Escritura y espionaje

La literatura permite llevar vidas secretas. Si escribes sobre médicos, inventas diagnósticos; si escribes sobre espías, asumes la máscara de quien lleva otra máscara. Durante un tiempo, John Le Carré fue miembro del Servicio Secreto de Su Majestad. Ahí aprendió que la tarea de sospechar de los demás tiene poco que ver con las glamorosas escenas del agente 007. Imaginarle causas a la desordenada realidad se parece a la literatura. No es casual que Le Carré pasara de los expedientes a la novela.

Este año el decano de la literatura de espionaje se convirtió en heraldo de un colega que escribe de espías auténticos. En su opinión, The Spy and the Traitor, de Ben Macintyre, es, sencillamente, “la mejor historia real de espionaje que he leído”. El protagonista, Oleg Gordievsky, puede ser visto como el reverso de Kim Philby, el célebre espía del círculo de Cambridge que trabajó para la Unión Soviética y se exilió en Moscú. Cuando Gordievsky conoció a Philby en la KGB, le pidió que le dedicara un libro. El maestro del disfraz le regaló la siguiente frase: “No creas en nada que veas impreso”.

Gordievsky trabajó en diversas misiones diplomáticas soviéticas hasta convertirse en agente doble en Londres en los años 80, cuando la OTAN instalaba cohetes de mediano alcance que podían llegar sin aviso a Moscú y el Pacto de Varsovia respondía con los SS-20. La tercera guerra mundial estaba a la vista. De acuerdo con Macintyre, Gordievsky fue esencial para prevenir un “ataque preventivo” y convencer a los dos bandos de que el adversario no deseaba pulsar el botón rojo.

Tanto Philby como Gordievsky justificaron la traición a su país por ideales superiores: uno condenaba la injusticia económica del capitalismo y otro la ausencia de libertades del socialismo. Sin embargo, sus razones más profundas no parecían depender de la ideología, sino de carencias psicológicas que solo se compensan llevando existencias paralelas. Pavel Sudoplatov, estratega del espionaje estalinista, aconsejaba reclutar a personas “lastimadas por el destino o la naturaleza: los feos, los que padecen un complejo de inferioridad, los que desean tener poder e influencias, pero han sido vencidos por las circunstancias”. Los dañados fabulan y conspiran.

La importancia de un espía depende de ser creído. Para satisfacer a sus superiores, a veces elabora reportes ficticios. Gordievsky creaba identidades falsas. Le mentía a su familia, pero también a la KGB para que confiara en su red de contactos. El simulacro se volvió aún más complejo cuando aceptó espiar para Gran Bretaña. La paradoja es que esa intrincada red de invenciones servía para transmitir verdades, como hace la literatura.

En Nuestro hombre en La Habana, Graham Greene se burla de esos simulacros. En vez de investigar, el protagonista redacta falsedades para conservar el puesto. Copia el diagrama de una aspiradora y dice que es el plano de una base enemiga.

El trabajo de Gordievsky estaba más cerca de la tragedia que de la comedia, pero, como el personaje de Greene, dependía de una narrativa verosímil (en el oficio de suplantar identidades ningún detalle puede ser dejado al azar: durante la guerra, los espías británicos comían chocolates con ajo para que su aliento pareciera apropiadamente “francés”).

El éxito de Gordievsky fue tal que Margaret Thatcher y Ronald Reagan estaban pendientes de sus reportes. Su última peripecia fue una espectacular fuga a Finlandia y su exilio en Londres, donde ahora vive, con otra identidad. Su segunda esposa y sus hijas, que nunca supieron de su actividad secreta, se negaron a acompañarlo.

La minuciosa narración de Macintyre produce un impacto similar a las novelas de Le Carré: es imposible dejar de leer una biografía que pende de un hilo y que deja una honda tristeza. El saldo del espionaje es la soledad. Incapaz de compartir la parte más significativa de su vida, el simulador de identidades suele caer en el alcoholismo y las derrotas sentimentales. Tarde o temprano, su pareja descubre que ha vivido en la mentira.

También el escritor lleva una existencia paralela. Somerset Maugham, que compartió los predicamentos del espía y el novelista, dejó una amarga frase sobre quienes conciben otras vidas: “Al hombre siempre le ha resultado más fácil sacrificar su vida que aprender la tabla de multiplicar”.

Mentir es más tentador que memorizar.

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