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A criterio deColumnasMarco Moreno

Energía y futuro


La semana anterior señalaba la importancia de que el Congreso de la Unión entendiera su papel frente al reto que representa la defensa de la soberanía nacional, determinar, en primer lugar, si era viable o no hablar de soberanía energética y, cuál era el límite, que de manera adecuada se puede establecer en este sentido.

Sin embargo, el Congreso de la Unión decidió que debía aprobar el proyecto de reforma que el presidente de la República envió en materia de energía y que empoderar, a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), era una de las necesidades urgentes de momento.

Los argumentos en favor y en contra se escuchan en todos lados. Hay otros grupos que hablan de oportunismo al construir una reforma que busca, principalmente, obtener un destino seguro para los excedentes de combustóleos provenientes de Petróleos Mexicanos y que hoy no cuentan con un mercado seguro en el mundo.

Era imprescindible que la reforma energética se ajustara a los compromisos ambientales contraídos, sobre todo en el Acuerdo de París, de cambio climático, en el cual los países miembros se comprometieron a una serie de medidas de mitigación y adaptación entre los que, necesariamente, figura México. Pero no solo eso, los compromisos del país, aun cuando mínimos, en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) en materia energética implica que la reforma propuesta contemplara el cumplimiento de compromisos, más allá de las posturas ideológicas, porque más allá de estas posturas se encuentra el interés general de la nación.

Ya en Julio de 2020 el presidente de la República había firmado un memorándum en el que afirmaba que “todavía es tiempo de corregir el rumbo de la política entreguista que se ha venido imponiendo en el sector energético”. Lo que significaba el inicio de una carrera por recuperar, según el gobierno federal, el control de la energía a favor de la nación. Ha mostrado de manera constante la urgencia de llevar a cabo la construcción de políticas que reflejen el espíritu del pensamiento de Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos, aun cuando no ha mostrado una visión que haga realidad esta intención en las actuales condiciones políticas y económicas de México.

En aquel memorándum se dejaba entrever la posibilidad de una reforma energética que permitiera retomar ese control sobre las energías y definir un nuevo rumbo para estas. Esta intención debería haber permitido a los opositores del presidente estar en condiciones de responder de manera ordenada y estratégica con mucha anticipación.

No obstante, la oposición mexicana mostró su debilidad al ser incapaz de poder enfrentar un proceso anunciado. Incapaz de leer el contexto en el que se desarrolla la política en el momento actual, la oposición ha mostrado seguir de manera fiel la agenda presidencial, para denostarla y señalarla, pero incapaz de confrontarla y contestarla con propuestas y acciones verdaderas.

Ha recurrido de manera incesante a la queja y al señalamiento de la mayoría insensible del partido gobernante.

A la forma en que el bloque mayoritario aprueba sin cuestionar las reformas enviadas por el presídete.

Exactamente de la misma manera que en el pasado, el actual presidente señalaba a los integrantes del Congreso de la Unión de levantadedos.

Parece que las bancadas de oposición en el Congreso tuvieran la consigna del pataleo, el berrinche y la queja, ante la falta de una estrategia política que les permita confrontar a los legisladores del presidente y construir acuerdos en favor de lo que dicen representar.

En verdad que no se trata de energías fósiles versus energías renovables, en la mayoría de los casos es bien secundario el tema energético, el tema principal es el control político. Tanto el presidente y sus opositores disputan el control del estado y les importa un comino la energía, la salud y el bienestar de la gente. La disputa central no es al final del día, por el pueblo.

Ni los opositores ni el presidente han establecido la importancia que en esta y otras reformas tiene los derechos humanos, han usado el nombre del pueblo en una nefasta confrontación que tiene un rumbo y una meta, la elección del 6 de junio, la renovación de la Cámara de Diputados.

El presidente lo expresó de manera clara y contundente, ir por la mayoría legislativa que permita que sus reformas no encuentren oposición y sean votadas de manera mayoritaria. Esa declaración no puede, de ninguna manera, incluir al pueblo, por más que se afirme lo contrario.

Lo que sí es verdad es que la reforma energética ha mostrado una vez más a una oposición debilitada, desorientada e incapaz de enfrentar al poder presidencial, encarnado en una abrumadora mayoría legislativa.

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