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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

La cascada de Regla descrita en 1844


Originario de Dijon, Francia donde nació entre 1805 y 1808, Mathieu Fossey, llegó a México a finales 1830, tras la caída de Carlos X el último rey Borbón de Francia. Su arribo a nuestro país, se debió como el mismo lo confesaría, a la convocatoria de Laisiné de Villevêque, quien invitaba a establecer una colonia francesa en Coatzacoalcos Veracruz. Lleno de ilusiones, llegó al istmo de Tehuantepec, de donde se trasladó a Alvarado y más tarde sucesivamente a Oaxaca, Guanajuato y finalmente a la ciudad de México.

En 1841, regresó a Francia, pero sólo por dos años, pues para 1843 de nueva cuenta volvió para instalarse en la ciudad de México. A su regreso Fossey, decidió incursionar en el género de las descripciones geográficas que tanto éxito alcanzaron en el siglo diecinueve, fue en la segunda mitad del año de 1844, cuando entregó los primeros capítulos de su libro “Viage a Méjico” (sic) que se publicaría a principios del año siguiente, en ese título, reunió sus personales impresiones viaje a distintos puntos del centro del país entre ellos a Huasca, Real del Monte y Pachuca, sitios ubicados en el hoy Estado de Hidalgo.

Tal vez lo que mayor impresión causó a Fossey de estos lugares, fue la cascada de Santa María Regla, maravilla natural que fue aprovechada por el primer Conde de Regla, al construir la Hacienda de ese nombre, hacia la segunda mitad del siglo dieciocho, que permitió al propietario de la hacienda, obtener la fuerza necesaria para mover molinos de trituración, rastras y lavado en el beneficio de los metales extraídos de sus minas en Pachuca, pero sobre todo en las de Real del Monte, fue en esta hacienda, donde Romero de Terreros inició por cierto la operación del llamado sistema de “patio cerrado” que aplicaba la amalgamación en los subterráneos de esta hacienda, descrita por Fossey de la siguiente manera:

“……Se halla la Hacienda de Regla en una de las situaciones más pintorescas que hasta ahora he encontrado en Méjico, estando colocada en una garganta estrechada entre dos cuestas perpendiculares, sostenidas por columnas de basalto de mucha regularidad. Sigue la cañada más y más angosta hasta encontrarse las dos columnas formando media elipse. En este sitio se ofrece al espectador asombrado una vista enteramente nueva: imagínese una serie de columnas prismáticas de sesenta á setenta pies de altura, todas de igual grueso y perfectamente ordenadas en forma de anfiteatro, sesgado en el centro para dar paso a un arroyo que cae en cascadas, y cuyas aguas, pasando entre las columnas medio separadas, forman mil resaltos en donde vienen á reflejarse los rayos del sol.

Ciertamente será este monumento de basalto uno de los más elevados del mundo sobre el nivel del mar, al que se encuentra en la cordillera como prueba viviente de las grandes revoluciones terrestres. No puede menos de extrañar que tan poco se haya mentado esta espléndida producción geognóstica, que puede sin embargo competir con lo más curioso conocido en este género. Si es así que la calzada de los gigantes presenta masas de basalto y grupos de columnas de un aspecto muy imponente; ofrece incontestablemente la cascada de Regla una vista más graciosa, pareciéndose á un monumento árabe de la edad media, ya en ruina, es verdad, pero abundante en recuerdos y aun todavía en esplendor.

Prolongándose la cañada tres leguas más lejos hasta la barranca grande, que también se dice adornada de magnificas columnas de basalto, las que presentan, según refieren, un fenómeno bastante curioso, y es que están cortadas horizontalmente en varias partes de su longitud por capas de barro bastante espesas, lo cual indicaría diversas formaciones.

Las columnas basalto son verdaderas cristalizaciones, afectando formas prismáticas y naturalmente cortadas por secciones perpendiculares á su eje. Su exterior es blanquizco, y la superficie de cada sección de un color ceniciento con una mancha amarillenta hacia el centro.

La Hacienda de Regla es propiedad del tercer Conde del mismo nombre, que, con sus principales minas del Real del Monte, la ha arrendado a una compañía inglesa por 16,000 pesos anuales. Esta hacienda es únicamente de beneficio, sin ninguna especie de cultivo, constando solo de un vasto establecimiento a donde se lleva el mineral al salir de la mina, para sacar la plata que contiene”.

José María Iturriaga, investigador dedicado por entero a rescatar impresiones de viajeros extranjeros en México, señala que es esta una de las más bellas descripciones que se conoce de la cascada de Regla, objeto de decenas de artículos y crónicas, en aquella y en otras épocas, pues se trata de una verdadera maravilla natural, aprovechada admirablemente tanto por su belleza como por el gran servicio que prestaron las fuertes corrientes de agua precipitadas a través de su caída, con la que pudieron moverse las rastras que revolvían las tortas de minerales para lograr su amalgama con el mercurio.

Pero Fossey, conoció aquel México del siglo diecinueve, no solo como viajero, ya que, a su regreso en 1843, ejerció el magisterio no solo frente grupos sino como funcionario en diversas dependencias escolares e impulsó la creación de escuelas normales en lugares como Guanajuato. Murió en 1870, después publicar al menos una decena de libros, el más conocido y deliciosos de todos fue el ya referido “Viage a Méjico”(sic) que ha sido publicado por distintas editoriales mexicanas y francesas.

La imagen que ilustra este articulo corresponde a un dibujo de la cascada de Regla realizado en 1803 por el Barón Alejandro de Humboldt.

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