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ColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Hidalgo, a 150 años de su creación. –primera de cinco partes–


Amable lector, en ocasión del sesquicentenario de la creación de Hidalgo, iniciamos con esta entrega una destinada a recodar a partir de hoy y durante todo el mes de enero, los sucesos relacionados con tal acontecimiento.

El gran debate de la nación, al lograr su independencia, se centró en la forma que adoptaría para gobernarse como país independiente. Durante los primeros cincuenta años, la disputa ideológica dio origen a revoluciones, levantamientos, cuartelazos y otras muchas formas de violencia que causaron la muerte de miles de mexicanos, pero ante todo, el enorme retraso que sumió al país en la más espantosa de las miserias.

Transitó la nación por un efímero imperio, el de Agustín de Iturbide (1822-1823), por una breve etapa de federalismo (1824-1836) y otra prolongada de centralismo con diversos acentos (1837-1855), regresó el federalismo (1856-1862) con la interrupción del segundo imperio, el de Maximiliano (1863-1867), para llegar nuevamente al federalismo de los últimos años del siglo XIX y principios del XX.

Esta empantanada situación dividió al país ideológica y geográficamente. En el primer caso, dio origen a los grupos de conservadores y liberales; los primeros, simpatizantes de las ideas monarquistas y posteriormente de la república centralista, en tanto que los segundos se pronunciaron a favor del federalismo republicano. Prohijaron las logias masónicas esta división ideológica, apoyando el grupo yorkino a los liberales, en tanto que los tradicionalistas escoceses lo hicieron a favor de los conservadores, con lo que el conflicto alcanzó mayores dimensiones.

En el terreno de la geografía, el inmediato reflejo del clima de enfrentamiento e inestabilidad de la nación, se hizo sentir de manera sustancial en las regiones, donde la vieja organización virreinal se vio sacudida de raíz con las corrientes surgidas de cada forma de gobierno, de modo que las antiguas intendencias se transformaron en entidades federadas o estados, y en departamentos en los años de la república centralista y los dos imperios. La diferencia fundamental de esta división política radicó en el hecho de que, en tanto que en los estados federados había autonomía y gobiernos de elección, en los departamentos existía una total dependencia del gobierno central, que designaba a las autoridades regionales, determinaba toda acción política o administrativa y aprobaba leyes generales de aplicación en toda la nación.

El principal resultado de la azarosa etapa centralista fue el abandono de las entidades departamentales, por una parte, y, por la otra, el abuso del que fueron objeto por parte del gobierno central, que en mucho se mantenía de los impuestos que recaudaba de cada departamento, sin devolver servicio alguno a sus habitantes; además de las imposiciones políticas y otras de carácter militar, como la levas que tanto malestar causaron y de las que se derivaron levantamientos y asonadas que enlutaban la vida de las provincias mexicanas. Lo anterior propició la existencia de movimientos sociales inspirados en ideologías reivindicadoras, pero también de gavillas de salteadores que, al amparo de la impunidad, asolaron comunidades, ciudades y regiones.

Las consecuencias inmediatas de aquella lucha quedaron patentes con la separación de las entidades sureñas, a fin de formar diversas naciones soberanas en Centroamérica, y luego las norteñas, que más tarde se integraron a los Estados Unidos de América, tras una guerra injusta y ventajosa para aquella nación vecina; todo ello, debido a la falta de respuesta a la inquietud de las regiones para constituirse en entidades, si bien no autónomas durante el centralismo, sí con vida propia para decidir sus políticas internas y establecer estrategias para combatir la inseguridad que tanto les aquejaba. Tal es el caso de los territorios, hoy hidalguenses, que a lo largo de los primeros 40 años de vida independiente de la nación intentaron constituirse en entidad central o federal en diversos momentos.

En efecto, consumada la independencia, el territorio del actual estado de Hidalgo continuó como parte de la antigua Intendencia de México, que abarcaba desde las costas del Pacífico hasta los límites con el estado de Veracruz. Aquella gigantesca entidad sufrió a lo largo del siglo XIX por esa condición, diversas segregaciones hasta reducirla a sus actuales límites. Difícil resultó desde un principio gobernar aquel territorio en razón de sus enormes proporciones, debido principalmente a que las rudimentarias comunicaciones, que por un lado marginaban a muchos poblados de todo acto de gobierno y por el otro prohijaban un clima de inseguridad extrema que les dejaba vulnerables a los actos de pillaje de las gavillas de salteadores de caminos y aún de poblaciones indefensas y alejadas de las ciudades importantes.

Debido a todo lo anterior, la entidad mexiquense se vio mutilada en diversas ocasiones a lo largo de los primeros años de vida independiente –como puede verse en el mapa que ilustra esta primera entrega–, la primera porción en segregarse fue la del actual estado de Querétaro, creado en la Constitución de 1824, por cierto, a instancias del tulancinguense Félix Osores. Después, al crearse en noviembre de 1824 el Distrito Federal, se le escindió el perímetro de la Ciudad de México; posteriormente, el 15 de mayo de 1849, se crea dentro de su territorio el estado de Guerrero y cinco años después, en 1854, se amplían los límites de la ciudad de México con los pueblos de Mixcoac, Tacubaya, Coyoacán, San Ángel, Tizapán y Xochimilco a los que se agregaría un año más tarde la porción de Tlalpan.

Juan Manuel Menes Llaguno

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