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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Arturo Herrera Cabañas, impulsor del CEHINAC


Otro vértice de unión generacional al interior el Centro Hidalguense de Investigaciones Históricas A.C. CEHINHAC fue sin duda alguna, Arturo Herrera Cabañas, conocido de muchos de nosotros, en razón de ser egresado del bachillerato del antiguo Instituto Científico Literario Autónomo del Estado, Universidad Autónoma de Hidalgo a partir de 1961 institución, esta última, en la que se desempeñó a finales de los años sesenta, como director de Bibliotecas y Difusión de la Cultura, así como organizador entre 1968 y 1969, de las fiestas y certámenes del centenario la máxima casa de estudios del estado a la que estábamos ligados la mayoría de los integrantes primigenios de aquel grupo de historiadores regionales en ciernes.

Originario de Actopan, municipio entonces gobernado por su hermano Rafael Arturo, era un joven delgado, de tez morena, pelo quebrado y sonrisa permanente dibujada en su rostro, de trato sencillo y siempre afable, lo que le permitió granjearse muchas amistades en el ambiente universitario, donde su esposa, la joven doctora Irma Eugenia Gutiérrez, fungía en esos días como secretaria de la Escuela de Medicina; fue el suyo, un matrimonio de libros y cultura, de ciencia y arte, su casa, en la pachuqueña calle de Camerino Mendoza, que vistamos muchas veces, era toda, una enorme biblioteca, que compartían con sus hijos, entonces todavía pequeños. Allí entre libros y artesanías, entre pinturas modernistas y viejos mapas, se desarrollaba su vida.

Fue siempre reconocido y hasta la fecha, no obstante haber transcurrido casi tres décadas de su desaparición como un incansable promotor del arte y la cultura, como impulsor en la publicación libros y revistas científicas, así como de conferencias y exposiciones; por aquellos días, había concluido su carrera como abogado en la UNAM y se aprestaba ya a matricularse en la UAM, para obtener la maestría en Historia.

Si bien llegó al CEHINHAC invitado por el profesor Raúl Guerrero, lo cierto es que era ampliamente conocido por la mayoría de nosotros, en razón de sus ocupaciones universitarias, Arturo no fue de los activos constructores del grupo, pero sí uno de los más importantes motores para su existencia. Cómo no recordar que el refrigerio, servido la noche del 12 de octubre, fue prácticamente conseguido por él, y financiado por los presidentes Municipales de Actopan, San Salvador, El Arenal y Tepatepec, una auténtica cena mexicana, integrada con chalupas, pambazos tacos dorados y licores de agave ofrecidos por el Patronato del Maguey, todo servido en el comedor del templo franciscano de Pachuca.

A su don de gentes, sumaba Arturo Herrera, un amplio bagaje cultural y desde luego, un muy amplio conocimiento de la historia hidalguense. Fue siempre un gran conversador caracterizado por su congruencia académica. De entre sus ocupaciones, una merecía su total respeto y dedicación, la de ser catedrático de la Escuela Preparatoria Uno, donde impartía la materia de Historia Universal, cátedra en la que implantó la costumbre, de iniciar cada sesión de clases comentando noticias y columnas periodísticas, pues su preocupación era más, “enseñar a pensar que enseñar cartabones tradicionalistas en materia educativa” costumbre que he utilizado con mucho éxito en la tarea educativa.

Arturo, fue el más efectivo eslabón para invitar a nuestro cenáculo al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, con quien conservó siempre un gran amistad y Miguel Ángel fue uno de los mas entusiastas impulsores de nuestro grupo; Arturo, nacido hacia 1940, fue como Rublúo, un extraordinario vértice entre el impulso desbocado de la juventud de Arnulfo Nieto, José Vergara, Edgardo Guerrero, Luis Corrales, Marcial Guerrero y quien esto escribe y la madurez sosegada de Héctor Samperio, Raúl Guerrero, Julio Ortega y Rafael Guzmán.

Le recuerdo aún, sonriente, al realizar agudos comentarios, a veces un tanto jocosos, en aquellas añoradas tardes sabatinas del CEHINHAC tras la presentación de los diversos trabajos que integrarían nuestras publicaciones; su criterio siempre abierto y respetuoso a las opiniones de los demás, era respetado por cimentarse en razones de peso y en datos la mayoría de las veces irrefutables. Defensor a ultranza del materialismo dialéctico, pero abierto a todo comentario, Arturo fue siempre factor de decisión en la realización de los trabajos de investigación surgidos de aquel abigarrado y entusiasta grupo de historiadores regionales.
Gracias a sus buenos oficios, se imprimió el primer número de nuestro boletín, denominado “Teotlalpan”, del náhuatl “teotl”, dios, y “pan”, terminación locativa, es decir la tierra de dioses, que define al valle que se extiende de Tizayuca a Pachuca, publicación financiada como aparece en el colofón de ese número, por diversos presidentes municipales del estado de Hidalgo convencidos por Arturo para cubrir aquella primera edición en 1973.

Herrera Cabañas, fue siempre líder de proyectos culturales en el Estado de Hidalgo, ya en la Universidad Autónoma, ya en la Casa de las Artesanías, de igual forma en el CEHINHAC, que en el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes o los Archivos Casasola y General del Estado, ello sin contar el impulso de proyectos editoriales como los de la Enciclopedia de México y el Diccionario de la Revolución Mexicana en Hidalgo. Su imagen fue siempre consustancial a todo proyecto serio emprendido para rescatar y preservar la historia hidalguense. Su muerte, en abril de 1994, fue una irreparable pérdida para el estado de Hidalgo.

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