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A criterio deColumnasHéctor de Mauleón

Gracias, doctor Gatell


Le llevaron un mariachi. Le cantaron Las golondrinas. Le regalaron flores blancas y un pastel.

Le gritaban “¡Gracias! ¡Gracias!” a las puertas del Palacio Nacional. Había concluido la última de sus conferencias diarias sobre la evolución de la pandemia de Covid-19 en México.

Las fotos lo muestran feliz, lloroso, emocionado. El mariachi cantaba El Rey. Su club de fans, el Grupo de Apoyo Doctor López Gatell, lo ovacionaba.

En las redes, los defensores agradecían su “ejemplar muestra de profesionalismo”: reconocían la “seriedad” y el “respeto” con que se condujo a lo largo de 451 conferencias.

En ese momento recordé la tarde de diciembre en que, alertado por un amigo, manejé hasta la entrada del Hospital 20 de Noviembre, al sur de la ciudad de México, y encontré un cuadro que no podré olvidar jamás.

Había gente agolpada frente al hospital, llorando, gritando, esperando.

Gente sentada en sillas, y conectada a un tanque de oxígeno, que buscaba desesperadamente una cama, un ventilador.

Recordé otra tarde en la que encontré una hilera de gente que llevaba horas haciendo fila, en una calle de la colonia Escandón, para poder recargar sus tanques de oxígeno.

En esos días, Hugo López Gatell había manipulado las cifras del semáforo de riesgo epidémico para evitar que la Ciudad de México pasara a semáforo rojo durante las primeras semanas de diciembre. ¿Lo recuerdan? En un oficio dirigido a Claudia Sheinbaum, Gatell había reportado que el porcentaje de camas con ventilador disponibles era de 45%, y que el porcentaje semanal de positividad era de 25%: la realidad, según reveló The New York Times, era que la ocupación de camas era de 68%, y el porcentaje de positividad de 37%.

Era solo una de las mentiras que López Gatell dijo de cara a la nación durante más de un año, precisamente en esas conferencias que, con inaudita deshonestidad intelectual, sus defensores le aplaudían, le celebraban, le aplaudían.

Basta volver a algunas de las conferencias que ofreció Gatell para constatar cómo lo entierran, una y otra vez, sus propias palabras, su lambisconería, su traición a la ciencia y al conocimiento.

Desde marzo desde 2020 insistió en que el uso del cubrebocas no protegía a la población del contagio. Para noviembre de ese año había un millón de infectados y López Gatell reclamaba a los medios por dar a conocer el número real de muertos.

Pese a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, y con inmenso servilismo ante la decisión, criminal y absurda, del presidente López Obrador de no usar cubrebocas, Gatell llegó a asegurar que no existía evidencia científica de que sirviera para evitar el contagio. Todo esto está grabado, registrado, documentado, como también su negativa a hacer pruebas.

En sus conferencias plagadas de errores, de cálculo político y de mentiras, Gatell mandó a la gente enferma a su casa. Le pidió esperar hasta que presentara síntomas graves. En realidad los mandó a la muerte: cuando muchos intentaron buscar un hospital, era tarde. Murieron asfixiados en sus camas –mientras el presidente y el subsecretario “aplanaban” la curva y reían a carcajadas en las “mañaneras”.

Veo el pastel, las flores, las risas. Escucho mentalmente la letra de El Rey. Somos uno de los países con más muertos por Covid-19; encabezamos las tasas de letalidad y de mortalidad. El personal de salud murió en México como en ningún otro lugar del mundo.

Hago ahora el resumen de mis pérdidas. La tarde en que murió mi tía y la tarde en que, una semana antes de ser vacunado, se fue mi primo hermano. La noche en que llegó la noticia de la muerte de mi cuñada, y todos los días en que supe de la partida de amigos, de colegas, de vecinos.

Yo también le doy las gracias, doctor Gatell.

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