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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Las tres fuentes


La falta de agua potable ha sido en Pachuca la mayor preocupación a lo largo de los que pronto serán 500 de años de su existencia como fundación hispana. Cinco siglos que registran múltiples esfuerzos para introducir el preciado líquido a la zona urbana, uno de ellos, posiblemente el primero, fue la construcción de un acueducto financiado por los frailes franciscanos del colegio pachuqueño, cuyas obras dieron inicio a finales del siglo XVII, con el que lograron traer agua de los manantiales del Chico hasta sus instalaciones; hecho que motivó continuos pleitos judiciales entre religiosos y habitantes de Pachuca, que concluyeron con el triunfo de estos últimos, ya bien entrado el siglo XVIII, gracias a lo cual se pudo concretar la alimentación de diversas fuentes públicas.

Independientemente del acueducto franciscano y de la red de distribución que se tendió con sus ductos, la traza citadina registró de manera paralela la operación de pozos poco profundos que permitieron el abastecimiento de otras fuentes, famosas porque hasta ellas llegaban las amas de casa para abastecerse del íquido y en las que era común observar enormes filas de vecinos, armados de botes, ollas y otros utensilios, para transportar el agua a sus hogares.

Sobre la construcción de las primeras fuentes públicas existe una curiosa leyenda, recogida por el escritor pachuqueño Miguel A. Hidalgo, que consignamos enseguida.

“En 1720, fue un año de gran sequía, dice nuestro cronista, ya estaba muy avanzado el año y ni una gota de agua había caído de las nubes.

Los depósitos que los indígenas practicaban en el suelo, especie de pozos de unos cuantos pies de profundidad, y donde acaparaban el agua llovediza, se habían secado y grandes caravanas hacían grandes travesías para ir a buscar en sitios lejanos, el preciado líquido.

La situación en tales circunstancias se hacía imposible. Fue entonces que los religiosos franciscanos establecidos en este lugar decidieron organizar procesiones y rogativas, demandando del creador sus mercedes para no morir de sed.

En uno de aquellos días se organizaron tres procesiones, que partiendo de la Plaza Principal, tomarían tres rumbos distintos, hasta llegar a los lugares en que previamente se habían levantado altares, en los que se celebraría el santo sacrificio de la misa.

De estos tres altares, uno fue levantado en el lugar que ahora ocupa la torre de la Independencia; otro, en la hoy esquina de Morelos y Mina, y el último en la plazoleta donde desembocan las calles de Tres Guerras y callejón del Mosco.

A las nueve de la mañana del 10 de noviembre, el pueblo estaba reunido en la plaza con los nobles y los religiosos y después de algunos cánticos y plegarias, se dividieron en tres columnas que tomaron sus rumbos respectivos.

Llegados a sus correspondientes altares, todos se postraron de rodillas para asistir a la misa, elevándose de todos aquellos pechos contritos las oraciones más fervientes. Y en el momento en que los sacerdotes elevaban sus hostias, el cielo se cubrió de nubes y pocos minutos después, la lluvia empezó a caer y caer, y de todas las almas se elevó un cántico sublime de gratitud al dios de lo creado.

En los lugares en donde fueron celebradas aquellas misas memoriales, el pueblo construyó tres fuentes para depósitos de agua, las que después recibieron los nombres de San Miguel, de los Limones y de las Tres Coronas, sin que se sepa el porque de estos extraños nombres”. Hasta aquí la narración del poeta Miguel A. Hidalgo.

Hoy sabemos que la fuente de Las Tres Coronas recibió este nombre por ubicarse en las faldas del cerro delas Coronas, la que se secó poco tiempo, después debido a que el conducto que la abastecía, era a menudo cortado por los vecinos de las zonas altas, lo que obligó a la autoridad realizar continuos trabajos para su reparación y reacondicionamiento, hasta que la desidia y el abandono dieron al traste con aquella fuente que dio así nombre a un populoso barrio, el de la Fuente Seca denominación que aún conserva.

La otra fuente llamada de los Limones fue segada por la traza urbana en la primera mitad del siglo XIX, pues en el Mapa de Pachuca de 1746, aparece, en el sitio señalado por la leyenda, en tanto que en el plano de 1864 había desaparecido ya. Finalmente, la de San Miguel”, fue reinaugurada en 1857, como lo afirma Ramón Almaraz en las Memorias de la Comisión Científica de Pachuca trabajo que da noticia de la apertura de otras dos construidas en 1861, la primera en la Plazuela del Colegio —de San Francisco— ubicada en el actual jardín Colón y la segunda en la plaza de la Veracruz, hoy “General Pedro María Anaya”, frente al edificio de la Presidencia Municipal, todas agregadas a la que existían desde el siglo XVI en la Plaza Real —hoy de la Constitución— segada al inaugurarse el Monumento al Padre Hidalgo en 1888, fue esta, la ultima la más importante, por el gran caudal que brotaba de ella, además de haber sido la primera en el viejo asiento urbano pachuqueño.

Una bellísima acuarela, lograda un 19 de junio, tal vez del año 1847 —la más antigua imagen que se conoce de Pachuca— captó a la fuente de la ya para entonces plaza de la Constitución, en la que puede verse a un nutrido número de mujeres intentando llenar sus cántaros, mientras el bullicio de la plaza llena de puestos semifijos, define la gran actividad del Pachuca de entonces.

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