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A criterio deColumnasJuan Villoro

Melancolía del paraguas


Ciertas hipótesis sobre el comportamiento humano comienzan como fantasías y con los años (o los siglos) se transforman en tesis de los antropólogos. Abordaré un tema menor, pero que tal vez contenga una clave de los tiempos por venir. Me refiero a nuestra capacidad de estar mojados.

Hagamos una pausa para que la idea se asiente como si fuese secada por una toalla.

El agua define nuestra vida y las inteligencias del espacio exterior nos reconocerán (o ya nos reconocen) como el planeta azul. No en balde el magnate futurista Jeff Bezos bautizó su proyecto espacial como Blue Origin: cuando la especie se mude a otro suburbio de la galaxia, deberá recordar su lugar de procedencia.

Dependemos del agua, pero estamos hartos de las goteras, los zapatos reblandecidos por los charcos, el periódico que llega ensopado y revienta si lo metemos al microondas. Obviamente, esto no es nada en comparación con las recientes inundaciones en sitios como Alemania, que no solemos asociar con desastres naturales.

¿Por qué llueve tanto? El asunto es tan evidente que ha unido a formas contrastadas del conocimiento. Los científicos explican -no necesariamente con estas palabras- que el calentamiento global hace que la Tierra se tenga que duchar más seguido. Por su parte, los astrólogos señalan que en 2020 Júpiter y Saturno entraron en conjunción, lo cual sucede cada veinte años, pero solo cada ocho siglos eso se da bajo el signo de Acuario, que propicia los cambios y la vida inmaterial (ya se trate del Renacimiento o la vida en red). El elemento que rige Acuario es el aire, pero dependiendo de cómo sople, afecta al agua: puede llevar a la evaporación espiritual o a un huracán.

Dependemos del “vital líquido”, como dicen los locutores de radio para no repetir la palabra “agua”. Los poetas convirtieron la lluvia en símbolo de la añoranza amorosa. El joven García Márquez ensayó su mano como poeta y, naturalmente, habló de nubes. Su poema “Canción” lleva un epígrafe del gran poeta colombiano Eduardo Carranza: “Llueve en este poema”; unas líneas más abajo, el poeta debutante escribe: “A veces viene el agua/ a mirar la ventana/ y tú no estás”. Durante siglos, la lluvia ha servido para recordar o anhelar el amor. Octavio Paz encuentra en el caer del agua la distraída atención que requiere de su amada: “Óyeme como quien oye llover, / ni atenta ni distraída”.

Pero tengo la impresión de que a medida que las lluvias importan más en la realidad, pierden fuerza en la imaginación. En 2009 me hospedé durante unos días en el Trinity College de Irlanda. Por mi ventana veía a los alumnos que jugaban rugby en una cancha con más lodo que pasto; después de mojarse a la intemperie, iban a un pub a mojarse por dentro. No conocí a nadie que usara paraguas y sin embargo llovió todos los días. Le pregunté al respecto al escritor Bruce Swansey, que desde hace décadas vive en la isla verde, y contestó: “No les importa, viven mojaditos”.

Archivé la anécdota como una rareza de viaje hasta que mi hija comenzó a actuar como irlandesa. Cuando sale de casa, le ofrezco algo que parece no sólo incomodarla, sino darle vergüenza: un paraguas. En caso de que lo acepte, lo hace con la cara de quien recibe una tarjeta de racionamiento para comer ese día.

Pensé que se trataba de una peculiaridad personal hasta que descubrí que era una conducta generalizada.

Tardé en comprender que la época había cambiado. Desde que comenzaron las lluvias estudio el comportamiento de la generación Z. Los he visto empaparse de las más diversas maneras sin que eso represente para ellos un problema. En ocasiones salgo en la llovizna solo para perfeccionar mi estudio de campo. Estoy en condiciones de afirmar que el paraguas es una prótesis que llega con la edad. Pero no hay garantía de que esta tendencia se mantenga. Muchos de los que ahora blanden un paraguas también lo hicieron de jóvenes. Adelanto una hipótesis que solo se comprobará dentro de 200 años: la generación Z anuncia a los humanos del futuro, que aceptarán mojarse.

La capacidad de adaptación de la especie humana es legendaria, según confirman quienes durante la pandemia trabajan en pantuflas y no soportan la idea de volver a hacerlo con zapatos.

Dentro de siglos, cuando el clima vuelva a cambiar, se recordará con melancolía al aliado de los que preferían estar secos: el paraguas.

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