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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Los soldaditos de plomo


Para los miembros de mi generación, esa que cruzó la niñez en los años cincuenta del siglo pasado, hay objetos que definen vivamente aquellos tiempos, evocadores de la ciudad, el barrio y el hogar en el que crecimos durante los primeros abriles; demuestra existencia, dentro de esos objetos del ayer: los soldaditos de plomo tienen un lugar privilegiado en nuestros recuerdos. Había en el Pachuca de los años cincuenta, dos o tres sitios donde se hacían estos pequeños juguetes; yo recuerdo solo uno, ubicado cerca de mi colonia, la de las primeras calles de Cuauhtémoc, incrustada muy cerca del mercado Barreteros construido entre las calles, Nicolás Romero y Nicolas Flores —dos ilustres hidalguenses; el primero héroe, de la Reforma y de las luchas contra el invasores francés y el segundo prócer de la Revolución constitucionalista en el Estado—, ambas arterias, invadidas de puestos semifijos establecidos sobre el valladar de polvosos terraplenes, convertidos en verdaderos pantanos en épocas de lluvia.

Precisamente, en lo más empinado de la calle de Romero, a un lado del otrora templo Mercedario del Carmen o Carmelito como se le conocía desde entonces, había una vecindad, a cuyas puertas se tendía en un manteado de lona, el puestecito donde se expendían tiritas de soldados de plomo; la tira de cinco soldados tenía un costo de 25 centavos, aunque podían adquirirse por unidad en cinco los carabineros y en 10 los espadachines, aunque el precio estaba sujeto a regateo.

Había tiras, con soldaditos de carabina al hombro, otras con tiradores de rodilla en tierra, también las había con solo cuatro espadachines y otras más con apuntadores de a pie; las más caras se constituían con tres soldados montados a caballo o bien, las que formaban una hilera de tres cañones, todas estas tenían un costo de 30 centavos y las figuras sueltas de a 15. Para la formación de los bandos que integrarían las infantiles guerras de nuestra niñez, aquellos hombrecitos de plomo eran pintados, unos con casaca roja y pantalón azul y los otros con casaca azul pantalón rojo.

El tamaño de las imágenes era de apenas unos cuatro centímetros de alto, por no mas de uno de ancho y unos tres milímetros de grosor. Recuerdo como si fuera ayer al dueño de la fragua donde se hacían, que era también quien los vendía, un hombre de baja estatura y complexión muy delgada, ataviado invariablemente con un pantalón de mezclilla, con peto alto y una camisa de manga corta sucia y raída, que daba marco a la descuidada barba sin rasurar.

Años después me enteré que el nombre completo de aquel vendedor, fue el de José Asunción Hernández, mejor conocido como don Chon, un antiguo trabajador de los talleres de la Maestranza de Pachuca, donde conoció los secretos para trabajar el plomo. A don Chon, como a muchos otros trabajadores, los perdió su gran afición por el alcohol, adicción que no venció, ni aun cuando fue la causante de su despido de la Compañía de Real del Monte y Pachuca.

Afortunadamente para él, sus hijos le ayudaron a montar su pequeña fragua de plomo, instalada en aquella vecindad de las calles de Romero, donde confeccionaba las tiras de soldados que luego pintaba, hasta que el alcohol se lo permitía, por ahí de la una o dos de la tarde, cuando ya las manos no le obedecían para realizar esta labor. Bebía según se aseguraba, toda la tarde, hasta que se quedaba dormido a eso de las siete u ocho de la noche, despertaba muy temprano, a las seis de la mañana, prendía el horno de su fragua, que dos o tres horas después le permitía empezar a sacar de sus moldes las tiritas de soldados, que se iban apilando en una mesa para después pintarlas.

Cuando acompañaba a mi madre “al mandado” le pedía invariablemente una “pesetita” —moneda de veinticinco centavos— para ir a comprar una y a veces cuando me daba el “tostón” —moneda de 50 centavos— dos tiras de soldados o también cañones y hombres de a caballo; si era muy temprano, había que esperar a que don Chon se dignara a salir con su mercancía muy codiciada entre los “peques”. Me sería imposible decir cuántos soldaditos llegué a tener, pero si puedo recordar que superaron las 200 piezas, que sabe Dios a dónde fueron a parar al cambiar mis aficiones de juego.

Cuando años después, en la década de los sesenta, las calles de los “Nicolases” —Romero y Flores— fueron pavimentadas durante los primeros meses de la alcaldía de don Darío Pérez, los vendedores de los puestos semifijos fueron reubicados, pero para entonces don Chon ya había muerto. Se cuenta que, en una de sus tantas borracheras, despertó sin haberse repuesto del todo y como comía poco y bebía mucho, su cuerpo alcoholizado continuó con los efectos de la bebida del día anterior, de modo que poco después de prender a horno de su pequeña fragua, se quedó dormido y ya por ahí de las ocho de la mañana despertó súbitamente y con un torpe movimiento tiro sobre su cuerpo el plomo ardiente; un grito desgarrador recorrió el vecindario; cuando llegaron a auxiliarlo ya era tarde: las quemaduras en todo su cuerpo le habían ya provocado la muerte. Nadie reclamó el cuerpo, sus hijos ya radicaban en los Estados Unidos, por lo que fue llevado a la fosa común, mientras las ultimas tiras de soldaditos fueron subastadas, según se cuenta, para mandarle comprar una mortaja de tela.

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