Culiacán-AMLO-Los Chapos: el túnel del tiempo

Cualquier otro nombre de cualquier narco hubiera sido mucho menos impactante. Y el misterioso infierno de Culiacán no se habría exponenciado mediáticamente.
Son tres las palabras que identifican a México en el mundo: Cancún, tequila y Chapo. Y es que, ya de por sí conocido, Joaquín Guzmán Loera rebasó todos los estándares de la celebridad mundial, cuando en 2015 protagonizó aquella fuga que ni en las películas. Todavía hoy asombra aquel túnel tan largo —1.5 kilómetros— como micrométrico para escapar de nuestra cárcel de máxima seguridad en una segunda fuga de esas prisiones. La realidad rebasando a la ficción más calenturienta.
Añádanse: las narcoseries que prácticamente lo han deificado; el capítulo de su encuentro con Kate y Sean; su captura final con el llamado Juicio del Siglo en Nueva York y tenemos un coctel de gelignita pura.
Eso debieron saberlo en el gobierno federal, quienes a petición o por órdenes de Washington decidieron ir por Ovidio, uno de los tres Chapitos que ya ejercen en el imperio heredado. Por eso revuelven el estómago tantas mentiras y tantas torpezas: el lugar, la hora y el método idiota con que se decidió su captura. Tan carente de estrategia alguna, que el paupérrimo comando de 30 soldados inexpertos, pronto se vio superado y maniatado por un centenar de sicarios que con precisión coreográfica le apretaron el pescuezo a la ciudad y desataron el pánico del fuego en las calles y en los gobiernos. Horas de balacera infame hasta que vino la contraorden de soltar al célebre Ovidio; aunque en las versiones de dudas e incongruencias se especuló con que igualmente Iván Archibaldo, el Chapito mayor, también fue capturado y liberado.
A partir de entonces, México se ha dividido brutalmente entre quienes creen que la absolución in nomini patri, asumida por el presidente López Obrador, fue sensible, humanitaria y absolutamente indispensable para evitar un baño de sangre todavía mayor al reguero de una veintena de muertos. En la esquina contraria: se encuentran quienes están convencidos de que hicimos un ridículo descomunal ante el mundo, y que el presidente incluso debe ser juzgado y condenado por contravenir artículos de la constitución que le impedían poner en libertad a un presunto criminal. Ambas, visiones extremas. Pero hay hechos y cuestiones incontrovertibles:
—El pecado original de exterminar a la Policía Federal en lugar de perfeccionarla, ya es mortal.
—La creación de un amasijo informe como la Guardia Nacional es un estrepitoso fracaso.
—En la materia clave de seguridad, nadie sabe quién manda.
—La comunicación entre Seguridad Pública, Ejército y Marina —ahora excluida de tareas de inteligencia— está absolutamente rota.
—Es ridículo que por seguir los dictados de Trump tengamos 30 mil elementos de la GN en las fronteras y unos pocos cientos en las zonas dominadas por el crimen organizado.
—El gobierno debe hacer a un lado su arrogancia y asesorarse con verdaderos expertos de dentro y de fuera.
—Urge una auténtica estrategia de inteligencia para evitar que los cárteles secuestren ciudades y sometan así al Estado mexicano.
—El presidente debe dejar de tomar a chunga la sangre derramada.
—Igual entender que los legítimos mandatos constitucionales no se pueden sustituir por dogmas religiosos por más amorosos que sean.
—Y que el acto más patriótico que podemos exigirle, es que nos una, y deje de enfrentarnos.

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