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A criterio deColumnasSantiago Creel

“…Estar con ellos…”


Mientras las Rarámuris hicieron sus bailes rituales durante casi dos días ante los féretros de los Jesuitas Joaquín y Javier, quedó claro que las mujeres de la sierra viajaron horas para tocarse la cabeza con flores multicolores y ejecutar la Nutema, rito interreligioso de los Tarahumaras que significa la ayuda para llevar al cielo a las personas en su camino después de la vida terrenal.

Así, en tres tiempos a la vista de todos y en tres templos distintos en diferentes localidades, fue el último tránsito de los sacerdotes asesinados hace apenas nueve días, que volvieron inertes al lugar que escogieron en vida y al que regresaron sin haber querido irse nunca: a Cerocahui.

Jesús Carrillo nos ayuda a tener una imagen de cuerpo entero de uno de ellos, del Padre Javier Campos Morales, a quien le preguntaba en un encuentro ocasional, qué hacía en Cerocahui como Sacerdote Jesuita, entre los Rarámuris:

“Pues estoy con ellos…”, respondía el Sacerdote.

Y ante la repetición de la pregunta, por el posible planteamiento insuficiente de quien la hacía, el ahora famoso Padre Gallo subrayaba su respuesta con el complemento de una pregunta:

“Estoy con ellos, ¿no te parece suficiente?”.

El Padre Javier Campos Morales era chilango. Nació en la Ciudad de México hace 79 años. Tempranamente, a los 16 años, ingresó a la Compañía de Jesús e inició la larga y concienzuda instrucción que cursan quienes postulan para ser ordenados sacerdotes como religiosos de la Compañía de Jesús, la Orden fundada por San Ignacio de Loyola en 1543 y oficializada por el Papa Paulo III en 1540.

Este Jesuita que eligió a la Sierra Tarahumara como el sitio en que debía buscar paz, se fue a propiciar la justicia y reconciliación a través de la integración con los miembros de la comunidad Tarahumara, cuyas características en toda el área que ocupan es la dispersión, pobreza, marginación, sujetos al desdén desde la visión centralista.

Por su parte, el Padre Joaquín César Mora Salazar, compañero de misión y de infortunio, era motejado con una miniaturización cariñosa de su apellido. Lo conocían como “Padre Morita”, sin que el hipocorístico pretendiese ser peyorativo en sentido alguno.

El Jesuita Mora Salazar era Regio. Entró a la orden de San Ignacio desde mediados de 1958, hasta que fue ungido con la orden sacerdotal el 1 de mayo de 1971.

Me solidarizo con los Jesuitas que a partir de los hechos del templo de San Francisco Xavier en Cerocahui, afirman por diversos medios que lo que ocurre en la Sierra Tarahumara no se resuelve con el envío de soldados o policías, aunque sean mil.

Esa es obligación elemental del Estado Mexicano, que debe manifestarse por el uso institucional de la fuerza para preservar el orden público. En ninguna parte de nuestra Constitución están “los abrazos”.

Obviamente que la Compañía de Jesús en pleno se expresó críticamente a la política de seguridad de López Obrador, que encuentra cada vez mayor rechazo entre la población. El Presidente, instalado en la terquedad, intentó desacreditarlos con una de esas respuestas indignas y primarias que se repiten en sus conferencias mañaneras, tratando de vincularlos con la oligarquía nacional y sugiriendo que los religiosos ?e incluyó a los Jesuitas— “están muy apergollados por la oligarquía mexicana”. Vaya sinrazón.

Los Sacerdotes jesuitas fueron sepultados el lunes 27 en el amplio atrio del Templo de San Francisco Xavier en Cerocahui, ante aplausos, gritos, danzas, rezos y lágrimas que vinieron a lamentar el vuelo terrenal de los Padres “Gallo” y “Morita”.

Descansen en paz.

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