fbpx
A criterio deColumnasSalvador García Soto

Tiempo de rupturas y exclusiones


A la mitad de su gobierno, Andrés Manuel López Obrador ha empezado un juego de restar, en lugar de sumar aliados a su movimiento. Si como candidato apostó por la inclusión y sumó a todo tipo de figuras y dirigentes de los extremos del espectro político a su campaña, en lo que él mismo definía como un “movimiento amplio”, como presidente ha empezado a excluir a todos aquellos que no le profesen una lealtad y un respaldo incondicional.

Es como si experimentara una metamorfosis en la que empieza a reducir y hacer más cerrado su círculo de colaboradores a partir de un criterio de lealtad ciega.

En el rasero exigente e intolerante de López Obrador terminan excluidos o expulsados lo mismo sus antiguos colaboradores, que periodistas, medios o directivos que antes fueron sus amigos y aliados. Del equipo original, por ejemplo, con el que arrancó hace justo tres años el gobierno, han ido saliendo la mayoría de los integrantes del que alguna vez fue calificado como “gabinetazo”, precisamente por su inclusión y por incorporar figuras de experiencia igual de la izquierda que de la derecha, de la lucha social o del empresariado.

Ya no están de aquel equipo y se fueron muchos de ellos maltratados y con malas maneras: Carlos Urzúa y su sustituto en Hacienda, Arturo Herrera; se fue también su amigo “casi hermano”, el consejero Julio Scherer Ibarra; renunciado u orillado a renunciar salió Santiago Nieto por su boda; Germán Martínez dejó el IMSS con duras críticas en una carta y acaba de renunciar a Morena; Olga Sánchez Cordero salió apoyada al Senado pero al fin fue sacada, mientras que a Esteban Moctezuma lo mandó prácticamente al exilio diplomático cuando se negó a acatar instrucciones para recortarles el presupuesto a las escuelas del tiempo completo, a las que defendía el secretario.

En lugar de aquellos colaboradores moderados y técnicos, que representaban un abanico político amplio y opiniones diversas en los temas públicos, el presidente se ha ido rodeando cada vez de más radicales e incondicionales.

El rostro de la radicalización que se asoma en el inicio de la segunda parte del sexenio ya se refleja también en otras expresiones y decisiones del presidente. Ayer, a partir de un reportaje periodístico que documentó cómo sus hijos se han beneficiado de apoyos económicos del programa Sembrando Vida, López Obrador no sólo cuestionó y descalificó el contenido del reportaje apoyado por la Plataforma Connectas, sino que atacó directamente a algunos de sus promotores como la periodista Carmen Aristegui y la revista Proceso, que publicaron ambos la investigación periodística.

¿Por qué el presidente decide romper lanzas contra medios y periodistas a los que antes exaltó y defendió como “progresistas”, pero hoy que lo cuestionan los tacha de conservadores y dice que nunca lo apoyaron ni a él ni a su movimiento? Todo indica que se trata de la misma lógica radical y autoritaria con la que ha definido su relación con la prensa y con los medios: quien lo critica y cuestiona, automáticamente se vuelve “conservador”, “neoliberal” “chayotero”, todos esos epítetos y adjetivos que hasta ahora usó para descalificar a la prensa crítica hoy también se los dedica a quienes alguna vez les dio trato de aliados.

Así que, a la mitad del sexenio, López Obrador parece llenarse de soberbia y, lejos de apostar por la reconciliación y el entendimiento con sus opositores y críticos, parece tomar la ruta de la radicalización, de la confrontación cada vez más directa y ahora también de la exclusión. Tanto poder y tanta abyección parecen haber mareado al presidente que hoy, a punto de iniciar su cuarto año de gobierno, se siente invencible y ya no cree necesitar a nadie. La radicalización presidencial no pinta bien en

Noticias relacionadas

Back to top button