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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Solo para niños de ayer


Era una caseta de madera techada con láminas de zinc, que tal vez medía poco más de metro y medio de ancho por otro tanto de largo, estaba calzada entre el arroyo de la calle de Nicolás Flores y la banqueta lateral del Mercado de Barreteros y entre la parvada de mozalbetes le llamábamos “el puestecito azul” por estar pintado de ese color —ya muy desteñido por el paso de los años—. Su dueño era un señor de baja estatura, moreno y picado de viruela, que todos los días, por ahí de las nueve de la mañana, llegaba acompañado de su esposa, para iniciar las actividades de su microcomercio.

Después de abrir una cantidad incalculable de candados, procedía a quitar uno a uno los tablones que resguardaban el pequeño puesto y enseguida, tendía sobre parte de la banqueta el exhibidor frontal de su mercancía, en tanto que el resto se mostraba en las ventanas laterales. No sé cuánto tiempo empleaba don Emilio que era el nombre del propietario, en la operación de apertura de su negocio, pero si incluimos el barrido de la banqueta y el destapado del frente y lados del puesto, deberían trascurrir de 25 a 30 minutos.
Venia en seguida la operación limpieza de la mercancía, que le llevaba el resto de la mañana, solo interrumpía esta tarea, a la llegada de algún posible comprador —o preguntón, como él llamaba a los que no adquirían nada—. Era aquel negocio, lo que mi padre llamaba un “pequeño bazar” o “bazar para pequeños”, pararse frente a él, a los 10 años, era una delicia en el más amplio sentido de la palabra.

Describir la parafernalia de objetos que ahí se vendían es, aún hoy, un reto difícil cumplir, tanto por la cantidad, como por la diferencia de objetos apilados en un espacio tan pequeño. En el frente, en un mostrador de casi dos metros, que invadía una buena parte de la banqueta, mostraba en compartimientos, toda suerte de canicas y canicones —ágatas, agüitas, trebolitos, ojos de gata, etcétera—, también se exhibían luchadores de plástico con diversos atuendos y posiciones, cochecitos, autobuses, trenes y vagones, todo de plástico con vistosos colores; más allá estaban los baleros, los trompos, las matatenas, los yoyos, loterías y otros juegos de mesa, como ocas, serpientes y escaleras, turistas y no sé cuántos más. Había, así mismo, los juguetes más sofisticados: automóviles de cuerda, pistolas de chinampinas, arcos con flechas de chupón y para las niñas vendía bebes de plástico, utensilios de cocina, minimuebles para armar una casa de muñecas y, en fin, aquello era una paraíso para los .

Junto a todos estos objetos infantiles, se exhibían también cinturones de hombre o mujer agujetas, jaretas, embudos de muchos tamaños, tijeras, alicatas, lámparas sordas, navajas, juegos geométricos, lápices, frascos de tinta, plumas fuente y atómicas —primeros lapiceros de bolígrafo lanzados en todo el mundo a principios de los años 50— En otro sitio podían verse cajas de pañuelos, atados de calcetines y, en fin, como decía mi padre, el “puestecito azul” era un auténtico minibazar.

Como todos los infantes de mi colonia, procuraba guardar algo de la cuelga del domingo, más lo acumulado de los cambios no devueltos en los mandados de la semana, para irme a plantar frente a aquel paraíso de objetos infantiles, dispuesto a realizar la mejor adquisición.
Don Emilio, como buen comerciante, olía la venta y entonces salía dispuesto a mostrarnos lo que fuera, tras indagar de a cuánto sería el gasto. Finalmente tras ofrecernos descuentos y algún “pilón” —articulo o cosa que se agrega como regalo—, regresábamos felices de la visita al “puestecito azul”, dispuestos a enseñar las adquisiciones a la parvada de infantes con la que convivíamos.

Recuerdo muy bien el primero de mayo de 1958 —fecha de mi cumpleaños número 10— cuando recibimos en casa la visita de una tía y madrina mía, que vino con el único objeto de asistir a mi fiesta —que celebrarían más los adultos—. Al llegar me dijo: “como no sé qué regalarte, llegué temprano para que vallamos comprar tu cuelga” de inmediato y sin dudarlo, le dije: ¿madrina, te puedo pedir un favor?, vamos al “puestecito azul”, aquí cerca en el mercado Barreteros hay una lámpara sorda pequeña que me gustaría me regalaras”. y la madrina aceptó.

Cuando llegamos a la esquina de la calle de Guerrero y Nicolás Flores, nos percatamos del terrible desorden que reinaba en aquel lugar, el día anterior había caído un fuerte aguacero y granizada, que hizo tremendos estragos en aquella calle. Con el corazón contrito y jalando prácticamente a mi madrina, llegué hasta el sitio del “puestecito azul” solo para descubrir que mi paraíso de compras yacía desvencijado y prácticamente hecho pedazos sobre el arroyo de la calle, al igual que otros expendios ambulantes. Un policía nos cerró el paso y, con él, mi ilusión de adquirir aquella lámpara sorda que tanto había deseado.

Desconsolado y maldiciendo mi suerte, salí de aquel sitio y junto con mi madrina y mi hermana mayor nos enfilamos a una zapatería de las calles de Guerrero, donde un par de mocasines sustituyó el regalo que yo deseaba y nunca pude obtener. Cuando días más tarde el “puestecito azul” totalmente restaurado volvió a ponerse en pie, la lámpara que yo quería ya no estaba ni volvió a estar, desapareció, como pronto desapareció mi infancia y con ella el gusto por aquellas chucherías del que mi padre llamó el minibazar del puestecito azul.

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