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A criterio deColumnasSalvador García Soto

Una boda muy conveniente


Como si se tratara más de un anuncio político que de una decisión de vida personal, ayer la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, hizo pública en una entrevista radiofónica su decisión de contraer matrimonio con su actual pareja sentimental, el financiero Jesús María Tarriba Unger. Como parte de su ya abierta campaña por la Presidencia, en la que recorre e inunda el país con propaganda con su nombre e imagen, la doctora acudió ayer al programa de espectáculos de Martha Debayle y, sin que la conductora se lo preguntara, soltó en algún momento de la plática: “Nos vamos a casar, ya lo decidimos, los dos lo decidimos”, dijo la gobernante capitalina cuando hablaba sobre quién era su pareja.

El anuncio público de Sheinbaum sobre su vida sentimental y su próximo matrimonio, que se llevaría a cabo el próximo año, justo cuando se definirá la candidatura presidencial de Morena a la que ella aspira, ocurrió el mismo día en el que la jefa de Gobierno declaró por primera vez de manera directa que sí quiere ser la Presidenta de México. Horas después de haber hablado de su compromiso de boda en radio, los reporteros le preguntaron en su conferencia de prensa diaria en el Palacio del Ayuntamiento: “¿Sí quiere ser presidenta, doctora?”, y sin dudarlo y por primera vez con todas sus letras respondió: “Sí, quiero ser presidenta”.

La decisión que ayer tomó la Jefa de Gobierno y “corcholata” favorita del presidente López Obrador, de meter su vida privada y personal a su campaña por la Presidencia no es algo nuevo ni exclusivo de Sheinbaum. Exactamente lo mismo que ahora hace la morenista, lo hizo el priista Enrique Peña Nieto cuando, como gobernador del Estado de México. En 2010, justo dos años antes de la elección presidencial de 2012, para la cual ya se le veía como aspirante destacado del PRI, Peña contrajo matrimonio con la actriz de telenovelas, Angélica Rivera, en una boda totalmente política que le sumaría popularidad y conocimiento al entonces precandidato y que dos años después ganaría la Presidencia.

Salvo por el perfil de la pareja, que no es tan público ni de la farándula, algo similar hizo ayer Claudia Sheinbaum aconsejada, según afirman fuentes de su propio gobierno, por su asesor de campaña, el consultor español Antoni Gutiérrez-Rubí. La decisión de formalizar su relación de pareja es también un acto de campaña y una estrategia con la que se busca fortalecer la imagen de la aspirante presidencial que, hasta ahora, aparecía prácticamente sola, luego de haberse separado en 2016 del perredista Carlos Ímaz, que apareció en los videoescándalos recibiendo dinero ilegal del empresario Carlos Ahumada.

Fue el año pasado, cuando comenzó a despuntar su proyecto político, cuando Sheinbaum empezó a tener contacto con su antiguo compañero y novio de la facultad de Física, Jesús María Tarriba, quien vivía en España, donde fue funcionario del Banco de México como analista de riesgos. En principio, fuentes cercanas a la gobernante, aseguraban que había una especie de “acuerdo” para que Tarriba Unger apareciera con ella en algunos eventos públicos como su pareja, aunque no había todavía una relación formal. Empezó a aparecer con ella en público este año y en la pasada ceremonia del Grito de Independencia, en Palacio Nacional, se les vio por primera vez juntos en un acto oficial.

Luego, conforme arreció su campaña y comenzó a modificar su imagen personal y pública, a recorrer el país, a tapizar calles y avenidas en distintas ciudades de la República con propaganda de su candidatura, Sheinbaum comenzó a subir videos a redes sociales en los que aparecía con su pareja sentimental lo mismo cantando “al natural y desafinados” que conviviendo en distintas situaciones. Ayer, en la entrevista donde publicitó su próxima boda, dijo que ya vivían juntos, que él “tuvo una muy buena jubilación” —de esas que tanto critica López Obrador por onerosas en el Banxico— y que habían decidido casarse el próximo año.

Alberto Tavira, periodista especializado en temas del corazón y la vida de los personajes sociales y políticos, nos decía ayer en radio que el anuncio de Sheinbaum “es una estrategia política perfectamente entendible en su campaña presidencial. No es ni la primera ni la última que en aras de un proyecto político toma una decisión de casarse porque le conviene y le ayuda a su imagen pública”, decía Tavira, quien citaba a expertos en temas de “seducción y poder” como el escritor y psicólogo estadunidense, Robert Green, quien en su libro “El Arte de la Seducción”, de Océano, señala que cualquier ser humano, pero sobre todo los políticos, no lucen ni atraen tanto solos como con una pareja, y narra cómo el expresidente estadunidense, John F. Kennedy sedujo a las masas sí con su carisma, pero también con su pareja, la mítica Jackie Kennedy.

Es claro entonces que, sin menoscabo de los sentimientos personales, la boda anunciada de Claudia Sheinbaum es también evento y estrategia de campaña; un matrimonio conveniente que tendrá lugar justo para tratar de mejorar y potenciar la imagen de la que hoy es vista como la precandidata más fuerte de Morena a la Presidencia y la favorita del presidente López Obrador. A Peña Nieto le funcionó en su momento una boda por conveniencia, aunque años después el mismo expresidente se diría arrepentido de no haberse divorciado y haber mantenido un “matrimonio de apariencias políticas”. Veremos si a la doctora le funciona.

Por lo pronto el amor también encuentra caminos tan misteriosos como los de la política y lo que sí ya adelantó Sheinbaum es que su boda será “algo sencillo y personal”, por aquello de que las bodas son algo maldito en la 4T. Y si no que se lo pregunten a César Yáñez y a Santiago Nieto, a los que casarse y festejar su matrimonio les costó chamba y cercanía con el presidente.

 

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