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A criterio deColumnasMarco Moreno

La educación que nos falta: educación ambiental


Cuando hablamos de medio ambiente siempre lo hacemos abordando los problemas a los que nos enfrentamos, las circunstancias que nos permitieron llegar a ese lamentable estado de cosas en el que nos encontramos.

Hidalgo es una muestra palpable de esa realidad, en la que las acciones educativas ambientales no coinciden, por más que se busca, con la realidad de la que tratan de ser parte. Una práctica en la cual el proceso educativo se encuentra desarticulado de la realidad ambiental en que se desarrolla.

Una cosa es hablar de la educación ambiental en gestión de residuos y otra diferente es hablar de educación es gestión de residuos en Hidalgo. La primera es subjetiva, diseñada para mostrar cómo se gestionan los residuos con énfasis en sustentabilidad y la segunda, para mostrar los problemas de una realidad inmediata que debe transformarse de manera profunda para alcanzar los mínimos exigibles dentro de la normatividad ambiental. La segunda es ideal y por ello inútil y la otra, constructora de oportunidades en la gestión de los residuos, sean cuales sean estos.

Una de las grandes ausencias es la educación ambiental, no hay un plan real que muestre, que oriente las grandes acciones que deben desarrollarse en el estado. Repetitivo, sí, pero real. Sin embargo, lo más trascendental en este proceso es: ¿Cómo construir un proceso educativo que implique a la sociedad entera? Más allá de lo que se hace en las organizaciones de la sociedad civil. Más, mucho más allá de esos esfuerzos que, aun cuando de manera aislada, se realizan con esfuerzo.

De hecho, ¿cómo construir un proceso en el que se pueda integrar cada uno de esas acciones y vincularlos a una política pública educativa en materia ambiental?

Aún más, ¿cómo discutir, y con quién, una política educativa ambiental en Hidalgo? Hay algunas instituciones del Ejecutivo estatal, con las cuales es posible llevar a cabo esta discusión; sin embargo, cada una de ellas ha desperdiciado la oportunidad de encauzar la discusión y avanzar en el sentido correcto.

Una discusión, en la que, al no haber coordinación institucional, no puede haber transversalidad social, apenas los mínimos guiños, marcados más por los intereses de cada institución, que por las necesidades de la sociedad. Recurriendo, para ello, a la identificación de necesidades sentidas, pero jamás analizando las necesidades reales al lado de la comunidad.

La educación ambiental, necesariamente, reclama la gobernanza ambiental poder enlazar de manera estratégica estas acciones, se traduce en política pública. Parece sencillo, sin embargo, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de Hidalgo (Semarnath) no ha podido lograr entenderla del todo.

Y no lo ha hecho, porque aún no contamos con un programa estatal de educación ambiental.

La educación ambiental se ha mantenido sujeta al marco normativo y se ha entrado su aplicación a este, aun cuando el marco normativo, no logra interpretar en su total magnitud el concepto de educación ambiental, lo deja inconcluso, en ocasiones sin avances significativos en torno a la forma en que se debe abordar.

Por otro lado, la discusión, el análisis de la educación ambiental se da en los espacios sociales organizados y se da en función de las propias actividades de las organizaciones, pero no en las instituciones lo que permite desperdiciar un gran número de oportunidades en torno a los abordajes de la educación ambiental y a mecanismos de inclusión que den resultados reales y medibles.

No solo en cuanto a programas cumplidos, sino, y sobre todo, en logros e impactos positivos en la reducción de contaminación y devastación.

La educación ambiental, al proponer modificar las aptitudes y actitudes de las personas en la forma en que se relacionan con su medio y con los demás seres humanos, debe no ser solo un montón de información transmitida hacia las personas, sino experiencias de aprendizaje en las que el educador o activista es el que aprende al lado de las personas.

Pero, además, no solo las personas deben ser el objetivo de la educación ambiental, también las instituciones y las empresas, porque al hacerlo se impulsará una ruptura entre responsabilidad social y responsabilidad ambiental empresarial.

Necesitamos, reconceptualizar la educación ambiental, discutirla en cuanto a su propósito y sus objetivos, su desarrollo en función de las características económicas, sociales, culturales y fisiográficas de las regiones en las que se va a promover.

La educación ambiental no puede, no debe ser estandarizada. La educación ambiental no es una propuesta de las instituciones y/o organizaciones, es resultado de una realidad ambiental concreta que debe consolidarse o modificarse, y en un estado como el de Hidalgo, el reto es magnífico.

Más allá de filias y fobias, en medio ambiente, se trata de la vida. De permanencia de ecosistemas y especies, de manejo equilibrado de los recursos naturales en el sistema económico y del derecho humano a un ambiente libre de contaminación y devastación.

Sin inclusión, el trabajo de educación ambiental se encuentra incompleto, pero la inclusión debe ser tal que no deje en duda un hecho fundamental; no somos los humanos la especie más importante del ecosistema planetario. Debemos de ser capaces de reconocernos como integrantes de ese gran ecosistema para poder incidir en su restauración y conservación.

La educación ambiental, por ello, no es la panacea de los problemas ambientales, pero es el inicio de un dialogo en el que reconocemos nuestra interdependencia con las demás especies del planeta. Ese sería un gran paso en el sentido correcto.

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