El primer marciano

El 22 de agosto se cumplen cien años del nacimiento de Ray Bradbury, el viajero imaginario que llegó a un planeta donde siempre es octubre y las mujeres tienen ojos amarillos. Ese viaje desmesurado ocurría en el futuro, pero recreaba los incesantes misterios de una especie que se aburre en los domingos, conoce la soledad y la melancolía y confía su suerte a los pétalos de las flores.

Desde la publicación de sus primeros cuentos, Bradbury fue un autor popular que al mismo tiempo entusiasmó a egregios colegas, como Christopher Isherwood y Aldous Huxley. Traducidas al español por Francisco Porrúa, Crónicas marcianas recibió el mayor homenaje literario concebible para un terrícola: un prólogo de Borges. El escritor ciego habló así del visionario: “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado”. El futuro de Bradbury nos toca porque no se trata de algo inaugural o nuevo; padece el desgaste de lo ya vivido.

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Con El hombre ilustrado, Remedio para melancólicos, El vino del estío y la adaptación cinematográfica de Moby Dick, Bradbury confirmó que su imaginación rebasaba el nicho de la ciencia ficción. Sus historias ocurren en muy variados tableros del tiempo y el espacio.

Su estética depende de un recurso paradójico: la falta de respeto a la tecnología. Bradbury anticipó la época en que los aparatos dejarían de ser medios para transformarse en fines que generan dependencia y mantuvo una distancia voluntariamente “primitiva” ante las innovaciones. Nunca tuvo licencia de manejar y tomó su primer avión a los 62 años. Detestaba la computadora y juzgaba que el libro electrónico era una vulgar pantalla con letras. El inventor de futuros exigía libros olorosos a “antiguo Egipto”.

Aunque sus historias ofrecen ejemplos de anticipación tecnológica, concedió poca importancia a prever herramientas. El infalible Rodrigo Fresán ha hecho un inventario de los adminículos que aparecieron en sus páginas antes que en la realidad: “auriculares, televisores planos de pantallas inmensas y panorámicas, cajeros automáticos, iPods, asistentes personales”. Sin embargo, esos logros son inferiores a los asombros derivados de un picnic de un millón de años, las peripecias de un traje color helado de vainilla que tiene distintos propietarios, el drama de sobrevivir junto a una persona insoportable o la forma en que los tatuajes narran a un ser humano.

Al abandonar la órbita terrestre, los astronautas suelen ceder a reflexiones místicas. Bradbury no necesitó ese rito de paso para asociar el cosmos con la sacralidad. Su película de ciencia ficción favorita era Encuentros cercanos del tercer tipo, que consideraba un film religioso.

En 1992 un asteroide fue bautizado como 9766 Bradbury y veinte años más tarde la misión espacial Curiosity de la NASA llegó al planeta rojo en un sitio bautizado como Bradbury Landing. No le faltaron honores al novelista y seguramente fue demasiado original para recibir el Premio Nobel. Pero su mente no dejó de imaginar otra recompensa: “Lo que de verdad me haría muy feliz sería saber que en Marte, dentro de un par de siglos, mis libros seguirán leyéndose. Estarán allí arriba, en el muerto Marte sin atmósfera. Y muy tarde por la noche, con una pequeña linterna y bajo una cobija, algún niño espiará bajo la portada de un libro. Y ese libro será Crónicas marcianas. En Marte”.

Mientras tanto, otras cosas pasan en la Tierra. El año pasado subí al Metro capitalino y al poco tiempo un muchacho de unos 18 años abordó el vagón y sacó de su mochila Fahrenheit 451, la oscura utopía de Bradbury sobre una tiránica sociedad que ha abolido los libros y donde los bomberos se dedican a quemarlos a la temperatura a la que arde el papel (451 grados Fahrenheit). Ahí, la respuesta de los disidentes consiste en memorizar libros para convertirse en ellos.

Poco después, otro muchacho entró al vagón, se colocó junto al primero y sacó un libro: Fahrenheit 451. Ambos leían ediciones diferentes, baratas, muy gastadas; no se conocían ni interactuaron, pero formaban parte de la misma cofradía.

Alguna vez esos lectores estarán en Marte. Mientras tanto, aquí en la Tierra, algo ocurre al leer a Bradbury:

Salvado del fuego, el libro arde en la imaginación.

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