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A criterio deColumnasSalvador García Soto

¿Tiene o no pensamiento propio?


La lealtad a quienes nos apoyan e impulsan siempre será una virtud en la vida y más aún en la política, donde lo común son las traiciones y las deslealtades. Pero hay un punto en donde esa lealtad hacia el tutelaje político debe tener cierto límite, sobre todo si lo que se quiere es construir una imagen propia que, si bien guarde relación con quien nos influenció, tenga también la posibilidad de definir y mostrarle al mundo una personalidad auténtica y autónoma, que proyecte nuestras ideas y pensamientos y no sólo los de otra persona; porque entonces la influencia se vuelve control y la lealtad sumisión.
Algo así le está pasando a la doctora Claudia Sheinbaum. Ha sido tal su cercanía y afinidad con López Obrador, que por momentos es difícil distinguir dónde termina la dominante personalidad e ideología del presidente y donde comienza la de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Si bien a la doctora se le reconoce su lealtad incondicional hacia quien impulsó y catapultó su muy breve carrera política y eso le ha permitido ser considerada la principal aspirante a la sucesión presidencial del 2024, en momentos en que los mexicanos quieren empezar a conocer la personalidad y las ideas de quien podría gobernarlos, esa incondicionalidad de Sheinbaum empieza a convertirse más en una debilidad que en una fortaleza.
Porque al no tener una agenda política propia y limitarse a retomar y copiar la agenda del presidente, Claudia Sheinbaum lejos de fortalecer su imagen propia parece desdibujarse, lo mismo con decisiones como la remoción de la estatua de Cristóbal Colón de su ubicación histórica por más de siglo y medio, que todo mundo ubica como un tema del presidente y de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, que con su errático manejo de la pandemia en la Ciudad de México, en donde la mayoría de sus decisiones estuvieron siempre supeditadas y condicionadas a la aprobación o desaprobación de López Obrador.
Al no poder cortarse el cordón umbilical que la conecta directamente a Palacio Nacional, porque de hacerlo perdería toda la fuerza que alimenta su imagen de presidenciable, la doctora en Ingeniería Ambiental que debe toda su formación académica, de investigadora y hasta sus inicios políticos en las grillas estudiantiles a la UNAM, se ve obligada a secundar públicamente las críticas y ataques del presidente López Obrador a la casa de estudios.
A la doctora le ha tocado también la labor de ser la carcelera de Rosario Robles, que a pesar de estar acusada de un delito federal, como es ejercicio indebido del servicio público, en la modalidad de omisión, por los desvíos cometidos en Sedesol y Sedatu cuando ella fue secretaria, la han mantenido dos años y medio en una prisión del gobierno capitalino.
Ayer le preguntaron a la doctora Sheinbaum qué pensaba de las declaraciones que vertió en entrevista con el periodista Héctor de Mauleón la exsecretaria Robles que se declaró “presa política” y acusó que ni siquiera le habían dado atención médica adecuada en el penal de Santa Martha Acatitla donde su salud se ha agravado. “No estoy de acuerdo con lo que plantea. Ahí está la Estafa Maestra. Fueron los mexicanos por la corrupción quienes lo denunciaron”.
Por ahora podría ser entendible que Sheinbaum se vea obligada y supeditada a defender todo lo que dice y hace el presidente. Incluso a repetir, como una zombie, los argumentos y las palabras textuales de su tutor político. Pero en algún momento, no muy lejano, la doctora tendrá que demostrar si tiene o no un pensamiento propio y si puede actuar como algo más que la pupila de López Obrador. Porque si ya en la Ciudad de México muchos capitalinos le cuestionan que más que jefa de Gobierno actúe como regente, siempre sometida a los designios presidenciales, para gobernar a todo el país, a menos que vaya aceptar un nuevo maximato, no le van a alcanzar su personalidad ni sus ideas y posiciones casi simbióticas con el caudillo que tanto admira.

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