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A criterio deBertha AlfaroColumnas

La misma gata, pero revolcada


Cuando Armando se subió a uno de los taxis que están estrenando nueva imagen, o cuando menos eso pretenden, nunca pensó que sería víctima de un robo en despoblado.

Para empezar, eso de la nueva imagen de nueva tiene muy poco y solo se concreta en cambiarle la cromática con líneas entre amarillas y doradas y otras de color café o negro, pero el cambio solo se limita a eso, a los colores de los vehículos, pero a la hora de abordarlos la situación resulta ser la misma.

Me cae que alguien está engañando al secretario de Movilidad o al Gobernador, por que eso de nuevos, nuevos, está por verse.

Para empezar, como diría un amigo, son la misma gata, pero revolcada.

En el fondo es una cara lavada, pero con el culito apestoso.

Salvo algunos que le invirtieron una buena lana en mejorar su taxi con vestiduras no nuevas, pero retapizadas, que no se le salgan los resortes y estén más limpias, mecánicamente en mejores condiciones e incluso hubo dueños de la concesión que invirtieron para adquirir un auto de reciente modelo.

Fuera de eso, una mayoría importante continua con los mismos vicios.

Sucios, con asientos que son una tortura, sin cinturones de seguridad y con dueños que no han entendido que tener un transporte público de calidad, es una carta de presentación de la ciudad.

Hace algún tiempo una estudiante de intercambio tuvo la osadía de subirse a un taxi y como su apariencia europea no dejaba duda de que era una joven extranjera, lo aprovechó el taxista para quererle ver la cara y sacar una lana más. Por hacer un traslado del centro de la ciudad a la Casa de la tercera edad, el fulano en turno le cobró ¡ 250 pesos! o sea que se pasó de lanza este cabrón y le chingó su lana, nada más por el simple hecho de no ser hidalguense. ¿Sabe usted cuando se quiso volver a subir a un taxi la estudiante? Nunca.

¿Y cómo cree usted que quedó la reputación de los encargados del transporte en la capital? De la chingada.

Imagínese que eso hubiera ocurrido ahora que ya les cambiaron la cara a los taxis, de plano se la dejan caer con un quinientón.

Hace unos días, ya con estos nuevos vehículos de colores linditos, un joven preguntó cuanto le cobraban por llevarlo de la Colonia del Issste a Plaza Explanada y el taxista le dijo que 90 pesos, por lo que decidió no abordarlo. Minutos después le hizo la parada a un taxi de los que aún no cambian sus colores y le respondió que eran 50 pesos por la dejada.

¿O sea que, por el simple hecho de haber cambiado los colores de un taxi, que ni era nuevo y mucho menos había mejorado su apariencia interna, la tarifa se modificó sustancialmente? Esta bien que chinguen, pero que a su madre respeten.

Todos entendemos que hay que modernizarse, y que, como dijera un político que aspira alto, ya no somos un rancho.

El transporte público debe ser moderno, eficiente, limpio, con una nueva actitud, más positiva y con ganas de crecer.

Para ello es necesario no solo cambiar la cromática. El cambio debe ser más profundo.

Antes de la pandemia, la situación de los taxis era complicada y esta se agravó con el confinamiento, pero eso no significa que no mejore.

Ya se dio un gran paso, la aplicación para garantizar la seguridad del usuario del transporte público es un ejemplo de la incorporación a la era digital.

Pero no nos hagamos pendejos, hay que cambiar la mentalidad de los dueños de las concesiones y que no vean solo para su santo, aunque eso va a estar bien cabrón.

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