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A criterio deColumnasHéctor de Mauleón

Los Sin Nombre – Columna de Héctor de Mauleón


En menos de un mes, en el panteón La Paz, de Saltillo, Coahuila, se recuperaron los esqueletos de 172 personas que en los últimos años fueron inhumadas en las fosas comunes e individuales del cementerio.

Se trata de gente que fue sepultada sin identificar, y a la que se conoce como NN.
NN proviene del latín “Nomen nescio”, que significa “desconozco el nombre”.

NN son los Sin Nombre: víctimas de la violencia que sacude las calles de México. Personas que murieron en enfrentamientos y nadie reclamó jamás. Hombres y mujeres ejecutados y abandonados en calles, carreteras, ranchos, baldíos, brechas y construcciones en obra negra.

Decapitados o embolsados, o víctimas colaterales que nadie reclamó o nadie supo encontrar. Tal vez migrantes cuyo paradero se perdió para siempre en un punto del desierto.

A algunos de esos cuerpos se les practicaron exámenes de ADN, se les extrajeron muestras de sangre o de saliva o de orina. Se analizaron sus cabellos. No se logró, sin embargo, determinar su procedencia.

A otros simplemente los echaron ahí sin ningún registro, o con registros tan deficientes que no hay manera de saber quiénes fueron.

Grace Fernández, del colectivo Buscando Desaparecidos México Búscame, me relata el caso más impactante que ha conocido: la desaparición de Cosme, un joven de Torreón de tan solo 16 años.
Cosme desapareció en mayo de 2011. Fue a trabajar y no regresó. Su madre reportó el hecho ante las autoridades: Cosme llevaba camisa blanca con letras rojas, pantalón de mezclilla negro y tenis blancos.

En el anfiteatro respondieron que tenían el cuerpo de un joven, pero que era de 25 años y llevaba tenis negros. El ministerio público resolvió: “Ese no puede ser”.

Años más tarde, Marcela, la madre de Cosme, que hoy es miembro de uno de los colectivos de búsqueda más comprometidos (Fundeec), halló en una carpeta de investigación las fotos de ese joven de 25 años que “no podía ser” su hijo. Ahí estaba Cosme, asesinado a tiros, con impactos en un ojo, el pómulo y el cuerpo, pero con la misma ropa, la misma barba incipiente, la misma fisonomía que a Marcela le resultaba inconfundible.

No había registro sobre el paradero del cuerpo. Relata Grace Fernández que se alegó que lo habían entregado a la universidad para que se hicieran con él prácticas universitarias, y que luego se le había inhumado en algún lugar del cementerio.

“Para buscarlo, abrieron una fosa común. Donde debía haber 5 cuerpos encontraron 13. Donde debía haber 4 aparecieron 8. Todos, o casi todos, carecían de datos individuales: eran NN. Pero ninguno era Cosme”, relata Grace.

Hace un par de meses el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México reveló en el informe “La crisis forense en México” una realidad espeluznante: en el país se han acumulado, “como piso mínimo”, más de 52 mil personas fallecidas a las que no se ha podido identificar.

Según el informe, 60% ciento yace en fosas comunes en cementerios públicos —y en los que los registros son extremadamente deficientes. Cerca de 13% sigue en los Semefos, en universidades o en centros de resguardo forense: sobre el resto no hay información: “las autoridades no han podido o no han querido informar dónde se encuentran”.

Durante los últimos tres lustros se detonaron en México los homicidios y el ocultamiento de cuerpos en fosas clandestinas. La crisis de violencia rebasó por completo a los servicios forenses, que hoy siguen sin personal capacitado y operan con protocolos precarios y deficientes.

El estudio indica que la crisis en materia de identificación humana se extiende a todos los estados, aunque es particularmente grave en Baja California, Ciudad de México, Edomex, Jalisco, Chihuahua, Tamaulipas y Nuevo León.

La tragedia subterránea de la que habla el cementerio de Saltillo es en realidad la tragedia subterránea del país entero. La tierra de los Sin Nombre.

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