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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Los domingos del Pachuca de ayer


Seguramente algunos lectores recordarán cómo eran los domingos en el Pachuca de mediados del siglo pasado, cuyo recuerdo traerá remembranzas llenas de nostalgia de aquellos especiales días, cuando nuestra ciudad pasaba con dificultad los 60 mil habitantes y sus fronteras por el sur llegaban hasta el monumento de los Insurgentes —frente a la Preparatoria 1— por el poniente hasta la hoy glorieta del Seguro Social y el caserío en el cerro de las Coronas se prolongaba no más arriba de la cruz de los ciegos, en tanto que al oriente la frontera era el cerro del Cuxi —conocido como del asta-bandera— mientras que al norte todo acababa en la hacienda de Loreto.

Era un ciudad más pequeña, pero con más sabor provinciano; no obstante, su cercanía con la Ciudad de México. Por aquellos años no había equipo de futbol profesional ni de ningún otro deporte, aunque existían ligas y torneos locales poco atractivos para el gran público; si se consultaran las publicaciones periodísticas de aquellos años, encontraríamos que las noticias locales, nacionales e internacionales de importancia tenían cabida en una sola sección, salvo en casos muy especiales, como la gran inundación o los accidentes ocurridos en las minas de la comarca, que merecían ediciones especiales, anunciadas como la Extra, que era cantada por los voceadores en las calles.

Lo mismo sucedía en la única estación de radio que existía en Pachuca, establecida primero en los altos del Portal de la Constitución y después en el triangulito que forman las hoy calles de Jiménez y Rosales, cuyo noticiero de las 8 de la mañana difundía, con la varonil voz de don Emiliano Luna Gayo, las pocas noticias que se generaban en la ciudad, regularmente pleitos de vecindad, robos menores y, desde luego, escándalos provocados por borrachines de baja estofa

Sin embargo, la sección más consultada en los periódicos y escuchada en la XEPK los fines de semana —sobre todo el domingo— era la que proporcionaba información de la cartelera de nuestros únicos tres cinematógrafos: El Reforma, ubicado en el edificio de su nombre al sur de la plaza Independencia, especializado en proyectar los grandes estrenos nacionales o extranjeros; El Iracheta, sito en la esquina de las calles de Guerrero y el actual callejón de Juan C. Doria, dedicado a la exhibición de películas extranjeras, sobre todo hollywoodenses, y finalmente Alameda, establecido en la esquina de Bravo y Guerrero, donde se presentaban los más afamados filmes nacionales. El cine era prácticamente la única, o al menos la más importante, diversión en aquellos años.

Debe recordarse que las tres salas alquilaban un auto-parlante que recorría las principales calles de la ciudad, anunciando la cartelera de la semana, ello, amén de repartir pequeños volantes de color naranja, en los que se difundía la cartelera del día con sus respectivos precios y se informaba de proyecciones y estrenos futuros.

Finalmente, en algunos casos especiales, se anunciaban funciones de gala en las carteleras públicas que había por toda la ciudad.

El domingo todo empezaba muy temprano, primero con el cumplimiento de los deberes religiosos en cualquiera de los templos que de diferentes religiones; había en Pachuca, a saber, católicos, metodistas, pentecostales y otras. Luego se desayunaba en casa, regularmente tamales de hoja de maíz, sin descartar a los llamados encuerados, que se saboreaban tras ser freídos en manteca de cerdo.

Había también la posibilidad de ir a cualquiera de los desayunadores que había en el centro de la ciudad o bien a los puestos de barbacoa establecidos en los mercados, Primero de Mayo, Benito Juárez (hoy Hidalgo) y Barreteros, donde también podían saborearse los exquisitos caldos de panza de La Guerra.

A media mañana se instrumentaba un buen paseo por el parque Hidalgo, donde mientras los mayores leían el periódico y discutían a que cine se asistiría, los peques dábamos vueltas y vueltas en una bicicleta alquilada con don Homero. Por ahí de las 2 de la tarde, las familias se retiraban a comer, ya en casa, o bien en restaurantes como el Casino Español, La Blanca o El Huasteco, todos ubicados cerca de los cines, a fin de llegar a la taquilla del cine elegido con la debida anticipación.

No recuerdo abarrotamientos, aunque sí largas filas evacuadas sin problemas antes de las 4 de la tarde, hora de inicio de la función. Al cine se acudía debidamente ataviado, pues era para mujeres y hombres un verdadero escaparate social, inclusive en la sección de sociales de diversos periódicos se encargaba de exhibir amplias reseñas de lo sucedido los domingos en salas cinematográficas.

La función cinematográfica se integraba con dos películas: la segunda de estreno y la primera de relleno; en el intermedio, la dulcería de cada sala se abarrotaba de espectadores que asistían a comprar pastes, sándwiches, tortas, perros calientes y vasos de refresco bien frío.

Tanto la función de los cines como la de la lucha libre —de la que hablaremos en otra entrega— culminaba alrededor de las 8 de la noche, hora en la que cinéfilos y aficionados a las luchas pasaban ya a comprar algún antojito en las taquerías La Feria, El Cochinito, El Farolito o bien a adquirir quesadillas, tamales, chalupas o las famosas tulancingueñas de El Rinconcito para terminar con una buena cena en casa. Así eran los domingos en el Pachuca, donde mi generación nació y creció, hace ya medio siglo. La fotografía que ilustra esta entrega corresponde a la pachuqueña sala del cine Iracheta, captada en 1931.

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