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A criterio deColumnasMarco Moreno

Visto en Plaza Juárez


Me acerqué a la plaza Juárez para ver cómo iba el tema del derribo de árboles y la información que el ayuntamiento da a los ciudadanos preocupados por el asunto. Ahí, en algún lugar de la plaza, en una pequeña carpa, una persona comenta de manera confusa en cuanto a que está qué va a suceder en la plaza.

Llamó mi atención, sin embargo, una manifestación particularmente inusual, galleros, personas portando pancartas a favor de la pelea de gallos; “nuevo”, dije y me colé a la manifestación para ver de qué se trataba.

La pelea de gallos siempre ha estado presente en el país, la vemos en películas, ferias, fiestas patronales de los pueblos, llena de sangre y violencia contenida, de esa bravura que caracteriza a los jugadores de gallos, acompañadas las más de las veces por música popular y en ocasiones hasta por el pop.

Los gallos han sido esa parte de la realidad mexicana, se adhiere a las comunidades y ciudades de México, de la misma forma que el olor de sangre humedeciendo el suelo acompaña a cada pelea, a cada grito dentro del palenque, a cada juego de albur, ese mismo que hace ir de carta en carta tentando a la suerte, y, en ocasiones, al destino.

Los gallos, los mismos que en su aleteo y giros inesperados buscan sobrevivir a un ataque inesperado, alterado por la presencia de las navajas, ajenas a su cuerpo, en medio del griterío y la música que en las más de las veces se combina con cerveza, vino y tequila.

Donde las apuestas son la otra cara de la moneda, los gallos, esos que deben morir en un lugar específico de la arena, los que solo son un grito en cada giro y en cada revuelo, los que por sorpresa y en una apuesta de albur se convirtieron en patrimonio cultural inmaterial del estado de Hidalgo.

Como en el Gallo de oro, de Juan Rulfo, se escuchó en el Congreso de Hidalgo: “¡Plántense ondequiera, señores! ¡Corre el albur!”, exclama el tallador y por mayoría de votos, se aprueba que los gallos, esa sangrienta y violenta forma de celebrar, se vuelva patrimonio cultural.

A pesar de las protestas, de las exigencias de la sociedad civil organizada de que no suceda. A pesar de que se cuestiona el valor cultural de la práctica, aun cuando no se ha mencionado el hecho mismo de las apuestas.

Sin lugar a dudas que el Congreso de Hidalgo es uno de los menos informado del país, uno de los que menos se entera de lo que sucede en el entorno nacional y cómo las peleas de gallos han enfrentado una constante oposición social y se ha discutido su valor cultural en muchas de las regiones en las que se llevan a cabo.

Sin embargo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a través de su Primera Sala y, en relación al amparo en revisión 163/2018, que se promovió contra la prohibición de peleas de gallos en el estado de Veracruz, reconoció que esta es una actividad jurídicamente protegida, pero que es susceptible de ser prohibida por el maltrato que representa y la forma en que significa daño al bienestar animal.

Es claro que, de estar enterado el Congreso del Estado de Hidalgo, hubiera desestimado la propuesta de declarar como patrimonio cultural las peleas de gallos; pero no, su desinformación es brutal y alcanza niveles insospechados.

Pensé en todo esto mientras miraba la manifestación pacífica de los galleros en la plaza Juárez, las lonas, las camisas bordadas y la certeza de que iban por buen camino, que el gobernador del estado pensaría nuevamente en su decisión de regresar el proyecto al Congreso de Hidalgo.

Tampoco sabían, seguramente, sobre la resolución de la corte en torno a las peleas de gallos y su poco valor cultural, tampoco, lo denotaba la alegría y la certidumbre con la que desde el megáfono declaraban que todo marchaba sobre ruedas.

“¡En la otra está la suerte!”, me pareció escuchar decir al tallador de la obra de Rulfo. Esa frase que se suelta una vez que se ha perdido el albur, y,” de nueva cuenta empieza el tallador a gritar, Sota, siete de espadas…”

Sería terrible que en la otra estuviera su suerte y el Congreso de Hidalgo apostara a lograr que la pelea de gallos sea verdaderamente patrimonio cultural, desoyendo a la sociedad civil y a la propia Suprema Corte, sería terrible, doloroso y vergonzoso.

Más valdría que el congreso tomará consejo de Dionisio Pinzón y les dijera: “Además, acuérdate que la suerte no anda en burro.

—Por eso no quise andar con usté —acabó diciéndole (sic). Y se separaron para ya no verse.”La pelea de gallos no es cultura, no es patrimonio, no es folclor. La pelea de gallos es violenta, sangrienta y atenta contra el bienestar del animal. Retomando a Jorge Ruffinelli “en este caso, la feria, la fiesta mexicana se convierte en ocupación profesional: ya no se trata de pelear gallos cuando hay ferias, sino de seguir las ferias por los pueblos para extraer de ellas ganancia como modo de vida”. Vaya patrimonio cultural.

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