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A criterio deColumnasUlises Vidal

No lamento haberte conocido


Para Caro, con mucho ruido

1: Me cuesta cierto trabajo hablar de Donoso; en todo difiero de él. Leí que cuando agonizaba, pidió que le leyeran Altazor, de Vicente Huidobro, y a mí me parece grotesco que alguien pida escuchar a Huidobro cuando hay miles de poemas más hermosos que este.
Donoso escribió tres buenos libros, uno de ellos muy bueno, los otros dos contienen fuerza suficiente para poder quedar grabados en las mentes de sus lectores. El primero es Lugar sin límites, un libro sobre la desesperación; otro, El obsceno pájaro de la noche, una obra ambiciosa, pero irregular. Y finalmente, su testamento literario, El Jardín de al lado, que narra la historia de un escritor chileno que vive en Cataluña y que no quiere volver a Chile, quizá porque sabe que el regreso será su perdición. No recuerdo bien si vuelve o se queda, creo que decide quedarse en Europa. En cualquier caso, sea cual sea, la decisión es irrelevante, porque la derrota –y el humor, pues acaso esta sea la novela más humorística de Donoso– lo aguarda al final de ambas opciones. Es decir que, para el protagonista, ya no hay salida. Después de esto, para Donoso, tampoco.
La herencia de Donoso es un cuarto oscuro. En el interior pelean las bestias. Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo es insultarlo, pues no creo que Donoso pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores novelistas de la lengua española de este siglo es una exageración, se mire como se mire. Chile no es un país de novelistas. Hay cuatro, pero son grandes poetas, y ningún novelista puede resistir una somera comparación con ellos. Prosistas sí que hay, no muchos, pero no novelistas.
En un panorama dominado por Augusto D’Halmar y por Manuel Rojas, sin duda la obra de Donoso resplandece. En el gran teatro de Lezama, Bioy, Rulfo, Cortazár, García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Benet, Puig, Arenas, la obra de Donoso automáticamente se desplaza a un segundo plano y empalidece. Sus seguidores, los que hoy portan la antorcha de Donoso, los donositos, pretenden escribir como Greene, como Hemingway, como Conrad, como Vonnegut, como Douglas Coupland, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor grado de abyección, y desde esas malas traducciones llevan a cabo la lectura de su maestro, la lectura pública del mayor novelista chileno. Desde los neoestalinistas hasta los apusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman sus lectores, sus discípulos. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer.

2: Recurro a la columna 70 con este texto hermoso para mi amiga, Caro, por su cumple número 35. Ojalá te guste. Transcribo un texto de Alejandro Páez Varela intitulado: “Algo sobre el preludio”. Debimos entender desde el principio que los fuegos pirotécnicos, las escalas y los arpegios, son inherentes a los preludios. Que hay música en los desencuentros. Que los desfases y las aparentes descoordinaciones son fugas necesarias que repelen y atraen y repelen y finalmente funden esas cuatro manos en una sola melodía. No lamento haberte conocido. Me da pena porque no fuimos sabios con el tiempo, porque no pudimos esperar a que llegara nuestro andante o nuestro allegro, porque nos malgastamos en los contrapuntos. Me da pena porque nos graduamos en la escuela de los que archivan los rencores. No debimos hacerlo. Fuimos ocupando las cinco paralelas del corazón con notaciones amargas hasta que abandonamos la orquesta: al tararear un segundo movimiento, sin saber que habíamos vencido, nos apresuramos a sentirnos cansados y los cansados dicen adiós. No me quejo, pero no me dicen nada ¬–aunque finja– las arboledas; no me cantan los silbatos del afilador, no me espantan los ladrones del barrio ni las noticias de los últimos días sobre el deshielo de los polos. No me mueven ni el viento ni las ganas de salir corriendo. El mundo puede irse a la derecha si quiere, y no me sorprende porque las aventuras y el progreso, la música de sintetizador y los gobiernos perfectos, las letras suavecitas y los ateos o cristianos o musulmanes o judíos me tienen sin cuidado. Imagina: lo más entretenido en estos días es regresar a la estufa esa olla en la que preparo un caldo con tus recuerdos. Hasta hace poco, cada tarde salía a las calles y me sembraba en el piso. Sacaba un puñado de clavos y remachaba mis pies en la banqueta. Si al segundo día me esperaban cien personas, a la semana eran hordas que aplaudían y gritaban y lanzaban monedas o hacían piruetas.
La tarde en que no me presenté se comentaron pocas cosas. Y aunque me conocían y sabían donde vivía, no me obsequiaban siquiera una mirada si me encontraban, por casualidad, en el mercado, la tintorería o la tienda. Así aprendí que la tristeza no se expone al sol, no se vuelve espectáculo porque llegan las moscas. Aprendí que los muertos no provocan siquiera la compasión de los sepultureros. Desde entonces la paso en este encierro, pensando en lo que hicimos, en cómo dejamos que nos ganara el cansancio. No fuimos sabios con el tiempo. Nos ganó un preludio y como novatos, decepcionados, nos retiramos del concierto. No lamento haberte conocido. En todo caso, lo juro, lamento haberme quedado con tantos recuerdos.

3: Escriban sus comentarios, críticas y más críticas y nada de elogios a: [email protected] twitter: @Vidal_Evans

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