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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

El Abanico


Fama, aunque no muy grata, fue la que alcanzó Pachuca por ahí de los años 50, 60y 70, merced a una de las más socorridas actividades citadinas, herencia de las etapas de bonanza minera del primer tercio del siglo XX, en las que se abrieron un impresionante número de cantinas y pulquerías diseminadas a lo largo y ancho de su geografía urbana.

Era más fácil identificar la ubicación de algún domicilio, ya en los barrios altos como en el centro, a través de su cercanía con cualquiera de esos negocios. Así, se decía, vivo por la Bandera Roja o cerca de La Estudiantina; arribita de El Marinero, etcétera. En ese entonces bien podían diseñarse periplos etílicos, por ejemplo, en la calle de Ocampo, se empezaba en El Regio, continuaba por El Campeón, seguía La Cumbancha, luego El Reloj de Arena para terminar en La Conchita, aunque podía acudirse también al Mosco o el Verdadero Mosco.

Otra ruta que los descarriados de esos años podían emprender era la de la calle de Morelos, que iniciaba en El Puerto de Llanes, tienda de licores y cantina ubicada frente al mercado Primero de Mayo, cuya taberna era atendida por el caballeroso asturiano Fernando González Ballina, se continuaba después por La Nacional, del famoso Churrero, un extraordinario refugiado español, poco conocido por su verdadero nombre, que era Manuel Vidal, adorador a morir de Tata Lázaro, como llamaba al general Lázaro Cárdenas; dos cuadras adelante se encontraba el John’s Bar, preferido por los estudiantes, ya que allí se aceptaba el empeño de libros u otros útiles escolares; una cuadra más adelante se encontraba Los Tres Reyes, una de las mas viejas pulquerías de la ciudad y en la esquina siguiente El T.O.K. Li —El Teoocalli—.

Centro de reunión para los litigantes que asistían a la Casa Colorada, asiento del Tribunal Superior de Justicia, fueron: La Perla de Hidalgo, en la esquina de Arista e Hidalgo, y El Intermezzo, en la esquina de Arizpe e Hidalgo, aunque podía incluirse también la de Los Parranderos. Otro recorrido podía realizarse por la calle de Abasolo, de La Bandera Roja a La Vaquita, pasando por Las Lindas Mexicanas, El Quinto Patio, La Unión de las Américas y La Barata, con desviaciones al Atorón, La Gloria, La Única, La Estudiantina, La Nueva Estrella y no se cuantas mas que no recuerdo.

En Guerrero el recorrido iniciaba en El Tráfico, continuaba por El Marinero o El Bar Cuco —rescoldo en la calle de Galeana de la multitud de estos negocios al inicio del siglo XX— seguiría después El Jokey Club, Los Cuatro Vientos, en la esquina con la de Doria, donde también se encontraba El Salón Corona, heredero de las glorias del Benadíaz, así como la cantina Don Quijote; ya nuevamente en Guerrero se encontraba La Jalisciense, en la esquina con Rosales y más adelante La Lonja, en el cruce con Romero, donde la Tapatía daba cabida a los comerciantes del Mercado de Barreteros y, finalmente, La Marítima, en la esquina con Covarrubias. Muchas más había que se quedan en el tintero como el bar de Los Baños, El Talín, El Salón Diana del famoso Bigotes, y otras cuyos nombres cubrirán al menos tres notas como esta, sobre todo ubicadas en los barrios altos.

Pero lo que más llamaba la atención, sobre todo para los habitantes de la cercana Ciudad de México, fue la Zona de Tolerancia, mejor conocida como Zona Roja o la Sonaja, perímetro que hasta los años 50 estuvo en la Plaza de Tres Guerras, a una cuadra del Casa Rule —Palacio de Gobierno hasta 1970— debido a lo que aquel centro de vicio fue trasladado por el gobernador Vicente Aguirre, unos metros más arriba en la confluencia del entonces callejón de Santiago y la calle de Valentín Gómez Farías.

En ese lugar, además de bares y cabarets, como: El Nidito, El Palmar, El Salón México, El Cairo, El Pigalle y La Negrita; había medio centenar de cuartos redondos, llamados accesorias, donde se ejercía de manera pública la prostitución, aunque de forma controlada —las sexoservidoras eran revisadas cada semana por las autoridades de salubridad— y como en la Ciudad de México estaba totalmente prohibida tal actividad, muchos habitantes de aquella metrópoli venían a Pachuca.

Un moderno cabaret era símbolo de todo lo que significaba la zona de tolerancia pachuqueña: El Abanico, construido y administrado por la enigmática María Teresa, y después por aquel sexagenario emblemático Don Pepe, que acudía todos los domingos a los partidos de futbol del Pachuca, a quien se atribuyó la famosa porra “pachus, pachus ra, ra”, que coreaba acompañado de dos o tres alcoholizadas suripantas. Finalmente, el cabaret quedó en manos del afamado italiano Oscar Trossino, quien era su dueño cuando el presidente municipal Eduardo Valdespino Furlong cerró definitivamente la zona de tolerancia, hace ya 35 años.

Allá en los 60 se decía que si el Gobierno del estado había creado la La Casa de la Mujer Hidalguense en la naciente Plaza Juárez, para la distracción y formación de las integrantes de ese género; María Teresa creó en El Abanico, La Casa del Caballero Hidalguense, para esparcimiento del género masculino. A ese cabaret asistían pobres y ricos, viejos y jóvenes, mineros, profesionistas, obreros, intelectuales y en general todos aquellos que culminaban en su variedad de la medianoche, las comidas y fiestas aburridas iniciadas al mediodía.

Viernes y sábados, el torrente de parroquianos se duplicaba con multitud de visitantes fuereños, a quienes se les veía deambular desorientados, preguntando aquello, de ¿Donde esta la sonaja?, sitio idóneo para los descarriados de aquí o de fuera.

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