a esperar indefinidamente. Han tomado escuelas, carreteras, oficinas. El costo político y social para el gobierno ya está en curso. 

La educación en Hidalgo no necesita promesas vagas ni programas de relumbrón, necesita decisiones firmes, voluntad de servicio y funcionarios que entiendan que su tarea no es la foto en un evento cultural, sino garantizar que en cada aula haya un maestro.

En el debate público, la tentación es dispersarse en lo accesorio: justificar con trámites, culpar al sindicato, mirar hacia otro lado. Pero el hecho central sigue ahí, contundente y vergonzoso: hay niños que no tienen quién les enseñe. Mientras eso no se resuelva, cualquier discurso de progreso educativo en Hidalgo será apenas un espejismo.

La educación primaria no puede seguir siendo un botín político ni un espacio de improvisación administrativa. Lo que está en juego no es el prestigio de un funcionario ni la foto de un evento cultural, sino el futuro de miles de niños hidalguenses. Y ese futuro no puede esperar.

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