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El intrigante bombazo de Salamanca – Columna de Héctor de Mauleón


A las 17:14, dos hermanos llegaron a bordo de una moto al restaurante-bar Barra 1604, ubicado en la colonia El Deportivo, en Abasolo, Guanajuato. Informaron que traían un regalo para Mario Alberto Hernández Cárdenas, el dueño del restaurante.

Mario Alberto celebraba su cumpleaños. Se había tomado unas fotos frente a un pastel, rodeado por algunos de sus colaboradores. Salió acompañado por su socio, Mauricio Salvador Romero Morales, a recibir el paquete.

Explotó en cuanto lo abrieron. La detonación los mató a los dos y dejó heridas a cuatro personas más, entre ellas, el conductor de la motocicleta que había llevado el regalo.

Los hermanos habían montado una modesta empresa de moto envíos. Se anunciaban en Facebook y otras redes sociales. Entregaban regalos y arreglos florales.

Esa tarde les entregaron una caja con globos y serpentinas y les dieron una dirección: Avenida Faja de Oro, esquina Insurgentes, colonia El Deportivo.

En septiembre de 2016, integrantes de un grupo criminal atacaron con explosivos siete establecimientos comerciales de Abasolo y San Miguel de Allende. Se trataba de varios bares, una tortillería, un expendio de cerveza y una tienda de abarrotes.

Según los testigos, los agresores habían lanzado los artefactos, algunos de ellos bombas molotov, desde vehículos en movimiento. El móvil: “cobro de piso” y extorsión.

En San Miguel de Allende se abandonó una mochila en el interior de un bar: el explosivo detonó en la madrugada, causando heridas graves a seis personas y provocando daños diversos en establecimientos y automóviles.

Un artefacto más fue abandonado a las afueras de otros dos bares. Tres clientes resultaron heridos y varios autos estacionados en la calle sufrieron desperfectos.

Lo de Barra 1604 fue completamente distinto. Lo primero que advirtieron investigadores de la fiscalía consultados por el columnista fue que se había tratado de una explosión perfectamente controlada: la onda expansiva no hizo estallar los cristales de los comercios cercanos ni de los automóviles estacionados en la calle.

Solo un auto mostró huellas de impacto, pero este fue causado por el cuerpo de una de las víctimas.

La caja de regalo explotó al ser abierta. Adentro había un cilindro semejante al de un extinguidor pequeño.

Según los indicios recolectados este cilindro contenía pólvora. Al momento de la apertura, una chispa provocó el efecto detonante.

La persona que envió aquel regalo tenía conocimiento del manejo de explosivos. Pero sabía algo más: sabía dónde estaba Mario Alberto, sabía el momento exacto en que el regalo debía ser entregado.

Pensó en todo. El tiempo, el lugar, la forma.

Tuvo que ser una persona que tenía cercanía con la víctima, o que estaba recibiendo información puntual sobre los movimientos de esta.

Aunque en los primeros instantes corrió como reguero de pólvora la hipótesis de que el bombazo era una represalia provocada por asuntos de extorsión o “cobro de piso”, esta forma de ajuste de cuentas no se había presentado.

El año pasado hubo en Guanajuato alrededor de 4 mil asesinatos. En todas las ejecuciones del crimen organizado se enviaron sicarios y se dejaron mensajes.

“Esta forma, jamás se había dado”, informa una fuente de la fiscalía.

Lo que más poderosamente llama la atención de los investigadores es que se trató de un artefacto artesanal, con mecanismo en la caja, en el que se calculó provocar solo un daño específico: contenía el explosivo necesario para alcanzar de manera letal a su objetivo, sin causar mayores estropicios en los alrededores.

De acuerdo con las autoridades, la extorsión o el “cobro de piso” no se descartan: están en la primera o segunda línea de investigación. La existencia de deudas por parte del propietario figura también entre esas líneas.

Los investigadores sostienen que, aunque se trata de un caso completamente atípico, quien o quienes planearon el homicidio cometieron errores. Dejaron cabos sueltos. Uno de estos habría permitido la identificación de la persona que contrató el servicio y entregó el supuesto regalo.

El dato es crucial para saber si en el horror de Salamanca intervino o no el crimen organizado: para saber si finalmente estamos hablando de narcoterrorismo.

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