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A criterio deColumnasUlises Vidal

El dinosaurio


Para Fer E donde quiera que se encuentre

1: El Dinosaurio de Augusto Monterroso, es uno de los cuentos más estudiados por los críticos literarios. Ha sido objeto de análisis a través del tiempo, a pesar de que se compone de tan sólo siete palabras. Es un elogio a la brevedad, –decir mucho en tan poco– utilizando las palabras exactas.
Transcribo el cuento: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. A este cuento le han seguido una serie de homenajes, en donde otros escritores han hecho otros cuentos que tienen que ver con el dinosaurio, como el siguiente, intitulado La culta Dama de José de la Colina. Le pregunte a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado El Dinosaurio. –Ah, es una delicia –me respondió–, ya estoy leyéndolo. U otro intitulado Dinosaurio Enamorado de Otto-Raúl González. Hace millones de años, en plena selva jurásica, un dinosaurio cachondo se acercó a su pareja y le susurro al oído que estaba muriéndose de amor y de deseo. –Ahora no se puede –dijo ella–, lo siento mucho, pero es que estoy en mi milenio. Muchos se han preguntado sobre el origen del dinosaurio, ¿En que estaba pensando Augusto cuando lo escribió? Juan José Arreola nos habla del origen. Se dice que en una ocasión, por los años 50, al llegar al departamento José Durán, amigo de Augusto y de Juan José Arreola, entro e hizo mucho ruido para que el maestro Arreola le escuchara, despertara y así ponerse a charlar sobre tragedias amorosas. El maestro lo escucho durante un rato, después se volvió a dormir; pero Durán continuaba hablando en el mismo lugar. Cuando Arreola despertó el seguía allí, hablando sin parar. Cuando llegó Ernesto, (otro de los amigos que vivían en el departamento) Arreola le contó lo que había sucedido con Durán, al que todos le apodaban El Grande por su estatura, entonces Ernesto comentó: “Cuando despertó, todavía estaba Grande ahí”. Luego llegó Augusto Monterroso, escucho la historia y escribió el cuento que todos conocemos. No hay que olvidar nunca, que la literatura convive diariamente con lo cotidiano.

2: Transcribo un cuento para mis alumnos de todos los grados, se intitula, Una cochinilla en el baño, va para ustedes y para mi tía Ivonne, quien se unió a esta petición. Es increíble cómo pegan las tardes de viernes estando solo, solos somos nada, ya lo dijo el maestro Eusebio, sin amigos somos nada. A esta tarde solamente le falta un silencio más para sentirme en la tumba, supongo que estar muerto es parecido a estar solo, no debe haber mucha diferencia, todo se junta, parece ser que la soledad es infinita, cuando te cae te aplasta, te cae como dos goterones de cera caliente en la punta del ojo, porque la soledad se llama homicidio, se llama muerte, se llama olvido, no creo que ninguno de aquellos amigos con los que conviví, se acuerden de mí en este instante, mi mundo no les importa y esta maldita soledad se acentúa más y más, hoy es sin duda uno de esos días donde me gustaría desconectarme, y entonces sí, que pasen las horas, los minutos –porque un minuto es más importante que una hora–.
Esta mañana me he levantado con cierto aplomo, entré al baño y comencé la ducha de todos los días, al mirar hacia abajo, (uno es un tonto mirando hacia abajo) mire una cochinilla y hube de jugar con ella un rato, le arrojé agua, se hizo bolita y el juego se presentó más interesante todavía, al poco rato caminó hacia la esquina de la loza, intentó protegerse –como yo lo hago en esta escritura, de mi soledad y mi mala suerte– se detuvo, por un momento el ruido del agua (que es el único ruido en mi vida) me distrajo, no molesté más, seguí la ducha y ella estaba ahí, muerta de miedo, olía la muerte, la presentía. Trate de darle un giro a su vida, la dejé tranquila, su vida estaba en mis manos y este farsante dejó que siguiera respirando, (después de todo me sentía parte de ella, de su misma especie) cerré las llaves y me dirigí a donde estaba la toalla, durante todo el baño sentí estar mirando a Kafka, solo que
esta vez su transformación era de cucaracha a cochinilla.
Continué la rutina diaria de mi vida, fui a impartir clase de literatura, salí, tomé el transporte urbano que me llevaría hasta mi cuartucho de pensión, donde doña Navorita me cobra 300 pesos el mes. En mi cabeza seguía fija la imagen de aquella cochinilla a la cual le había perdonado la vida esa mañana, ¿dónde estará?, ¿se habrá tumbado a la coladera?, ¿habrá tomado la decisión que yo fui incapaz de tomar?, ¿se habrá suicidado?, no lo sabia, pero deseaba saberlo, porque las cochinillas al igual que los humanos tienen derecho a sufrir, pero también después del mal trago, tienen derecho a seguir viviendo. Ignoro como se reproduzcan las cochinillas; pero quizá en este momento este follando con otra de su misma especie, o tal vez haya sido tragada por la araña de la esquina del cuarto que no he tenido el tiempo de quitar, en fin; seguramente andará por ahí pensando que soy un extraño y preguntándose por qué le perdone la vida.
¡Upss!, qué carajos! pisé, sonó horrible, maldita sea pise a Kafka, quiero decir a la cochinilla, la hice mierda, no soy bueno ni para perdonarle la vida a una cochinilla, ahora si estoy completamente solo, el cuartucho de pensión esta completamente desolado, solos yo y la araña, quien me mira fijamente escondida tras de una grieta en el techo, como queriendo protegerse.

3: Se me ocurre una frase: Déjame catar tu pezón siniestro para que el diestro se muera de la envidia. Déjame extirpar el cáncer de mama, la blancura descremada hecha néctar; te cambio mi saliva, te obsequio la vida.

4: Escriban sus comentarios, críticas y más críticas y nada de elogios a: u_vidal@hotmail.com twitter: @Vidal_Evans

 

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