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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

El culto a la muerte en México y en Hidalgo (Primera de dos partes)

Asegura Paul Westheim que ningún país encuentra en el tema de la muerte inspiración tan recurrente y variada como México, país en el que es fuente de inspiración para la música, la danza, la pintura, la escultura, la poesía, la artesanía y, en general, en toda manifestación creativa del genio creador; véanse, por ejemplo, la letra de algunos corridos vernáculos, como aquel que dice:

Ay, Chaparra, si vez que me matan,
tú te sigues en los cocolazos
nomás no hagas muy honda mi tumba
pa’ que yo siga oyendo balazos.

O aquel muy conocido estribillo del corrido de la Valentina:

Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez.

Algo similar ocurre en al artes platicas, donde la imaginería popular acude recurrentemente al tema de la muerte, cómo no citar aquí la obra pictórica de Manuel Manilla y sobre todo la de José Guadalupe Posada, quienes utilizan en sus grabados la figura de ocurrentes esqueletos para abordar de manera jocosa temas de crítica social o política.

También el mundo de la poesía está lleno de referencias sobre el tema, inclusive México cuenta con un poético cronista de la muerte: José Gorostiza, autor de un extraordinario poemario, intitulado Muerte, sin fin, seguido muy de cerca o tal vez a la par, por Xavier Villaurrutia, autor de la obra Nostalgia de la Muerte, ambos reconocidos como cantores de la muerte, a los que se suman nuestra excelsa Sor Juana Inés de la Cruz y el romántico bate Manuel Acuña, cuyas obras inciden de manera constante en el tópico de la muerte, que es también inspiración popular, desde lejanas épocas. Cómo no recordar aquí aquellas estrofas prehispánicas traducidas por el nahuatlato Jacobo Rojas, en las que se expresan el ruego de un joven moribundo a su madre:

Madre mía, cuando yo muera,
sepúltame en el hogar;
para tortillar espera,
que el humo te haga llorar.
Y si alguno te preguntara
la causa de tu penar,
dile que la leña es verde,
y el humo te hace llorar

O aquellas otras estrofas jocosas que dicen:

Es una verdad sincera
la que nos dice esta frase.
Que solo el ser que no nace
no puede ser calavera.
Es el calavera el inglés,
calavera el italiano,
lo mismo el pontífice roano,
que el jefe de la nación.
En la tumba son iguales,
calaveras del montón.

Sin olvidar los famosos versos del Charo:

Comadre, cuando yo muera,
haga de mi barro un jarro,
si tiene sed, en el beba.
Si a los labios se le pega,
son los besos de su charro.

De igual forma podríamos encontrar ejemplos en la danza y en la escultura, pero es sobre todo en el campo de las artesanías donde la imagen de la muerte es aprovechada durante los últimos días de octubre y primeros de noviembre, cuando se recuerda a los difuntos, fechas en las que se encuentran por doquier calaveritas de azúcar a las que se coloca el nombre de la persona a quien se le regala hay también figuritas en forma de féretros y animales relacionados con la muerte, como búhos, arañas etcétera, y desde luego una gran cantidad de efigies en papel maché, barro, plomo y otros materiales, con representaciones aparentemente burlonas de la muerte.

Ninguna fiesta es tan popular y extendida en todo el país como la de muertos; los preparativos, se inician en algunos sitios desde el 24 de junio, con la siembra de las matitas, que adornaran los altares caseros, como es el caso de la Huasteca Hidalguense, donde esta festividad recibe el nombre de Xantolo corrupción del vocablo latino Sanc Torum, que significa “Todos Santos”. En este como en otros lugares, es curioso observar que la muerte de los familiares, es recordada, no con tristeza, sino con una singular alegría, manifestada en los multicolores altares, donde predomina el amarillo intenso de la flor de cempasúchil, el rojo de la manita de león y el blanco de la diminuta nube y ver como los panteones transforman su lúgubre imagen, en paisajes de alegres colores, a lo anterior, se agregan en durante el Xantolo de la Huasteca, las danzas que bailan grupos de jóvenes –huehues– vestidos con atuendos femeninos, con los que simulan esconderse y engañar a la muerte, representada por un danzante vestido de diablo, que lucha de manera chusca por salir o entrar al círculo que forman los danzantes, realizando piruetas y saltos, mientras que el grupo espera ser convidado por los dueños de las casas del barrio, con comida y bebida, sobre todo con una tajada de zacahuil –enorme tamal de masa aderezada con una exquisita salsa que se combina con grandes trozos de carne de puerco y pollo todo envuelto en hojas de plátano, es horneado por largas horas en fogones altos. Este alimento suele ser acompañado con traguitos de aguardiente de caña.

Diversas son las manifestaciones que en cada región se realizan durante los llamados días muertos y en todas está presente el pasado indígena mezclado con las formas religiosas europeas, hay sincretismo en cada una y hasta fanatismo en muchas de ellas, pero sin lugar a dudas esta es la fiesta por excelencia de todos los mexicanos.

Continurá.

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