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A criterio deColumnasSalvador García Soto

Los dos Andrés Manuel a dos años de distancia


Como en el cuadro de Frida Kahlo, en el mensaje de ayer del presidente López Obrador, con motivo de sus dos años de gobierno, se pudo ver gráficamente que hay dos versiones del mandatario que hoy gobierna México.

Uno es el Andrés Manuel que ayer habló de amor, de respeto para la oposición, de tolerancia a la crítica y a la disidencia, de que gobierna para todos sin distingo y de que ayuda a todos los ciudadanos sin importar su condición social. Otro es el Andrés Manuel que todas las mañanas discrimina a los que piensan distinto, que atiza el odio y la división entre mexicanos, que desprecia a sus opositores y los descalifica, que ataca y cuestiona a medios críticos y que pregona que él sólo ayudará y salvará de la crisis a los más pobres y no al resto de la población.

Es como, si en un desdoblamiento de personalidad, el presidente que ayer se paró en un pódium en el Patio Central del Palacio Nacional, fuera otro distinto al que todos los días vemos en las mañaneras: menos agresivo, más tolerante, sin tanta bilis ni amargura y más consciente de que este es un país diverso en el que no cabe el pensamiento único al que ayer dijo no aspirar. Como si ayer hubiéramos podido ver a un verdadero presidente y no al propagandista pendenciero y demagogo que todos los días habla en sus conferencias.

Eso sí, entre los dos Andrés Manueles hay algo que no cambia: la soberbia y la grandilocuencia con la que afirma todos los días y ayer también que este país ya cambió sólo porque él así lo dice; que ya somos un país más feliz, donde se cumple la ley, donde hay estado de derecho, paz y tranquilidad para todos, donde el bienestar baña a toda la población con “ayudas mensuales o bimestrales” del gobierno que llegan a un 70% de la población (los más pobres), mientras el otro 30% de los mexicanos (las clases medias y alta) reciben también los beneficios de su gobierno al “poder desarrollarse en paz y trabajar y producir con tranquilidad y seguridad”.

En ese país imaginario que solo existe en la mente de López Obrador y de sus más fieles e incondicionales seguidores, hay un 70% de los mexicanos (casi 90 millones de habitantes) que están contentos con su gobierno y quieren que siga gobernando, mientras el otro 30% de la población nacional (unos 36 millones) no están de acuerdo con su administración y, en la misma lógica presidencial, quisieran que terminara su gobierno. Todo así medido sólo por la palabra del presidente y por sus “otros datos” que son distintos a la mayoría de las encuestas, que hoy lo ubican entre un 45 y un 58% de aprobación popular.

Otra falacia que sólo es realidad en el discurso presidencial, tiene que ver con lo que significa que ayer, 1 de diciembre, a dos años de su toma de protesta, ya quedaron “sentadas las bases de la Cuarta Transformación del país”. Al final el presidente y sus dualidades confirman que aunque se jura distinto, cuando se trata de informar y de decirle a los mexicanos cómo va el país bajo su administración, es muy igual a todos sus antecesores de la era priista y panista.

La imagen y el discurso de ayer en Palacio Nacional, con un presidente que habla de cifras felices, de problemas históricos resueltos y de apoyos mayoritarios en un país imaginario, frente a un grupo de colaboradores e invitados que lo aplauden a rabiar, son un claro resumen de lo que han sido estos años de gobierno: una narrativa falaz y triunfalista de una transformación que en la mente del Presidente y de las nuevas élites gobernantes se ve como una gesta heroica, histórica y un cambio verdadero, pero en la realidad y en el día a día de los mexicanos se ve aún amorfa, difusa, destructiva y con un rumbo preocupante… Los dados mandan Serpiente Doble. Mal tiro.

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