Transparencia y 3de3- Criterio Hidalgo

Transparencia y 3de3

Eglogio, mancebo campirano, contrajo matrimonio con Frinesia, mujer de la ciudad. Al empezar la noche de las bodas ella le dijo a su flamante esposo: “Antes de que procedamos al procedimiento quiero decirte que cuando aún no te conocía tuve un tropezón”. El muchacho no entendió bien a bien eso del tropiezo; pensó que Frinesia quería explicarle lo de alguna cicatriz en la rodilla o alguna otra magulladura corporal.  Anheloso de ingresar ya en el más íntimo santuario de su desposada acusó recibo de la información con un simple movimiento de cabeza, y de inmediato procedió al procedimiento sin siquiera degustar las delicias del foreplay, que así se llaman en inglés los sabrosos jugueteos manuales y bucales que deben anteceder a la consumación del acto para su más pleno disfrute. Acabado el trance erótico le dijo en tono hosco a la muchacha empleando el modo de hablar de los rancheros: “No eras nueva”. Replicó ella: “Te dije que había tenido un tropezón”. Sí -admitió Eglogio, rencoroso-. Pero en mi rancho los tropezones se dan con las patas, no con las nachas”… Hay dos cosas en México necesitadas de transparencia: los ríos y los gobiernos. En los antiguos mapas de la República Mexicana, aquellos de la clase de Geografía en la primaria, los ríos, lagos y lagunas aparecían en color azul, como si reflejaran el del cielo. Hoy se pintarían de gris o negro, por la contaminación de sus aguas, convertidas en veneno por la ambición y la ignorancia de los hombres. Igualmente inficionado, y aún más, está el ejercicio del poder en este infortunadísimo país. Hay quienes al gobernar no sirven, pero sí se sirven. Los gobiernos, según frase de ayer vigente todavía hoy, rinden comaladas sexenales de millonarios. Urge por eso una legislación que imponga a los gobernantes la obligación de transparentar sus actos de modo que no haya en ellos opacidad o turbiedades. Sorprende por eso, y al mismo tiempo irrita, la resistencia de algunos senadores a aprobar como parte de las medidas contra la corrupción la llamada Ley 3 de 3, por la cual todo funcionario tendría la obligación de declarar su patrimonio, demostrar haber cumplido sus obligaciones fiscales y manifestar cualquier conflicto de interés que se le presentara en el curso de su función. Los tiempos que corren -y muy aprisa- no son ya los de antes. Hay ahora en México una ciudadanía más crítica, más vigilante, más alerta, y es necesario que quienes se dicen sus representantes -diputados y senadores- recojan sus inquietudes y den curso a sus iniciativas. De otra manera seguirá creciendo la separación que actualmente existe en el país entre políticos y ciudadanos, entre gobernantes y gobernados. Ah, y no olvidemos lo de los ríos, lagos y lagunas, urgidos también de transparencia… Capronio, ya lo sabemos, es un sujeto ruin y desconsiderado. Un día su suegra le dijo: “Tengo un vecino que es entrenador de perros”. “Qué interesante, suegrita -respondió Capronio-. ¿Y le ha enseñado a usted algunos trucos?”… Usurino Matatías es un tipo avaricioso, cutre, cicatero. Estuvo con una chica en el Motel Kamagua, y tras refocilarse con ella le dio un cheque. Le dijo: “La próxima vez te lo firmaré”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, recibió en su casa la visita de don Calendárico, caballero senescente. Salió a la conversación el tema de la edad, y declaró la señorita Himenia con un mohín de coquetería. “Yo soy del tiempo de Los Panchos”. Inquirió don Calendárico: “¿De Pancho Villa y Pancho Madero?”… Una mujer es verdaderamente bella cuando después de lavarse la cara sigue siendo bella… El marido llegó a su casa en hora desacostumbrada y encontró a su mujer en trance de refocilación carnal con un sujeto. “¡Adúltera!” -le gritó en paroxismo de iracundia. “Tú tienes la culpa -opuso ella-. No trabajas; nunca me das ni siquiera para el gasto. Este señor, en cambio, paga la renta del departamento; fue el que me regaló el coche que usas tú y que te dije que me había sacado en una rifa, y cada mes me da el dinero que permite que tú y yo vivamos bien”. “¿Dinero? -dijo entonces el marido-. Ah, eso me tranquiliza: no es cosa de adulterio; es asunto de negocios”. FIN. 

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