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A criterio deCarlos Loret de MolaColumnas

El presidente y sus radicales


El presidente cobija a los más extremistas. Los consiente, les permite, los alienta, los inspira. Cuando los radicales hacen planteamientos incendiarios, pide comprenderlos, tolerarlos, respetar sus libertades de pensamiento y expresión. Cuando lo que dicen raya en el delito, les lanza un salvavidas con algún tímido desliz, un cariñoso “por ahí no”. Pero jamás condena, jamás se deslinda, jamás los aísla. No busca hacerlos entrar en razón, mucho menos quiere apagar el fuego.

Los quiere a su lado, marchando, gritando, insultando, prendiendo las redes sociales. Ah, esas redes que tanto le han dado, que le hicieron la campaña, que le sirven de conexión sin intermediarios entre él y su base más ruda, la que está dispuesta a todo. La que le cree todo: las miles de mentiras, las calumnias, las acusaciones sin sustento. Desde las redes alimenta a esa base: conspiraciones, complots, los enemigos de la patria. Gasolina para que el motor del fanatismo no se detenga.

El presidente habla y habla, la feligresía escucha y reacciona. Atiende íntegras sus largas peroratas desde el templete. Se ríe de sus chistes y sus apodos. Se enoja cuando frunce el ceño y señala con el dedo flamígero.

Se enorgullece cuando su líder les ratifica: nunca nadie en la historia había logrado lo que nosotros. Aprende de memoria el recital de propaganda: programas aunque no se implementen, cifras aunque sean falsas, un sinfín de postulados que a fuerza de repetirlos aspiran a que se vuelvan verdad. Los fieles no parpadean detalle porque necesitan detectar un verbo, un llamado, una frase hecha, un guiño que les diga que hay que mantenerse radicales, que la lucha sigue, que no hay que rendirse, que haber conquistado el poder no basta, que hay mucho trabajo por hacer, que ellos tienen razón y que los demás no caben. Polarizar, dividir, separar.

Porque para el presidente no se trata de conquistar con la razón ni de convencer con argumentos. Se trata de encender con emociones, con la narrativa épica de “ellos contra nosotros”. A los radicales no hay que rendirles cuentas ni presentarles datos. Hay que seguirles contando el cuento que los tiene locos de fascinación.

Los moderados, bah, esos son útiles para mantener la gobernabilidad. Para que no se dinamiten todos los puentes desde el principio, para que muchos sectores preocupados sientan que tienen alguien con quien hablar, que hay alguien al lado del presidente que los entiende y que puede hacer recapacitar al número uno. Pero los moderados se van extinguiendo con el tiempo porque la realidad los alcanza. Los más lúcidos huyen primero. A veces en silencio, a veces con renuncias estruendosas. Algunos se guardan, otros se convierten en férreos críticos. Están los que resisten más tiempo, los que apuestan a imponerse. Hasta que se dan cuenta que la guerra siempre estuvo perdida. Y así, poco a poco, se van todos.

Y al final, cuando el líder termina de exhibir su verdadero rostro, cuando ya se peleó con todos los moderados, cuando le terminen de renunciar o dar la espalda, cuando ya los haya llamado traidores y descalificado, quedará solo, muy solo el presidente con sus radicales. Y ahí sí, que Dios reparta suerte.

 

SACIAMORBOS
Por si alguien estaba confundiéndose, me refiero al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sus seguidores, y el episodio del miércoles pasado en el Congreso americano.

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