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Fantasmas de Garibaldi – Columna de Héctor de Mauleón


Aquello sonaba en verdad muy extraño: en el pasado mes de agosto, justo en los días en que estaban por cumplirse 500 años de la caída de Tenochtitlan, dos arqueólogas del INAH, Mara Abigaíl Becerra y Ximena Castro, encontraron a un costado de la Plaza Garibaldi los restos de una vivienda mexica del tiempo de la Conquista, los restos de una casa que tal vez sobrevivió durante algunas décadas al gran colapso del mundo prehispánico.

Una casa del fin de un mundo, construida cuando todo estaba a punto de precipitarse en el abismo.

Un amigo del INAH, Arturo Méndez, realizó los trámites necesarios para que pudiera visitarla. Llegué con las cámaras de El Foco una mañana sucia de finales de noviembre. Ahí estaba Garibaldi. El Garibaldi de siempre: mariachis trasnochados, personas rotas con rostros destruidos. Basura, música, perros, indigentes, andrajos y botellas de vidrio estrelladas contra el piso.

Qué difícil imaginar que hace medio milenio existía justo en ese sitio uno de los cuatro barrios de la Gran Tenochtitlan. Le llamaban Cuepopan y se hallaba ubicado en una de las orillas de la isla de México, frente a una laguneta que hoy conocemos como La Lagunilla.

Cuepopan era la frontera que marcaba el fin de Tenochtitlan, y el inicio de la ciudad gemela que la reproducía como un espejo: Tlatelolco. Se trataba de una zona lacustre, poblada de chinampas, herida por el resplandor del sol que, al caer sobre las aguas, “hacía visos como esmeralda”. Según Manuel Orozco y Berra, una de las posibles traducciones de Cuepopan es: “sobre lo resplandeciente” (su conclusión no es aceptada, pero es hermosa).

En Cuepopan se libró el capítulo final de la guerra contra los tepanecas que permitió la consolidación del imperio mexica.

Clementina Battcock afirma que un sacerdote de Cuepopan era el encargado de acudir al Cerro de la Estrella cada 52 años, para encender el Fuego Nuevo; fue en Cuepopan donde Hernán Cortés estuvo a punto de ser apresado durante el sitio de Tenochtitlan –y en donde lo salvó un guerrero tlaxcalteca.

En agosto, un reporte del Invi alertó que en el patio de una vieja casa del siglo XIX, en la que se va a construir un edificio, habían aparecido algunos muros virreinales. Al frente de una cuadrilla de trabajadores, las arqueólogas Becerra y Castro comenzaron a explorar.

A tres metros de profundidad estaban los muros, de tezontle y adobe, de una casa mexica. Eran el fantasma, el espectro de un patio, de un corredor, de cinco habitaciones con pisos originales, en las que hace medio milenio unas personas hablaron, rieron, lloraron, contaron historias de la llegada de los españoles.

Becerra y Castro desenterraron los restos de una primitiva cocina. Pero la ciudad les deparaba algo más. Debajo del patio había una olla con huesos de niño (un entierro) y una ofrenda con figurillas. Había también vasijas, trípodes, cajetes, copas, platos. No solo eso: había 13 sahumadores con cabezas de serpiente pintadas de azul.

Miré esos objetos con la cabeza hecha un torbellino. Acerqué la punta del dedo a uno de ellos y pensé que en 500 años solo habían sido tocados por dos o tres personas. Descubrí de pronto entre las ofrendas una diminuta ocarina: uno de esos pequeños instrumentos de viento hechos de barro.

–¿Sonará? –pregunté–. ¿Todavía sonará?

Las arqueólogas llamaron a uno de los miembros de la cuadrilla. Era un joven moreno, de rasgos indígenas.

Acercó el instrumento a sus labios y, con una especie de facilidad ancestral, lo tocó.

Todavía se me enchina la piel al recordarlo. Colocados todos en silencio alrededor de aquel muchacho, escuchamos, suave, hipnótico, envolvente, un sonido que venía de Tenochtitlan. Un sonido que alguna vez sonó en Cuepopan.

Los labios del joven eran los primeros en traerlo, tras medio milenio de silencio y de oscuridad. Sé que todos nos miramos, sin poder hablar.

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