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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

El culto guadalupano en Pachuca – Columna de Juan Manuel Menes Llaguno


Después de la ampliación del templo guadalupano de Pachuca en 1907, ubicado en el entonces camino de Pachuca-México —actual avenida Juárez— se inició también el crecimiento de este rumbo de la ciudad, debido a la construcción de emblemáticos edificios, como los talleres de La Maestranza la “Sociedad de Beneficencia Española” a la par del surgimiento de las estaciones de ferrocarriles, el Central y el Mexicano de la plazuela de Mejía y la del ferrocarril Hidalgo, cuyos patios y talleres se prolongaron con una barda que parecía interminable en la acera oriente de aquella arteria, condiciones que se convirtieron en polos de atracción para viviendas y comercios que coadyuvaron al sustancial aumento de feligreses de esa zona de la ciudad.

En razón de lo anterior, el obispado determinó nombrar a un sacerdote para hacerse cargo del pequeño templo, lo que sucedió en febrero de 1922, con el arribó del presbítero Manuel Ceballos, relevado dos años después por el Padre José Moreno, ambos tuvieron que alojarse en la Parroquia de la Asunción, porque el templo guadalupano de la ya para entonces avenida Juárez, carecía de instalaciones para albergar a sus sacerdotes, fue precisamente con este último párroco que dieron inicio los servicios de la notaria eclesiástica y se rentó una casa como vivienda, que pronto fue ocupada también por vicarios, coadyuvantes del trabajo parroquial el primero Isaac Romero —1924— luego Juan Moreno —1925— durante este primer periodo, el templo fue agrandado, mediante un anexo que se colocó al frente de la fachada principal, realizado con paredes de madera y techo de tajamanil, a fin de permitir un mayor aforo de fieles.

En los años subsecuentes desfilaron por la ya para entonces parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, los sacerdotes Emilio Valtón —1925-1926— quien recibió la ayuda de los vicarios José Macías y Félix Torres, el primero se convirtió en su párroco en 1927, al suceder a Ramón Villanueva que permaneció aquí solo unos meses en 1926, siguieron, Amado Pérez —1930— con quien actuó como vicario el sacerdote Fernando Bravo Paredes, continuaron como párrocos, José A. Lira —1938— José M. Gómez —1939— y Manuel Morales, este último, decidió incorporar de manera formal el recinto de templo mediante la prolongación estructural de la nave que así absorbió el antiguo anexo, obra que continuaron, el padre Wenceslao Solís y el culto sacerdote Porfirio Valdés, encargados de la parroquia entre 1944 y 1947 quienes contaron con los servicios de los vicarios Guillermo Ortiz y Tarsicio Ortiz.

En 1951, llegó como párroco quien acarició la idea de levantar un templo más amplio y digno para la guadalupana, Monseñor Jesús Árcega Bravo, quien entre 1952 y 1968, fue ayudado en su ministerio por los vicarios Daniel Fernández, Emigdio de Rio Espinosa, Rogelio Vizcarro, Francisco Chiapa, Bonifacio Velazco, Aristeo Ochoa, Agustín Marroquín Silva, Francisco San Agustín, Salvador Zúñiga, Liberato Aguirre, José Luis Vega, Antonio Licea, Alfonso Romero, Josué Alvarado y Miguel López.

Después de adquirir el terreno que linda con la calle de Cuauhtémoc, Monseñor Árcega integró un comité pro-construcción del Santuario de Guadalupe al que encargó la organización de un concurso para la edificación del templo nuevo, el que fue presidido por el afamado arquitecto Manuel Ortiz Monasterio, el que en noviembre de 1954, dio a conocer el proyecto aprobado, mismo que tras la inmediata demolición del antiguo recinto, comenzó a levantarse lentamente, pero de manera continua, gracias a las múltiples limosnas recibidas por la parroquia y también a las importantes donaciones realizadas por personas como la señora Ángeles Ramírez Viuda de Márquez o de las familias Tellería, Borbolla, Hernández y otras muchas.

Monseñor Árcega Bravo, tuvo que abandonar el liderazgo en la construcción del templo debido a su avanzada edad pero le siguió con los mismo bríos el presbítero Emigdio del Río Espinosa, que entre 1969 y 2011, recibió la invaluable ayuda de los vicarios, Javier Castillo, Isaías Cruz López, David Martínez, Ángel Lira Díaz, Héctor Riveros Hernández, José Luis Moreno Enríquez, Héctor Juárez Tapia, Emilio Ávila Bonilla, Néstor Vital Labra, Salatiel Quirino Reyes, Jaime Marín Sánchez y del actual párroco Tomás Roque Cruz, quien tomó la administración de la ya convertida en Básica Menor —consagrada como tal el 31 de diciembre de 2006— prácticamente 50 años después del comienzo de su edificación.

En los últimos años la basílica menor de Santa María de Guadalupe en Pachuca, se ha embellecido año con año, gracias al trabajo coadyuvante de los vicarios: Antonio Hernández Castillo, Juan Manuel Díaz Velasco, Marco Antonio Roldan Rosas, Luis Ángel Zamora Almaraz y Miguel Martín Hernández Luna, los que han contribuido con su labor sacramental en esta jurisdicción.

Para muchos pachuqueños, como el que esto escribe, la imagen del templo de “La Villita” en construcción, fue parte de la imagen citadina de nuestro Pachuca, de modo que llegamos sentirnos copartícipes de su crecimiento; y embellecimiento, imagen que así se integró a nuestra propia vida, pero también ha sido para muchos la morada definitiva de parientes y amigos el sitio donde hoy reposan sus restos mortales, alojados en las criptas construidas en sus cimientos, también ha sido parte nuestra particular historia, la celebración anual de su mercado, tendido cada 12 de diciembre, para recibir peregrinos de diversas partes del país, que era para quienes éramos niños el preludio de las fiestas navideñas, el preludio de nuestra Navidad mexicana.

La imagen que acompaña esta columna corresponde a una acuarela incluida en el folleto que dio a conocer el proyecto de construcción de “La Villita” en 1955. Agradezco al padre y actual párroco de este templo, Tomas Roque Cruz, viejo amigo de la infancia toda la información para esta columna.

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