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A criterio deAlan AustriaColumnas

Defenderé hasta la muerte tu derecho a decir tus equivocados pensamientos

En mi último criterio abordé la famosa frase de François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, en el que reflexioné sobre la libertad de expresión en nuestra era.

Y es que hace una semana me enfoqué en los presidentes de Francia y Estados Unidos, pues mientras Emmanuel Macron defiende la libertad de expresión a toda costa, a Donald Trump lo censuran los medios de comunicación.

Tras concluir en esa columna que en México no estamos nada apartados del debate sobre los límites de la libertad de expresión, hoy me enfocaré en nuestro país.

Los mexicanos expresamos actualmente nuestros pensamientos políticos a pesar de saber que vendrá un posible y pasional choque de ideas. Muchos otros, en lugar de participar en conversaciones potencialmente tensas o incómodas, intentan evitarlas por completo y prefieren entablar conversaciones con quienes confirmarán sus creencias.

Las opiniones que tenemos sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador como su gestión de la pandemia, sus estrategias de seguridad o sus relaciones diplomáticas con otros mandatarios como Donald Trump o Evo Morales, generan discusiones acaloradas entre los mexicanos.

Aunque son tiempos de fuertes polarizaciones en los países: los estadunidenses están altamente divididos tras las elecciones presidenciales en las que Donald Trump se niega a aceptar su derrota. Los colombianos siguen polarizados respecto al proceso de paz gubernamental con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Los británicos con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, conocido como Brexit.

Pero en México la polarización no era tan extrema en otras presidencias, ni siquiera en temas muy polémicos como el aborto, la pena de muerte o la legalización de la marihuana. ¿Por qué criticar o defender el actuar del gobierno de Andrés Manuel López Obrador genera tanta pasión?

La personalidad carismática del presidente mexicano, su austeridad, sentido del humor y sus años visitando todos los municipios le han permitido establecer una base dura de seguidores leales. Las encuestas señalan que los grupos de población que más votaron por él son mayores de 50 años de edad, mexicanos sin carrera universitaria y jóvenes votantes.

En un extremo, los fifís, y en el otro, los chairos. La pasión en ambos lados dificulta compartir con otras personas ideas, reflexiones y opiniones. Amistades e incluso familiares se han dejado de hablar entre sí por diferencias en sus creencias políticas.

Por si fuera poco, vivimos en la era de las benditas redes sociales. En ellas, consumimos información que favorece y endurece nuestras opiniones y muchos solo se relacionan con personas cuyas creencias coinciden con las nuestras.

Y es que cuando nos relacionamos con personas cuyas opiniones chocan con las nuestras, normalmente tratamos de convencerlas de que abandonen su punto de vista en favor del nuestro. No hay diálogo porque nadie se oye. Menos se escucha. Suponiendo que tenemos razón y ellos están equivocados, luchamos por nuestra perspectiva y tratamos de “ganar”. El problema es que la otra parte piensa de la misma manera.

En México se transmite el mensaje de que debemos ser fuertes, que debemos expresar nuestras opiniones de manera directa y contundente. Por el contrario, ser vacilante nos gana la reputación de parecer débiles e inseguros. Se valora la asertividad, mientras que la indecisión es vergonzosa.

Además, la ausencia de intercambiar opiniones y las noticias falsas trabajan en conjunto; una alimenta a la otra para seguir creciendo y no solo tensan el ambiente en el trabajo, con los amigos o con la familia. Mina a la democracia y solo beneficia a los políticos, pues nos ponemos su camiseta, los defendemos, nos alejamos de los que opinan diferente y, por tanto, de las voces críticas, que cuestionan su actuar.

Aunque beneficie a los políticos, no considero que necesariamente beneficie a la presidencia mexicana. Gobernar un país dividido es altamente complejo y lograr acuerdos políticos resulta complicado sin una integración de diversos actores.

Una sociedad que funciona bien, requiere libres conversaciones, incluso frente a diferentes puntos de vista y opiniones, de hecho, especialmente frente a tales incompatibilidades y desacuerdos.

Seamos receptivos a escuchar y respetar las posiciones opuestas de los demás. Si descartamos el apasionarnos ante un tema, podemos encontrar creencias comunes en las perspectivas diferentes. Por ejemplo, en un desacuerdo que involucre la gestión de la pandemia, un mexicano podría decir: “Estoy de acuerdo en que ambos queremos que esta pandemia termine…”.

Seamos mexicanos que admiran a las personas receptivas y que respeten más a quienes saben cómo superar sus diferencias discutiendo los temas más difíciles de manera constructiva.

Finalizo con otra frase célebre: “Si no creemos en la libertad de expresión de quienes no piensan como nosotros, no creemos en ella”. Esta es de Noam Chomsky, uno de los grandes comunicólogos y teóricos del siglo XX.

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