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A criterio deColumnasJuan Manuel Menes Llaguno

Chucho el Roto en Pachuca


Las hazañas de Jesús Arriaga, mejor conocido como Chucho el Roto, fueron motivo de amplias noticias, aparecidas a ocho columnas en importantes periódicos nacionales y regionales de finales del siglo 19, fue este personaje, nuestra particular versión de Robin Hood, el bandolero que robaba a los ricos para entregar el producto de sus fechorías a los pobres.

La personalidad de Jesús Arriaga, se mueve entre la realidad de su existencia y el mito de sus hazañas. Hay quien le considera como un héroe social en el México porfirista, en tanto que otros le presentan como un peligroso y sanguinario delincuente; su vida ha sido motivo de al menos dos ediciones novelescas, una anónima aparecida pocos años después de su muerte, a finales del siglo 19 y otra muy posterior escrita por Ricardo Alva –escritor nacido en Apizaco, Tlaxcala– a las que se agregan interesantes trabajos como los de los hidalguenses Luis Rublúo y Manuel Arellano Zavaleta.

Hasta hace poco tiempo, los datos existentes permitían saber que este personaje nació en Santana Chiautempan, Tlaxcala, hacia 1858, y murió en las mazmorras de San Juan de Ulúa a finales de 1894. Sus andanzas empezaron a conocerse hacia 1879, tras haber sido encarcelado injustamente por orden de Diego de Frizac, para evitar que su hija pudiera escapar con él y con el fruto de sus amores, una niña que bautizaron como Dolores –Lolita–. En la entonces lúgubre cárcel del Belem, Jesús Arriaga tomó los mejores cursos de delincuencia al lado de quienes más tarde serían sus inseparables cómplices, la Changa, y el Rorro.

Las fechorías de Jesús Arriaga se caracterizaron por su extraordinaria capacidad histriónica y facilidad para disfrazarse, lo mismo de anciano que de indígena, médico o abogado y hasta de enterrador y profesor de escuela, aunque en la vida real gustaba vestir bien, con trajes finamente cortados, sombreros de copa alta o bombín, polainas y lustrosos zapatos, sin olvidar el inseparable reloj de leontina, por ello le vino el mote de Chucho el Roto, que en el caló mexicano es un antónimo que significa bien vestido elegante, de buena familia, etcétera. Famosos e ingeniosos fueron sus robos, asaltos, y fraudes, cometidos regularmente contra conocidos personajes de la sociedad porfiriana.

El teatro de las acciones de Chucho el Roto fue la Ciudad de México y sus alrededores, las ciudades de Querétaro, Toluca y Puebla, sin olvidar desde luego Pachuca, donde consumó una de sus más redituables fechorías: el asalto a una conducta de plata en las estribaciones de San Guillermo al oriente de la capital del estado, he aquí la narración del autor anónimo de la novela

“En otra ocasión, en el Mineral de Real del Monte, fue asaltada una conducta que llevaba barras de oro y plata para Pachuca.

El asalto revistió una forma verdaderamente singular, inesperada para los hombres de la escolta, que vieron venir en sentido inverso un grupo de indios e indias, cargados de rastrojo. Los indígenas formaron valla, distribuyéndose a ambos lados del camino para que pudieran pasar las mulas cargadas con el oro y con la plata; cuando estas pasaban los indios y las indias sacaron sus armas y lanzaron el grito de “ríndanse” a los de la conducta.

Estos, que estaban desprevenidos. No pudieron oponer resistencia, pues los cañones de las carabinas y de las pistolas amartilladas se tendían a ellos. Las indias ocultaban su rostro con mucho cuidado, pero algunos rurales comprendieron que no había tales mujeres, sino que eran hombres disfrazados los que les habían robado”
Fue el historiador hidalguense Manuel Arellano Zavaleta quien encontró la historicidad del personaje, al consultar el expediente que se le instruyó a Jesús Arriaga en Querétaro, tras una de las tantas fechorías cometidas en 1884, allí al rendir su declaración frente a la autoridad judicial, le fue hecha una fotografía —la que se incluye en esta entrega— donde declaró haber nacido en Puebla en 1834 y no Santana Chiautepan en 1858, señaló que tras su captura –en 1882– gracias a sus habilidades de transformista logró huir de la cárcel de Belem, de donde se trasladó a Querétaro; ahí, según testimonios, alquiló dos casas, seguramente para lograr el golpe que finalmente le llevó a la cárcel; el expediente continua Arellano Zavaleta, es un portento de información sobre el personaje, que saltó a literatura al encarnar al Rocambole mexicano como lo califican Luis Rublúo y el propio Arellano.

La primera novela que le eligió como personaje fue escrita a fines del siglo 19 y se publicó en los Estados Unidos, por autor anónimo, reproducida mas tarde en 1944 por Ediciones Populares Mexicanas —la que sirvió de sustento para esta nota—. Más allá del idealismo literario, resulta relevante observar cómo la fama de las minas de Pachuca y Real del Monte permeó en un capítulo en las hazañas de Chucho el Roto, lo que mucho habla de la importancia de esta comarca a finales del siglo antepasado.

El asalto a la conducta pachuqueña, es enteramente ilusorio, pues resulta difícil pensar que un cargamento tan valioso fuera llevado a lomos de mula, simplemente vigilado por un piquete soldados. Por otro lado, no se registra causa alguna de robo o asalto en el archivo de los Juzgados Penales de Pachuca, de donde se desprende se trata solo de un pasaje lleno de romanticismo literario que inmortalizó la gran fama de la comarca minera de Pachuca y Real Monte.

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