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A criterio deColumnasSalvador García Soto

La devaluada palabra “presidente”


Hubo una época en que pronunciar la palabra “presidente” evocaba en México al más alto cargo de poder en la República. Los presidentes eran, por definición de la retórica oficial, infalibles y omnipotentes; se les consideraba “intocables” y se les veía como la encarnación del poder en un hombre que, fuera culto o inculto, civilizado o bronco, competente o incompetente, siempre tenían la razón y sus decisiones eran incuestionables.

Carlos Salinas fue el último presidente omnímodo de la era priista y con Ernesto Zedillo comenzó a cambiar la institución presidencial.

A partir de Vicente Fox se desacralizó la figura presidencial. La crítica al poder presidencial, que por muchos años se ejerció desde espacios de la prensa independiente y con el riesgo de ser censurados, perseguidos o hasta cerrados en los medios que se atrevían a cuestionar al gran “Tlatoani”, se destapó con Fox y continuó con Calderón, Peña Nieto y con el actual presidente Andrés Manuel López Obrador.

Hoy con López Obrador ocurre una paradoja. Porque si bien llegó al poder apoyado en su carisma y sencillez de líder social y por un discurso contestatario y antisistémico, en sus tres años y medio en el cargo ha mutado en un mandatario que, si bien sigue hablando a su base social con un lenguaje simple y coloquial, en su estilo de gobernar y sus modos de ejercer el cargo, el tabasqueño se parece cada vez más a los presidentes omnímodos de la era priista.

Aun así, también ha contribuido a devaluar la palabra “presidente” al declarar iniciada su sucesión casi tres años antes del fin del sexenio.

Hoy, en plenas campañas anticipadas de los suspirantes presidenciales, a los morenistas y también a los de otros partidos de la oposición les ha dado por gritarles “¡presidente!” a cualquiera que levante la mano, tenga o no posibilidades de ser candidato o sin importar si cuenta con la capacidad y trayectoria para ocupar ese cargo. A la primera que le gritaron “¡presidenta!” en un acto partidista fue a Claudia Sheinbaum.

A partir de ahí, el grito de “presidenta” o “presidente” a todo aquel que levante la mano en la adelantada sucesión se ha vuelto algo tan común como corriente.

Marcelo Ebrard entró ya también al “presidentómetro”. En Hidalgo, a donde acudió el 1 de mayo, al canciller lo vitorearon los militantes de Morena que asistían al mitin del candidato Menchaca. “¡Presidente, presidente!”, le gritaron.

Y como ya la palabra presidente es de uso común y moneda corriente entre los aspirantes morenistas, Ricardo Monreal no se quiso quedar atrás y el domingo pasado, en Cancún, a donde acudió encabezando un grupo de senadores que fueron a apoyar la campaña de Morena, de pronto se escucharon los gritos de “¡Presidente, presidente!” para el zacatecano.

Pero en el PRI no quieren quedarse atrás y el sábado durante un mitin en Durango, al dirigente nacional priista, Alejandro Moreno, también le gritaron “¡presidente!” en varias ocasiones.

Así que hoy la palabra “presidente” está devaluada y ha perdido toda la sacralidad y solemnidad que alguna vez la rodearon, para convertirse en un vulgar grito de campaña, en una aclamación que, inducida o espontánea, ya no es exclusiva de quien hoy detenta el cargo constitucional, sino que se le puede decir y gritar a cualquiera que se mueva en pos de la presidencia, tenga o no posibilidades, trayectoria, méritos o capacidad para que le griten “presidenta” o “presidente”.

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