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A criterio deColumnasUlises Vidal

Un plato fuerte de la china (2da parte)


Para Vero por su cumple treinta y tantos

1: Vivía la vida de tal forma que nos enseñaba a escribir, como si estuviera diciéndonos que jamás hay que perder de vista que vivir y escribir no admite bromas, aunque uno sonría. Sonrío de una manera infinitamente seria cuando recuerdo que en los últimos tiempos muchos de los textos que me disponía a enviar por correo para que fueran publicados pasaban, tal vez por un exceso de celo por mi parte, por una revisión de última hora, provocada por mis repentinas sospechas de que tal vez Bolaño los viera y leyera. Gracias a esto, gracias a que tenía la impresión de que Roberto lo leía todo, pasé a vivir en un estado de constante exigencia literaria, pues él había colocado el listón muy alto y no deseaba decepcionarle, por ejemplo, con algún texto descuidado, con uno de esos escritos en los que, por mil motivos distintos, uno no arde lo suficiente o, lo que es lo mismo, no pone toda la carne en el asador. Eso acabó convirtiendo alguno de mis textos en historias interminables que no hacían más que crecer y crecer, sobre todo cuanto más me acordaba de la mirada omnipresente de Bolaño: historias que se volvían infinitas y se me convertían en detectives salvajes. Y así yo llegué a presenciar, por ejemplo, cómo un texto (que, por estar destinado a una revista de tercera división, consideraba secundario) comenzaba a crecer en distintas direcciones y se transformaba en una novela, la mejor de las mías. Y todo por la maldita altura a la que Bolaño había colocado el listón. Si algo siempre aprecié muy especialmente de ese exigente listón y de esa altura ha sido que traía implícito el listón una lista de impresentables, de escritores o pájaros (da lo mismo) a los que, dada la alarmante situación de la literatura, “habría que enviar siete años a Corea del Norte”, por ejemplo, y no concederles en todo ese tiempo ni siquiera un permiso de fin de semana en la China destruida. Aunque esos impresentables deben hoy sentirse igual de felices o más todavía, felices con sus oportunistas y mediocres cantos literarios de siempre, es más, aliviados algunos por la muerte de Bolaño. Juan Ramón Jiménez ya temía esa continuidad de la casta de los analfabetos y trepadores, de los impresentables, cuando decía: “Y yo me iré / Y se quedarán los pájaros cantando”. Con la muerte de Bolaño, aparte de mi pena de amigo y de la rabia por la conversación literaria interrumpida para siempre, yo me he quedado en situación de alerta ante uno de los problemas que este bolaño en la ausencia (que no en la distancia) me plantea: cierto pánico a que en el momento menos pensado su no presencia pueda conducirme a cierta relajación en la escritura, aunque a este problema creo verle un remedio: tratar de arder (en mis escritos) como ardía él, pues no de otro modo las tinieblas podrán algún día volverse claridad. Así vivo ahora: buscando que esa ausencia no me devuelva a un estado de menor atención ante los peligros que acechan al escritor serio. Así vivo ahora. Consciente, por lo demás, de que debo seguir viviendo, de que debo vivir, por ejemplo, para seguir escribiendo con exigencia alta (que es la mejor forma de poder ir señalando siempre a los impresentables) o, simplemente, para poder decir que me conmovió ayer encontrar al azar la carta de Bolaño con la confesión de que, ante la China destruida de Perec, había llorado. La vida no admite bromas, aunque uno sonría. Como dice Nazim Hikmet: “Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo; es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir, es decir, toda tu tarea se resume en una palabra: vivir (…) Sucede, por ejemplo, que estamos muy enfermos; que hemos de soportar una difícil operación, que cabe la posibilidad de que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa. Aunque sea imposible no sentir la tristeza de partir antes de tiempo, seguiremos riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa”. Es decir, estemos donde estemos, hemos de vivir. Creo que Bolaño, calígrafo del sueño, entendió esto a la perfección, pues escribía sin esperar nada fuera, ni nada más allá del vivir, y en esa desesperanza residía a veces la gran fuerza de su escritura de plato fuerte de la China destruida: una escritura consciente de que ha de sentirse la tristeza de la vida, pero al mismo tiempo uno puede amarla, amar con intensidad esa tristeza (que algunos llaman escritura y otros lágrimas perdidas), amar al mundo en todo instante, amarle tan conscientemente que podamos decir: hemos vivido.

2: Escriban sus comentarios, críticas y más críticas y nada de elogios a: u_vidal@hotmail.com twitter: @Vidal_Evans

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