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A criterio deColumnasHéctor de Mauleón

Fabián de la Ronda, biografía de uno de los más buscados


Aquella mañana, dos agentes de la Subsecretaría de Inteligencia e Investigación Policial de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México se acercaron de incógnito a la unidad habitacional ubicada en el número 88 de Calzada de la Ronda, en la colonia Exhipódromo de Peralvillo.

En un puesto frente a la unidad habitacional, los agentes pidieron unos tacos y unos refrescos. Alguien se acercó de pronto por atrás y le dijo a la persona que atendía el puesto:

–La comida de los oficiales yo la pago.

En esa zona se encuentra un célebre mercado de autopartes, en que se venden parabrisas, lunas, espejos…

–No, muchas gracias –contestó uno de los agentes–, solo venimos a comprar unas piezas para mi carro.
–Que se paga la comida de ustedes –repitió el recién llegado.

Los investigadores llevaban un tiempo recabando datos sobre un sujeto conocido como Fabián de la Ronda, uno de los 10 más buscados en Ciudad de México.

Quienes iban tras él habían constatado varias veces, sin embargo, que era imposible acercarse al 88: la unidad, compuesta por más de 450 departamentos, era una especie de fortaleza en la que se reportaba por radio hasta el vuelo de una mosca.

¿Es posible que ocurra algo así en pleno centro de Ciudad de México? Sí, a condición de que goces de la protección de elementos de la propia SSC y que hayas hecho acuerdos con delegados de la Cuauhtémoc para cambiar protección a cambio de votos y dinero.

Fabián Solís Vega había pasado una década en Estados Unidos. A su regreso montó un negocio de autopartes.
Cayó dos veces en el reclusorio. Una de ellas, porque mató a golpes a otro hombre en una riña. Pasó cinco años tras las rejas.

Según relató él mismo, “cuando las cosas se pusieron calientes en la zona”, vecinos y comerciantes de Peralvillo le pidieron que los ayudara a detener a los extorsionadores y cobradores de piso.

Un reporte de la SSC indica que pronto levantó un pequeño ejército de halcones y gente armada. Pronto comenzó a comercializar drogas, “tabletas peruanas”, como le llamaba a los cuadros de coca, y se dedicó a la extorsión y el cobro de piso.

La cascada de muertes y detenciones de miembros de la Unión Tepito le dio la oportunidad de expandirse. La ficha consultada por el columnista indica que pasó al despojo de predios y la privación de la libertad de vecinos y comerciantes.

En febrero de 2020 fue asesinado uno de sus hombres, Daniel Álvarez Quijano, El Chiquitín, acusado de extorsionar mediante el uso de la violencia a comerciantes. Tres meses más tarde fue abatido también su escolta y número dos, un sujeto apodado El Zeus.

Las muertes fueron de ida y vuelta: fueron parte del reguero de sangre que hemos visto en los últimos tiempos.
En medio de esas muertes Fabián de la Ronda anduvo escondido en domicilios del Estado de México, “casas con circuito cerrado y cercas electrificadas”. Se movió en autos de lujo, Mercedes, Land Rover, Audi.

Lo aprehendieron en un domicilio de Acapulco, en el que pasaba periodos de entre cinco y 15 días. Los agentes sabían que en La Ronda era imposible intentar cualquier cosa.

Había bajado de peso, se había operado la nariz, se había hecho una bichectomía.

El día de abril en que un avión de la Sedena lo condujo de Acapulco a Ciudad de México, con shorts y chanclas, Fabián de la Ronda se volteó el anillo que llevaba en uno de los dedos: “una imagen de la Santa Muerte con piedras rojas en los ojos”. Cuando el anillo estuvo volteado contra su puño, apretó la mano, cerró los ojos, y se puso a rezar.

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