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A criterio deColumnasRaúl Contreras Omaña

El impacto de las redes


Es un placer para mí el poder estar de vuelta como columnista después de casi seis años de inactividad. Debo decirles que había extrañado profundamente el intercambio de ideas por este medio, por lo que agradezco a Criterio el espacio semanal que me brinda a partir de hoy.

Quise escribir este primer texto sobre un tema que me ha tenido reflexionando por varios meses: el impacto personal, social y político de las redes sociales en la actualidad.

Para todos en México fue notorio el papel que jugaron las redes sociales en las pasadas elecciones presidenciales: intercambio de ideas, sabotaje político, bots, las famosas fake news, o noticias falsas, que se expandían rápidamente –lo que hoy se conoce como viralizar una publicación– con el fin de exaltar o desprestigiar a un candidato en particular, e incluso permitieron un contacto más directo y personal de los mismos candidatos con sus seguidores, convirtiéndose así en el terreno principal en que se desarrolló la mayor parte del combate electoral, desplazando a vías menos vigentes como los debates televisivos, los diarios y los noticieros.

Pero, ¿por qué sucedió esto?, ¿cómo fue que las redes sociales han tomado tal importancia?, ¿y por qué si se supone que estas favorecen la diversidad, la inclusión, la tolerancia y el intercambio?, ¿es que las sociedades a nivel mundial se encuentran cada vez más polarizadas y se han vuelto más intolerantes?

La mayoría de los filósofos, psicólogos, sociólogos y politólogos expertos que han analizado el tema durante los últimos años coinciden en que las redes sociales han afectado fundamentalmente tres aspectos en la vida de las personas desde su aparición hace casi veinte años: el individual, el social y el político.

En el ámbito individual, el fenómeno de las redes sociales se ha mostrado como un muro en blanco que sirve, a la vez, como arma y escudo ideológico. Las personas se sienten más seguras y confiadas de expresar sus opiniones, favorables o no, a través de una pantalla, ya que perciben que les brinda cierta privacidad y anonimato. Es decir: podemos expresar lo que deseemos, a favor o en contra, de quien lo deseemos, sin tener que dar la cara. Agregado a esto, los sistemas de algoritmos con que cuentan dichas redes sociales van detectando y analizando las palabras que más empleamos, los términos que más buscamos, las aficiones que seguimos y el tipo de personas con quienes nos comunicamos y poco a poco nos van encerrando en un “mundo ideal” donde solo vemos lo que queremos ver; esto favorece no sólo la adicción tan grande que dichas redes provocan, sino también la cerrazón ideológica, el egoísmo y la sensación de que siempre tenemos la razón.

En el área social real, las redes sociales distan de ser las herramientas de inclusión y tolerancia que se buscaba. En general, cada quien elige quiénes serán sus contactos, y los estudios han mostrado que, con el paso del tiempo, solo nos quedamos con aquellos que piensan similar a nosotros y nos brindan permanentemente una retroalimentación positiva, ya que eso nos da una sensación de bienestar. Si alguien nos critica o contradice, siempre podemos eliminarlo de nuestros contactos. Esto rompe el intercambio saludable de ideas con quienes piensan distinto, llevándonos a fortalecer la intolerancia. Más aún: los mecanismos de las redes están diseñados para que, de nuestros propios contactos, sólo veamos con frecuencia las notificaciones del pequeño grupo de personas con quienes más interactuamos o concordamos, creando pequeñas “islas de pensamiento similar”, donde todos se aplauden unos a otros y crean murallas a la otredad divergente, fundamental para desarrollar un verdadero pensamiento crítico. Tal como justo en el momento en que escribo estas palabras, lo expone en Twitter mi amigo el Lic. Iram Moctezuma: “Llegará el día en que nadie opine ni hable sobre cómo piensa o hace otro”.

Esto se ha mostrado como sumamente peligroso en las sociedades democráticas, ya que ha servido de entrada al resurgimiento de los fascismos, las xenofobias, las polaridades y los racismos antes reprimidos, basados paradójicamente en la limitación del libre pensamiento y expresión. Porque justo es eso: las redes sociales, que debieran ser el ejemplo máximo de la libertad de expresión, acaban siendo zonas donde se forman núcleos mutuamente excluyentes, incomunicados entre sí.
Terminaremos el tema la próxima semana.

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