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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

El misterio de la cárcel de Pachuca


Cuando Pedro Rivera llegó al punto “Lo de Téllez” en las goteras de Real de Minas de Pachuca, aquel frío mes de enero de 1794, la población estaba compuesta de medio millar de casas de adobe y techos de paja, de entre las que sobresalían los campanarios de los templos de San Francisco, La Asunción, Nuestra Señora de Guadalupe –en el hospital de San Juan de Dios– y la Jerusalén, arropadas por una veintena de casas de mérito.

Rivera había sido contratado como preceptor del hijo de don Manuel de Moya, rico minero de la comarca, cuya mansión era una de las más sobresalientes en el panorama urbano, ubicada en la calle de la cárcel (hoy primera de Allende), a unos metros de la plaza de toros de Avendaño (actual Jardín Independencia).

Había viajado todo el día desde Ciudad de México y aunque durante la obligada parada en la venta de Tizayuca, pudo tomar un buen plato de sopa caliente y un pedazo de carne asada, al anochecer, sentía ya el estómago vacío a pesar del ajetreo del viaje.

Cuando la noche caía ya sobre el antiguo Valle de Tlahuelilpan –hoy Centro Histórico de Pachuca– el carruaje penetró por la calle del puente de Gallo –hoy Julián Villagrán– hasta llegar a la Plaza Mayor, hoy de la Constitución, en cuyos portales se detuvo. Un solícito mozo, sirviente de la casa de don Manuel de Moya, tras cerciorarse de quién era, dispuso que dos cargadores que le acompañaban se llevaran los baúles del profesor Rivera, quien se limitó a seguirlos.

Al llegar al portón de la casa, Maese Rivera fue recibido por el propio Manuel de Moya, hombre alto, de delicadas facciones, vestido con chaquetón azul cielo, pantalones cortos del mismo color, prolongados debajo de la rodilla con mallas blancas que terminaban en lustrosos zapatos de charol.

Llevaba un pañuelo delicadamente perfumado en la mano derecha, misma que arqueó para saludarlo. Rivera agradeció el saludo y siguió a su anfitrión, quien le condujo al que sería su cuarto, una amplia alcoba en la parte superior de la casa con vista a la calle de la cárcel.

Aquella noche, después de la cena, Rivera se retiró, dispuesto a desempacar los baúles de su equipaje. Había vaciado todo el menaje de ropa y, cuando se disponía a sacar sus libros del último baúl, un grito lastimero que provenía de algún lugar de la calle lo sobresaltó, abrió sigilosamente el balcón de la habitación y logró escuchar con claridad aquel desgarrador alarido, que provenía precisamente del edificio de la cárcel que se encontraba prácticamente enfrente, supuso se trataba de algún reo torturado para confesor sus fechorías y cerró el balcón sin dar mayor importancia al asunto. Sin embargo el resto de la noche no pudo conciliar el sueño debido a los “ayees”, cada vez más lastimeros que no cesaron hasta el amanecer.

Ante la repetición de aquellos hechos en la siguiente noche, Rivera decidió hablar con el señor De Moya, quien tras escucharle, arregló una entrevista con el alcalde mayor de Pachuca don Felipe de Ortuño, quien los acompañó hasta la cárcel, donde por cierto no había ningún preso desde hacía meses; Juan Encina, el carcelero, les mostró el interior del penal, que estaba enteramente vacío y permitió que Rivera inspeccionara celda por celda incluyendo los dos patios.

Pero la situación continuó debido a lo cual Rivera decidió investigar por su cuenta. En la siguiente noche, esperó a que los gritos y sollozos empezaran a escucharse, lo que sucedió al filo de las nueve de la noche, salió sigilosamente de la casa y guiado por las lastimeras quejas, atravesó la calle y se cercioró de que, de allí provenían los gritos; tocó reiteradamente la puerta, pero no encontró respuesta. A la mañana siguiente se enteró que como no había presos, el carcelero se retiraba a su casa todas las noches. Fue entonces que Maese Rivera logró que le dieran las llaves para que pudiera si quería, ingresar en el edificio.

La noche del 14 de enero de 1794, poco después de empezar a escucharse los lastimeros quejidos, Rivera estaba ya frente al portón del vetusto edificio. A la mañana siguiente, Rivera fue hallado inconsciente en la puerta de la celda dedicada a los reos castigados, dentro de la que se halló un total desorden, el piso cavado a una profundidad aproximada de un metro o metro y medio en cuyo fondo se encontró el cuerpo putrefacto que más tarde se supo correspondió al de Teresa Contreras de Oviedo, dama aún jóven desaparecida semanas atrás. Las pruebas y pesquisas permitieron saber que fue victimada por el carcelero Juan de Encina, para acallar sus reclamos, pues era su amante y le exigía abandonar a su esposa.

Lo extraño fue que Pedro Rivera ignoraba todo lo anterior y manifestó no saber qué ocurrió con su persona aquella noche, pues solo recordaba haber llegado hasta la puerta de la celda y sin saber cómo, perdió el sentido. El juicio contra el carcelero, fue breve, se le sentenció a muerte, pena que se ejecutó cinco meses después, en mayo de 1795, todo ello después de haber sido recluido en la misma cárcel que cuidó por espacio de 12 años, en tanto que Pedro Rivera, se excusó con el señor De Moya de no continuar con su labor como preceptor de sus hijos y se regresó al pueblito de la Alcarria, en España, de donde había salido 4 años atrás.

La fotografía que ilustra esta crónica corresponde a la primera calle de Allende hacia el año 1926; la casa que aparece en primer plano, a la izquierda, corresponde a lo que fue en Pachuca la Cárcel Nacional.

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