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A criterio deColumnasJuan Villoro

Mejor que el rating


Durante cerca de veinte años, Guillermo Ochoa dominó la televisión matutina con su programa Hoy mismo. Pero la diosa Fortuna cambia de favoritos y ahora su nombre se confunde con el del portero que acaba de llegar de Japón con una medalla olímpica. Las cosas eran muy distintas en 2004, cuando Memo Ochoa debutó con el América; a tal grado que el Perro Bermúdez lo bautizó como el Periodista. Con el tiempo, el guardameta se singularizó lo suficiente para que el apodo cayera en el olvido.

El “otro Ochoa” se alejó de las pantallas de alto rating, pero no del periodismo. En su podcast La vida va sigue narrando las crónicas que merecieron un elogio de bienvenida al gremio del legendario José Alvarado y que animaron las páginas de Siempre, Novedades y Excélsior. Julio Scherer encontró en él a una de las voces para transformar un periódico donde el astro de las ocho columnas había sido el corrupto Carlos Denegri (magistralmente retratado por Enrique Serna en su novela El vendedor de silencio). Ochoa dirigió El Universal y era difícil imaginarlo lejos del periodismo escrito. Sin embargo, el desenfado con que volvía ameno lo importante en las tertulias de periodistas de las calles de Balderas y Bucareli lo había adiestrado para conducir con enorme éxito un programa donde supo ser ligero sin volverse trivial.
Hace unos meses coincidimos con amigos comunes en casa del periodista deportivo Francisco Javier González.

La conversación giró en torno al complicado oficio de dar bien malas noticias. Alguien le preguntó a Ochoa por el rating de su célebre programa. El veterano sonrió como un tahúr que dispone de una carta decisiva. Más afecto a las historias que a las estadísticas, contó que en una ocasión presentó en Hoy mismo una fotografía que hizo época. El 2 de abril de 1950 se disputó la Oreja de Oro en la Plaza México. Las mejores faenas estuvieron a cargo de Rafael Rodríguez Volcán de Aguascalientes y Antonio Velázquez Corazón de León. Sin embargo, ambos fallaron con la espada y el juez de plaza tomó la controvertida decisión de favorecer a Velázquez. Los seguidores del “Volcán” decidieron hacerle un desagravio y lo sacaron del ruedo en hombros. La foto en cuestión, tomada por Jenaro Olivares, registra el momento en que el matador de terno ensangrentado es sostenido por un hombre de camisa a cuadros y saco de oficinista. Se trata de Jorge López Yáñez, estudiante de ingeniería a quien apodaban el Vago. Lo interesante es que, mientras el primer espada recibe la ovación del graderío, un chico le roba la cartera al esforzado López Yáñez. Junto a ellos, un policía pone los ojos donde no sucede nada. La imagen de gloria y despojo apareció en la revista Hoy y fue reproducida en Estados Unidos por Life.

Cuando Ochoa la mostró en su popular programa, recibió de inmediato una llamada del torero, que habló de su tarde triunfal. Luego llamó el Vago, a quien la admiración le salió cara, pues perdió en el lance la cartera. No recuerdo si también el policía habló al estudio, aunque lo más posible es que siguiera distraído. Por último, vino una llamada inesperada. El ladrón no resistió las ganas de hacerse presente: aceptar el delito era menos grave que quedar fuera del aire. “Eso es rating”, sonrió Ochoa.

El conocido refrán “una foto dice más que mil palabras” se refuta a sí mismo, pues esa idea sólo puede ser dicha con palabras. Ciertas imágenes deben ser platicadas. La escena taurina captada por Jenaro Olivares condensó una situación de triunfo y ultraje que no podía ser vista en silencio. Muchos años después, todos los participantes hablaron a un programa de televisión para volver a estar dentro de la foto.

El relato de Guillermo Ochoa siguió un orden moral. Primero habló el festejado, luego la víctima y por último el culpable. De los tres testimonios, el más confiable era el del ladrón, pues nadie podía dudar de una sinceridad que lo incriminaba.

La anécdota fue una perfecta descripción del rating, momento de simultaneidad en el que todos quieren estar presentes. Pero también brindó una lección de mayor calado: la memoria importa más que el rating.

La fama televisiva es un fulgor que se desvanece. ¿Qué queda de ese instante del que todos estuvieron pendientes? De no ser por las palabras, se perdería para siempre.
Solo dura lo que se convierte en una historia.

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