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A criterio deAnselmo Estrada AlburquerqueColumnas

Pachuca: voces e imágenes


Tengo un regalo para la vista, de recuerdo para los lectores: una excelente descripción y una amalgama de imágenes que se mezclan con la ilusión mediante metáforas y estampas.
Es bueno recordar cómo era y es Pachuca, cuáles son sus escasos tesoros arquitectónicos, cómo ha cambiado con el paso de unas cuantas décadas y dejarse acariciar por el susurro de los vientos de “Pachuca, la Bella Airosa; de mi tierra, capital”.

Transcribo elocuente texto, sin firma, publicado en la década de 1950-1960 en la revista Ferronales, dedicado a nuestra querida ciudad.

“Una gran torre en cuya cúpula vibra musicalmente la escala que el carillón de su reloj desgrana cada cuarto de hora; un castillo del siglo XVIII, auténtico y bello, por más que no signifique yugos y vilezas de señores feudales; un vetusto convento de franciscanos, que todavía guarda algo de los tesoros artísticos que otro tiempo tuvo; un monumento a Hidalgo —mármol y plata— que se aparta de todas las rutinas y de todas las estandarizaciones; una casa curial —tezontle y cantera—, donde un cincel barroco hizo insignes labrados.

“Y en torno de todo esto, un caserío laberíntico que quiebra sus callejuelas y trepa las empinadas cuestas con ese noble desdén que los verdaderos poetas sienten por las planificaciones y las urbanizaciones geométricas.

“Sobre todo esto, casi encima de la población, las moles ásperas y severas —San Cristóbal, el primero— de la Sierra de Pachuca que, hacia la cañada del Tulipán, devastan sus flancos en ingentes y hermosos tajos, por los cuales solloza el viento. Y esa es, no la del río, precario y turbio, sino la de las rocas, donde el oro de los ocasos y la plata de las auroras se cuajó en filones, la Pachuca que absorbe y pasma al viajero que sabe comprender.

(La siguiente rememoración nos remite a la década de 1960, cuando Pachuca era aún ciudad minera). “Es necesario sentir el vértigo de los tiros, la contracción visceral que se experimenta al bajar en las jaulas, la sensación deliciosa, y medrosa al mismo tiempo, de recorrer la Pachuca subterránea, la ciudad de las sombras eternas; es necesario, en fin, conocer la tierra por dentro para que se comprenda cuántas emociones inolvidables reserva un viaje a la capital hidalguense”.

Entre las fachadas de la muestra, siguiendo de izquierda a derecha, en la parte inferior apreciamos la estación del ferrocarril El Mexicano, actual museo, la del Panteón Municipal, la estatua del Charro, el monumento a Benito Juárez, el frontispicio del mercado de Barreteros, el teatro Bartolomé de Medina, la vieja cotorra, la reja del parque Hidalgo.

En forma ascendente, los músicos en la pérgola de la plaza Independencia, el frente de la iglesia de San Francisco, la Casa Rule, el monumento a Hidalgo, la iglesia de La Asunción, las almenas de Las Cajas Reales, parte de la hacienda de Loreto y, en el cerro de Santa Apolonia, la horca de una mina.

El cartel que ilustra la reseña fue elaborado por el arquitecto Mario Viornery Mendoza y fue difundido durante los días siguientes a la inauguración de la plaza Independencia, realizada en su administración como presidente municipal de Pachuca (1991-1993).

Si observamos detenidamente la composición pictórica, de izquierda hacia abajo podremos identificar fácilmente, por ejemplo, el cerro de San Cristóbal, las fachadas superiores de la escuela Justo Sierra, del Templo Metodista, del antiguo Instituto Científico Literario Autónomo (ICLA), del Banco de Comercio y, en el centro, en forma destacada, el Reloj Monumental.

Anselmo Estrada Alburquerque

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