Recuerdos del Colegio Hijas de Allende

En los años cincuenta del siglo pasado, que fueron los de mi niñez, cuando asistía al colegio Hijas de Allende, uno de los más afamados, no solo de la ciudad sino del estado, Pachuca frisaba en los 60 mil habitantes y la mancha urbana concluía en la glorieta de los Insurgentes, frente a la hoy Preparatoria 1, por el sur, en la estación de bomberos por el oriente, en el barrio de La Barranca Blanca, por el poniente, y la hacienda de Loreto por el norte, era una ciudad que se podía recorrer a pie, palmo a palmo en cosa de una hora o menos.

A pesar de que todo quedaba a la mano: mercados, templos, estaciones de ferrocarril, terminales de autobuses foráneos, escuelas, médicos, sanatorios y otros servicios, había tres líneas de Camiones (sic) urbanos que daban servicio a las diferentes colonias de la ciudad, todas salían del Portal Constitución y en su conjunto serían en total una docena de destartalados vehículos. La de mayor recorrido era la de los Hortalizas, pintados de color rojo, que seguía por la avenida Juárez hasta los sembradíos de esas legumbres ubicados en lo que hoy es el Fraccionamiento Constitución y continuaban hasta la comunidad de Santa Julia; la otra línea era El Pájaro Azul que cruzaba por la colonia Morelos y llegaba hasta el Panteón de San Bartolo y, finalmente, los Céspedes Reforma, que recorrían la porción oriental hasta llegar a los baldíos de las Lanchitas por donde hoy se encuentra la Secundaria General.

Otro medio de transporte eran los automóviles de ruleteo, que en aquellos años permanecían aparcados en su terminal o sitio, donde atendían las llamadas telefónicas de los usuarios y solo por mera coincidencia podían ser abordados en alguna de las calles por las que circulaban cuando regresaban de algún servicio. Había un sitio como se llamaba al sitio donde se estacionaban, frente a la parroquia de la Asunción, dos en los extremos oriente y poniente de la Plaza Independencia, uno más en el cruce de las calles de Salazar y Guerrero y finalmente otro en el pequeño tramo de los portales de la plaza Juárez. Un censo de estos vehículos en 1955, reportaba, no arriba de 40 automóviles en total, lo que mucho coadyuvaba a la apacibilidad provinciana, hoy conmovida por la sobreoferta de automóviles de servicio público.

Quienes asistíamos al Colegio Hijas de Allende, ingresábamos a la escuela a las 8 de la mañana, la mayoría lo hacía a pie en compañía de sus padres –todos o casi todos, puedo asegurarlo, radicábamos cerca de aquel venerado plantel– la salida era a las doce del día y retronábamos a las tres de la tarde, para salir definitivamente a las cinco, aunque algunos prolongábamos la estancia vespertina hasta eso de las siete de la noche en medio de juegos u otros menesteres extraescolares.

Imposible resulta olvidar el extenso patio de la primaria, con su gran pino al centro, donde más de un centenar de infantes de entre los 6 y los 12 años, se daban cita en cualquiera de los dos turnos de media hora para el recreo, los que cursaban de primero a tercer grado, lo hacían a las diez de la mañana, los restantes de diez y media a once. Durante aquel asueto en el amplio patio, tenían lugar, juegos como el tradicional “salto de reata”, o el “bote pateado”,   la sofocante “roña”, los varones se entretenían con “el que mete gol para” –remedo del futbol soccer”– los ”tochitos” de futbol americano o las quemadas inspiradas en base bol,  ello alternado con el consumo del lunch, que nos ponían en casa, integrado con tortas o sándwiches acompañados de frutas de estación y botellitas de jugo o leche, que complementábamos con los deliciosos tacos de frijoles o huevo que vendían en la cooperativa escolar.

Sudorosos y jadeantes regresábamos al salón de clases, si era por la mañana, para concluir las lecciones de historia o geografía y en el caso de la tarde –el recreo era solo de veinte minutos– para apuntar la tarea que debería entregarse al día siguiente.

Siempre había que guardar un “veinte” (moneda de cobre por ese valor) a efecto de adquirir a la salida, una paleta de “La Regia” o “La Holanda”, que los vendedores transportaban en unos “carritos refrigeradores” donde se conservaban a bajas temperaturas sus apetitosos productos, delicia de todos los escolares. Había también, unos enormes canastos donde se expendía chicharrón de harina, que aderezado con salsa picante, eran una delicia; mas allá, frente a la puerta de la Secundaría se estacionaba un desvencijado carrito blanco, que expendía barquillos de nieve, que eran más baratos que las paletas y finalmente, caminaba entre nosotros, tocando su  sonoro triángulo de acero el vendedor de aquellas galletas cilíndricas, que se adquirían al azar girando una ruleta que accionada tras el pago de diez centavos terminaba señalando cuantas unidades se adquirían.

La imagen que ilustra esta entrega corresponde al año de 1951, en el ellas pueden verse en el margen izquierdo, los patios de estación del ferrocarril Hidalgo y en el derecho el colegio Hijas de Allende y al centro circula un autobús de los “Rojos Hortaliza”.

Juan Manuel menes Llaguno

Cronista del Estado de Hidalgo

Te puede interesar:

Arman bloque vs reforma electoral

La oposición en el Congreso inició contactos y reuniones al más alto nivel para formar …