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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Hidalgo, el controvertido nacimiento de un estado


Este próximo sábado 16 de enero, se cumplirán 153 años de la creación del estado de Hidalgo, contados a partir de 1869. La fecha, dará materia para que los historiadores hidalguenses resalten aquella gesta liberal y los investigadores mexiquenses, la refieran como el gran despojo de que fue objeto su entidad. Los primeros ponderarán la decisión del presidente Juárez, al erigir a Hidalgo como estado de la Federación, en tanto que los segundos, se referían a las enormes presiones de un grupo oligárquico de ricos hacendados, comerciantes y sobre todo mineros, que lograron manipular a la entonces clase gobernante del país —integrada por los mejores liberales— a efecto de crear una entidad que resultara afín a sus intereses particulares.

Ambas alusiones resultan interesantes y desde luego fundadas, pues si bien es cierto, que la creación de la entidad hidalguense se debió a una acertada decisión republicana y federalista del presidente Juárez, no debe soslayarse la decidida participación de personajes como: Manuel Fernando Soto, representante de los ricos industriales y comerciantes de la región Tulancingo; de los hermanos Antonino, y Protasio Tagle, propietarios de extensas haciendas agrícolas —sobre todo pulqueras— en las zonas de Zempoala, Tepeapulco y Apan; del ingeniero Gabriel Mancera, uno de los más ricos inversionistas del país en aquella época; de José Luis Revilla, dueño de fundos mineros en la comarca Pachuca-Real del Monte y, de los representantes de otras importantes empresas mineras, como Manuel T. Andrade, Cipriano Robert y Justino Fernández, quienes como diputados impulsaron la creación de la nueva entidad, que desde luego quedó en sus manos durante los primeros años de su existencia.

En este contexto de ideas, para valorar la decisión de crear al estado de Hidalgo, resulta importante entender el panorama, social, político y económico de aquellos años, dentro de un México convulso, que vivía en constante zozobra desde su nacimiento como país soberano; en efecto, las luchas entre federalistas y republicanos primero y, entre conservadores y liberales después, había ocasionado cruentas y continuas luchas intestinas, en las que los años de paz, podían contarse con los dedos de una sola mano. Pueblos, comunidades y aún ciudades de importancia, eran víctimas de innumerables atropellos, por parte de gavillas, unas integrantes de grupos que enarbolaban ideales reivindicatorios —comunistas o agraristas— otras integradas por las facciones políticas en pugna. El caso es, que ambos grupos, aprovechaban la situación, para consumar robos y saqueos a comunidades rurales y haciendas, ya para enriquecer a sus caudillos ya para encontrar el sustento necesario y sobrevivir en aquel “México bronco”.

Como herencia de la dominación hispana, el nuevo país heredó entre otras cosas, la división política de su territorio procedente de aquel periodo, que arrojó enormes extensiones, como la del Estado de México, que en 1821 contaba con 122 mil 905 kms2, al abarcar una gran faja de la porción central de la Nación, desde las costas del océano Pacifico, hasta los límites con Veracruz, a unos cuantos kilómetros de la costa del golfo de México.

La Constitución de 4 de octubre de 1824, segregó de aquella enorme extensión del Estado de México, 11 mil 905 kms2, con los que se integró el Estado de Querétaro. Por espacio de 28 años, el territorio de la entidad mexiquense se mantuvo con 111 mil 456 kms2, hasta el 15 de mayo de 1849, cuando se decretó la creación del estado de Guerrero, que segregó 64 mil 281 kms2 con lo que el Estado de México redujo su extensión a 47 mil 175 Kms2.

En tal circunstancia permaneció el mapa político de la republica durante los siguientes 20 años, en los que se sucedieron acontecimientos como: el triunfo de la Revolución de Ayutla, que arrojó definitivamente de la política a Antonio López de Santa Ana; la Guerra de Reforma, que repuso la política liberal en el país y: finalmente la Intervención Francesa y el Imperio, experimento que terminó definitivamente en 1867.

Para entonces en la entidad mexiquense las condiciones, eran realmente difíciles, Toluca, era una lejana capital, por ubicarse en uno de los extremos de aquel vasto estado, lo que propiciaba desatención a ciudades, pueblos y rancherías del norte, a lo que se sumó la falta de caminos, con el consecuente aislamiento de las regiones que quedaron a merced de cacicazgos locales y del constante asedio por parte de grupos de bandoleros.

Finalmente, las constantes alzas en contribuciones tanto económicas como personales, impuestas a las comunidades indígenas, propiciaron levantamientos de protesta que en muchos casos derivaron en cruentas luchas; así, entre 1849 y 1869, se registró una decena de movimientos armados, en las zonas de Tulancingo, la Sierra, la Huasteca y el Valle del Mezquital, situación que continuó después de las luchas de Reforma, a través de las guerrillas populares, sostenidas contra intervencionistas e imperialistas, situación que sumió a la región norteña del Estado de México, en el mayor clima de inseguridad de su historia.

Las anteriores consideraciones propiciarían que en enero de 1868 se retomara la idea de segregar a todos los territorios norteños del Estado de México, para integrar a partir del 16 de enero de 1869, a una nueva entidad federativa, erigida bajo el nombre de Hidalgo —en honor al Padre de la Patria— y meses después a la región azucarera para crear al Estado de Morelos. El grafico que ilustra esta publicación corresponde al primer mapa de la entidad levantado por el Ing. Ramón Almaraz en 1869.

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