Hablando de Tragedias- Columna de Juan Manuel Menes Llaguno

Hablando de Tragedias%%sep%% Columna de Juan Manuel Menes Llaguno

Hablando de Tragedias

El próximo miércoles 24 de este mes se cumplirán 71 años de una de las más letales tragedias que ha enlutado a la ciudad de Pachuca. Aquel viernes, Día de San Juan, por cierto, ajenos a toda fatalidad, los habitantes de esta ciudad se aprestaban a iniciar un esperado fin de semana más, en tanto que por ahí de las 4 y media de la tarde el cielo se ensombreció, con negras nubes, sobre todo en la zona norte, detrás de los cerros de San Cristóbal y La Magdalena, pero junio, siempre ha sido un mes de lluvias de modo que aquel panorama no extrañó a nadie.

Al frisar las cinco de la tarde, algunas gotas de lluvia mojaron el pavimento y las banquetas de aquella ciudad minera, que por ser viernes acusaba ya la llegada de diversos marchantes a las tiendas del centro de la ciudad –calles de Guerrero, Doria Allende, Matamoros, Zaragoza Hidalgo y Morelos– a las puertas de la escuela Julián Villagrán, empezaron a llegar los padres de familia, en espera de sus hijos –que entonces tenían horario de mañana y tarde– que saldrían presurosos en pos de la anhelada libertad del fin de semana, a uno de ellos le entrevisté hace algún tiempo en un programa de televisión, se trata del hoy próspero comerciante Armando Kanan Huebe, quien recuerda que aquel día había sido invitado a una fiesta que celebraría el santo de su compañero Juan Galván. Antes de salir “nos pusimos de acuerdo en el sitio y la hora en que comenzaría el festejo” su casa recuerda, “quedaba muy cerca de la mía, pues como otros compañeros más de la Villagrán, vivíamos en el primer cuadro de aquel Pachuca, más reducido en el número de habitantes y en la extensión de la zona urbana”.

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“Llovía sí” afirma, “pero nada fuera de lo normal y como todos los demás niños, a las cinco de la tarde salimos corriendo por la calle de Julián Villagrán y luego doblamos frente a la iglesia de la Asunción para tomar la calle de Hidalgo y guarecernos en los portales, para entonces habían transcurrido unos cuantos minutos después de las cinco de la tarde tal vez 10 o 15 minutos cuando mucho, yo me adelante para cambiarme, vivía en la acera oriente de la primera calle de Hidalgo, como la lluvia había arreciado, espere unos segundo en el portal, pero como mi deseo era llegar cuanto antes a la fiesta, decidí desafiar a la lluvia y corrí hasta casi llegar a la altura de mi casa que estaba en la frontal, “corría” continúa, “pero de repente, escuché detrás de mí un gran estruendo, que me alarmó pero no volteé para ver de qué se trataba; solo me acuerdo, que en ese momento una mano me atrajo a través de la puerta de una cortina metálica, al interior de un comercio que estaba por abrir, luego escuché estruendo del torrente que pegaba con furia contra la cortina y alcancé a oír los gritos ahogados de quienes eran arrastrados por la caudalosa corriente de agua, lodo, troncos y multitud de objetos, que la furia del agua arrastraba” cuando Armando Kanan, recuerda aquellos hechos, un nudo en su garganta hace que broten algunas lágrimas y la voz se le quiebre en una mezcla de nostalgia y tristeza, por aquellos seres que perdieron la vida aquella tarde, muchos desconocidos y otros cercanos a él, como el propio  Juan Galván, que no llegó a su casa a celebrar su santo.

Lo que sucedió la tarde de aquel fatídico viernes 24 de junio de 1949, quedó registrado en los anales de la historia pachuqueña, como una de las fechas más negras de su pasado. Las defunciones alcanzaron según los datos del registro civil 67 muertos, pero a ellos deben agregarse al menos media centena más de desaparecidos, ¿cuáles fueron las causas de esa tragedia?, dos fundamentalmente: La primera fue en efecto una tromba que cayó al norte de la ciudad, formando de inmediato un enorme caudal de agua lodosa, que encontró cauce en el Río de las Avenidas; la segunda fue propiciada por la negligencia de los locatarios del entonces mercado Benito Juárez –hoy Miguel Hidalgo– que utilizaban las atarjeas de su interior como un auténtico basurero, en el que tiraban todos los desechos de sus mercancías, que al caer a un río de pobre caudal se fueron acumulando hasta obstruir gran parte de su cauce, que terminó convirtiéndose en un verdadera dique, en el que se estrellaron las aguas lodosas y todo los objetos que arrastraban. Buscó la corriente un sitio para continuar su loca carrera y lo hizo derribando la barda de la inspección de policía –entonces ubicada en la primera calle de –Venustiano Carranza– y la otra en la llamada Cuchilla frente a la calle de Allende, aunque los mayores estragos se causaron en la calle de Hidalgo, que fue entonces el cauce de las aguas.

La corriente arrasó primero a una veintena puestos semifijos, colocados en los vanos del Portal Constitución, luego se metió al interior de los comercios, tiro mostradores arrastro mercancías –zapatos, sombreros, ropa, enseres domésticos, etcétera– pero lo más doloroso fueron las personas que indefensas ante la ferocidad de la corriente poco pudieron hacer para salvar su vidas, Se consumó así aquella tragedia que enlutó a ciertos de hogares pachuqueños y quedo inscrita en los anales de la historia y en un momento que el periódico Excélsior, levantó en la “Cuchilla”  y que autoridad derribó de manera subrepticia en los año 80s.

La fotografía que ilustra este artículo fue tomada poco después de las cinco de la tarde del 24 de junio de 1949

Juan Manuel  Menes Llaguno

Columnas de Criterio 

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