Misteriosa desaparición en el túnel del instituto

Fue a finales 1926 y principios de 1927 cuando sucedieron los hechos que voy a narrar, mismos que conmovieron la vida de aquel apacible Pachuca. Los detalles fueron abordados con puntualidad por los periódicos de la época, teniendo como escenario el antiguo edificio del Instituto Científico Literario del Estado, ubicado en la hoy calles de Abasolo 600, sitio en el que estudiaba a quien llamaremos Fermín a fin de no revelar su identidad.

Era un alumno de buenas notas, aunque no sobresalientes, apenas identificado por su pequeño círculo de amigos, entre los que se encontraban el Gato y el Tripas, con quienes frecuentaba misceláneas, cafés y neverías de los alrededores del instituto, donde saboreaba los fraudulentos cigarrillos que robaba a su padre, aficionándose a tal vicio, a escondidas de sus mayores.

En una de tantas correrías en busca de sitios solitarios para fumar y platicar a sus anchas, llegaron Fermín, el Gato y el Tripas a un pequeño espacio ubicado entre el muro de la calle de Doria y los contrafuertes del antiguo templo de Guadalupe, recién convertido entonces en el salón de actos Baltasar Muñoz Lumbiere; el sitio era reducido, pero confortable y alejado del barullo estudiantil, lo que les permitía platicar y fumar libremente.

Fue a mediados de octubre cuando sucedieron los hechos que conmovieron a la opinión pública. La tripleta de amigos se encontraba saboreando su segundo cigarro, en medio de animada plática, cuando llegó hasta ellos Román, quien se había percatado de las secretas incursiones de sus compañeros al “recoveco del Lumbiere”, como llamaban a su escondite predilecto. De mala gana, aceptaron la nueva compañía, en razón de que había interrumpido la amena conversación que mantenían; Román traía sus propios cigarros, de modo que solo le pidió al Gato que le permitiera el que fumaba apara encender el suyo. Mientras exhalaba las primeras bocanadas de humo intentó interesar al grupo de amigos en una forzada plática. “Ya saben ustedes, que esa puerta conduce a un túnel que se comunica con el convento de San Francisco”, dijo Román, mientras señalaba un vano flanqueado por grandes piedras y clausurado con una reja de hierro.

“¿Quién te lo dijo?”, preguntó Fermín, muy serio y molesto por la interrupción a la tertulia.

“Pues desde que entré, hace ya como cinco años, nos lo dijeron varios maestros y el director señaló que estaba prohibido llegar hasta aquí”.

Como la tripleta de amigos había ingresado solo a la preparatoria y Román estaba matriculado desde la secundaria ignoraban esas medidas, las cuales eran dadas como advertencia a los alumnos de menor edad.

Román terminó su cigarrillo y se fue dejando al grupo totalmente inquieto y con ganas de investigar por su propia cuenta la verdad sobre aquel enigmático túnel. Con gran facilidad lograron abrir el candado y pronto se encontraron en el umbral de acceso al socavón, había allí telarañas, vigas caídas, malolientes por la humedad, y una enorme obscuridad. El miedo se apoderó de ellos, por lo que con todo cuidado cerraron nuevamente el candado y se retiraron.

Durante los días siguientes no platicaron de otra cosa que no fuera el túnel, confirmaron lo señalado por Román y se hicieron de mucha más información, de modo que unos días después, planearon incursionar por aquel sitio. Se proveyeron de ropa y calzado adecuados, consiguieron cascos de minero con luz de carburo, barretas, picos y palas, que introdujeron de manera subrepticia y se decidieron a entrar.

Fue el 8 de diciembre de 1925 cuando ingresaron al sitio, Fermín fue por delante. No habían dado arriba de 20 pasos cuando escucharon el grito ahogado de Fermín, quien desapareció de la vista del Gato y el Tripas, que, invadidos por un terrible miedo, empezaron a gritarle sin encontrar respuesta, pensaron en principio que Fermín querría jugarles una broma, pero pronto se dieron cuenta de que no era así, no había quejidos ni llamadas de auxilio, el silencio reinaba en aquel sitio, entonces se dieron cuenta que su compañero había caído en un profundo tiro.

Desconsolados, salieron dispuestos a guardar silencio. En los días siguientes, la noticia de la desaparición de Fermín llenó las páginas de los periódicos y fue tema en las pláticas de todos los pachuqueños.

En las pesquisas policiacas, el Gato y el Tripas, interrogados por la Policía, señalaron reiteradamente desconocer el paradero de Fermín, pero fue Román, aquel que les habló primero del túnel, quien dio luces a la Policía, que no tardó en arrancar la verdad al Gato y al Tripas quienes reprodujeron minuto a minuto lo sucedido. Un día después cuadrillas de hombres penetraron en el supuesto túnel, bajaron hasta donde la prudencia les permitió, pero no encontraron rastro alguno de Fermín, por lo que con aprobación de los familiares le dieron como desaparecido.

El director del platel mandó tapiar la entrada del túnel y del Gato y del Tripas no se volvió a saber nada, el hecho fue apenas conocido por el grupo de condiscípulos de Fermín, debido al sigilo con el que se trató el asunto, no pudo trascender más que la famosa leyenda del Túnel del Instituto, que por muchos años se trasmitió de generación en generación y de ella tomamos aquí la parte sustancial.

La fotografía que ilustra estas notas corresponde al Instituto Científico Literario, captado en el año de 1920.

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